III Meditación: El combate y el crecimiento de la Fe

D. Pablo Ormazabal Albistur, pbro., Libro del Peregrino 2026

Cristo abrazado a la cruz, 1600-1605, Doménikos Theotokópoulos (El Greco), Óleo sobre lienzo. Extraída de la colección digital del Prado.

«Corramos con aguante, poniendo los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe» (cfr. Hb 12,1-2).

 

Vamos a tratar en esta última catequesis algunas cuestiones relativas a los pecados y peligros contra la fe, así como su crecimiento. Conviene recordar que la vida cristiana es un combate (cfr. Ef 6, 10- 17), una carrera (Hb 12,1-3) que está sujeta al pecado y al peligro, pero también es vida verdadera que está llamada a crecer y dar fruto (Jn 6,47 y 15,8)

1. Pecados contra la Fe
a. El deber del hombre respecto a Dios.* El hombre tiene el deber para con Dios de conocerle y creer en Él: «Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. San Pablo habla de la “obediencia de la fe” (Rm 1, 5; 16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en el “desconocimiento de Dios” el principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf Rm 1, 18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en Él y dar testimonio de Él.» (Catecismo de la Iglesia Católica [CEC] 2087). El primer mandamiento de la ley de Dios « nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella» (CEC 2088).
b. Los pecados contra la fe.* Los pecados por los que se pierde la fe consisten en «la negación o duda voluntaria de los artículos que se nos proponen para creer, aunque sea de uno solo.» (Catecismo de San Pío X [CSPX] 867).
c. Respecto de la negación:* «La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento. “Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos” (CIC can. 751).» (CEC 2089).
d. Respecto a la duda:* «La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de esta. Si la duda se fomenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera del espíritu.» (CEC 2088).
e.* A la fe se oponen por exceso la credulidad excesiva y la superstición.
f.* A la fe se oponen por defecto la infidelidad, la apostasía, la herejía, la duda, la ignorancia y la omisión de los actos de fe. También la blasfemia, sobre todo cuando va dirigida contra el Espíritu Santo; así como la ceguera del corazón y embotamiento de los sentidos, que se oponen al don de entendimiento y proceden, sobre todo, de los pecados de la carne.
g. Consecuencia del pecado contra la fe:* La fe desaparece en quien peca contra ella. No desaparece, pero está muerta, en quien está en pecado mortal: «El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (cf Concilio de Trento: DS 1545). Pero, “la fe sin obras está muerta” (St 2, 26): privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.» (CEC 1815).
h. ¿Cómo se recobra la fe perdida?* La fe perdida se recobra con el arrepentimiento del pecado cometido contra ella y creyendo de nuevo todo lo que cree la santa Iglesia (CSPX 868).

2. Peligros contra la Fe
Además de los pecados que se oponen directamente a ella, la fe puede encontrar en el camino peligros y obstáculos. Existen los peligros externos y los internos.
2.1. Peligros externos.* Son cinco:
a)* El trato con acatólicos, no en cuanto a asuntos meramente civiles (aunque sí se ha de evitar todo peligro de perversión o escándalo), pero sí en cuanto a asuntos estrictamente religiosos, siguiendo las disposiciones de la Iglesia.
b)* Las escuelas y la educación acatólicas.
c)* La participación en asociaciones e instituciones que pongan en peligro la fe. Por supuesto, está prohibido participar en aquellas instituciones entre cuyos fines está atacar la fe (como la masonería) y en aquellas actividades que impliquen ejercicios que afectan al espíritu humano (como las técnicas de meditación en su amplio espectro, tales como el yoga, el zen, etc.).
d)* La lectura de libros heréticos.
e)* El matrimonio con herejes o incrédulos. Se distingue el impedimento de disparidad de cultos, que afecta a la validez del matrimonio (entre un católico y un acatólico no bautizado), y la ilicitud del matrimonio mixto (entre un católico y un acatólico bautizado). Para el primero se necesita dispensa y para el segundo, licencia, sin la cual es un pecado grave contraer matrimonio. En ambos casos hay que alejar todo peligro para la fe de la parte católica, y la parte acatólica se ha de comprometer a bautizar y dejar educar a la futura prole en la fe católica.
2.2. Los peligros internos contra la fe son:*
a) La soberbia u orgullo.* La fe exige el humilde sometimiento de la inteligencia y la voluntad ante verdades que no son evidentes y que se aceptan únicamente por la autoridad de Dios. Y es que el Señor «resiste a los soberbios, pero a los humildes les da su gracia» (1 Pe 5,5). Esto se le hace muy difícil al soberbio. Y así vemos que hombres sencillos y humildes, y hasta pobres mujeres ignorantes, tienen a veces una fe mucho más viva y penetrante que muchos teólogos eruditísimos, que a veces, incluso, pierden la fe arrastrados por la soberbia.
b) La vida inmoral:* «Se comprende perfectamente. La transgresión continua y culpable de la ley de Dios (deshonestidades, negocios sucios, etc.) produce en el alma del pecador un desasosiego cada vez mayor contra la ley de Dios, que le prohíbe entregarse con tranquilidad a sus desórdenes. Esta situación psicológica tiene que desembocar lógicamente, tarde o temprano, en una de estas dos soluciones: el abandono del pecado o el abandono de la fe. Si a esto añadimos que Dios va retirando cada vez más sus gracias y sus luces en castigo de los pecados cometidos, no es de maravillar que el desgraciado pecador acabe apostatando de la fe. No cabe duda: la inmoralidad desenfrenada que reina en el mundo de hoy es una de las causas principalísimas—la más importante después de la propaganda materialista y atea—de la descristianización cada vez mayor de la moderna sociedad. El mismo Cristo nos avisa en el Evangelio que el que obra mal, odia la luz (Jn 3,20). No hay nada que tanto ciegue como la obstinación en el pecado»

