Vida de san Basilio (III)
Anfiloquio de Iconio
CAPÍTULO VI
Después de algún tiempo, Basilio pidió a Dios que le concediese la gracia de la sabiduría y del entendimiento, a fin de ofrecer a Dios con sus propias palabras el sacrificio incruento, y de que llegase a la presencia del Espíritu Santo, y, después de seis días, puesto como en éxtasis por la venida del Espíritu Santo, comenzó a ministrar a Dios cada día. Después de algún tiempo, con fe y mucha oración, empezó a escribir por su propia mano los misterios de la Misa. Cierta noche, presentándosele el Señor en visión, junto con los Apóstoles, mientras hacía la proposición del pan en el santo altar, el Señor levantó a Basilio, diciendo: «Según tu petición, llénese tu boca de alabanza, para que con tus propias palabras ofrezcas el sacrificio incruento», y, no soportando sus ojos la visión, se levantó temeroso y, acercándose al santo altar, empezó a decir y a escribir en un papel así: «Llena mi boca de alabanza, para que alabe tu gloria, Señor Dios, que nos creaste y nos trajiste a esta vida», y las demás oraciones de la Santa Misa. Y, terminadas las oraciones, levantó el pan, orando con más abundancia y diciendo: «Míranos, Señor Jesucristo, Dios nuestro, desde tu santa morada, y ven a santificarnos, que estás sentado arriba con el Padre, y estás aquí invisiblemente presente con nosotros, y dígnate concedernos con tu poderosa mano, y por nosotros a todo el pueblo, lo santo a los santos». Y el pueblo respondía: «Un solo santo, un solo Señor Jesucristo con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén». Y partiendo el pan en tres partes, tomó una con mucho temor, otra la guardó para su entierro, y la tercera, poniéndola sobre una paloma de oro, la colgó sobre el altar.
Eubulo y los principales del clero, de pie a las puertas del templo, veían una luz espiritual en el templo, y hombres resplandecientes vestidos de blanco, y la voz del pueblo glorificando al Señor, y a Basilio celebrando en el altar, y, consternados por esta visión, cayeron rostro en tierra, glorificando al Señor con lágrimas. Cuando salió Basilio, cayeron a sus pies, y él les preguntó el motivo de su reverencia y venida, y ellos le relataron el gloriosísimo milagro que habían visto en el templo. Así pues, Basilio llamó a un orfebre para que hiciese una paloma de oro purísimo, y puso en ella la partícula, colgándola sobre la santa mesa, a semejanza de aquella santa paloma que se apareció en el Jordán al Señor bautizado. Hecho esto, prometió que predicaría un sermón de exhortación al pueblo, y se reunió una muchedumbre infinita en la iglesia, en la que estaba el varón grande, cultor de Dios, Efrén, de quien diremos después cómo pudo contemplar la divina aparición del memorable Basilio.
CAPÍTULO VII
Así pues, mientras se celebraba el divino oficio, un cierto judío se mezcló entre el pueblo como si fuese cristiano, queriendo observar el orden del oficio y el don de la comunión, y vio cómo un niñito, poco a poco, caía en las manos de Basilio, y, comulgando todos, vino, él también, y se le dio verdadera carne; después se llegó al cáliz, que estaba lleno de sangre, y se hizo partícipe de él. Y llevándose consigo reliquias de carne y sangre, se dirigió a su casa y las mostró a su esposa en confirmación de lo que se decía, relatando lo que había visto con sus propios ojos. Creyendo, pues, que era en verdad estremecedor y glorioso el misterio de los cristianos, se fue al día siguiente a suplicar a Basilio que, sin dilación, le concediese recibir el signo de Cristo. Basilio, por su parte, sin descuidar nada, dando las acostumbradas gracias a aquel que quiere que todos se salven, lo bautizó con toda su casa, que creía en el Señor.
PUBLICADO EN EL BOLETÍN «LAUDATE» Nº54 – MARZO 2026