3. El crecimiento de la fe
A pesar de todos los peligros y tentaciones, la vida cristiana no consiste principalmente en luchar contra el mal (aunque esto sea esencial) sino en crecer en el bien, por medio de la caridad. Y es necesario ver cómo podemos crecer en la virtud de la fe.
3.1. El crecimiento de las virtudes teologales.* Tratándose de una virtud teologal, conviene recordar que “Dios, por su bondad, nos infunde en el alma las virtudes teologales cuando nos hermosea con su gracia santificante, y por esta razón al recibir el Bautismo fuimos enriquecidos con estas virtudes y juntamente con los dones del Espíritu Santo.” (CSPX, n.861). Pero estos dones iniciales han de ser desarrollados por nuestra correspondencia a la gracia: “Para el que tiene uso de razón no basta haber recibido en el Bautismo las virtudes teologales, sino que es necesario el frecuente ejercicio de sus actos.” (CSPX, n. 862). Y es por ello que, como ya hemos indicado, “estamos obligados a hacer actos de Fe, Esperanza y Caridad: 1° en teniendo uso de razón; 2° muchas veces en el transcurso de la vida; 3° en peligro de muerte.” (CSPX, n.863).
3.2. Cómo puede crecer la fe.* La fe puede y debe crecer en nosotros hasta llegar a ser intensísima, como la que tuvieron los santos que vivían de ella: El justo vive por la fe (Rom 1,17; cfr. Hab 2,4). No puede crecer en cuanto a su objeto formal (la autoridad de Dios) pues o se acepta la autoridad de Dios o no se acepta. Pero sí puede crecer en cuanto a su objeto material (todas las verdades de la fe) pues podemos conocerlas, comprenderlas y adherirnos a ellas cada vez más y mejor. Además, por nuestra parte como sujetos que realizan actos de fe, podemos crecer en ella en cuanto al entendimiento por la mayor certeza y firmeza en nuestro asentimiento de fe, y por parte de la voluntad, por la mayor prontitud, devoción o confianza con que impera a la inteligencia aquel asentimiento.
3.3. El crecimiento de la fe en la vida espiritual.* En los inicios de la vida cristiana y a lo largo de toda la vida, es necesario pedir cada día al Señor que nos aumente la fe y que nos haga perseverar en ella hasta el último aliento de nuestra vida. Debemos rechazar todo peligro y tentación contra le fe, evitando caer en las sugestiones del Diablo, así como evitando las lecturas, videos, o contenidos de internet peligrosos o imprudentes para la fe, combatiendo la soberbia intelectual. Debemos, por último, procurar extender y aumentar el conocimiento de las verdades de la fe, estudiando los dogmas y toda la doctrina de la Iglesia cada vez con más profundidad. Sin abandonar esto, según vayamos avanzando en la vida interior, nos preocuparemos del incremento de la virtud de la fe hasta ser movidos por un auténtico espíritu de fe. Iremos dejando de movernos por los vaivenes de nuestros sentimientos, sensibilidades y opiniones, para guiarnos por la fe. Ajustaremos los criterios y valores que mueven nuestra vida a los de la fe, y esto en todas las áreas de nuestra vida personal, familiar y social. Esto nos hará permanecer firmes en la prueba y la fe será un gran consuelo, pues así lo enseña el Señor y los apóstoles: «En el mundo tendréis grandes tribulaciones: pero tened confianza: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33); «Así que todo hijo de Dios, vence al mundo, y lo que nos hace alcanzar la victoria sobre el mundo, es nuestra fe» (1 Jn 5,4). Si perseveramos en la caridad y Dios nos alcanza la gracia de las almas perfectas en esta vida, seremos movidos por los dones de entendimiento y de ciencia con suavidad y gran fruto, lo que será un preludio de la visión beatífica, que en esta vida nunca se alcanza, pues «caminamos hacia Él por la fe, y no le vemos todavía claramente» (2 Cor 5,7). No obstante, esta visión se desea y se vislumbra: «A Ti habla mi corazón, a Ti buscan mis ojos: tu rostro busco, Señor: no me escondas tu rostro» (Sal 26,8-9). Así, dando un fruto abundante en el Espíritu Santo, singularmente por la certeza de la fe y el gozo espiritual, se nos dirá: «Bienaventurados los que tienen puro su corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).