El origen de la vida

Víctor Asensi Ortega, Universidad de Valencia

JN Brueghel el joven, “ Dios creando el sol, la luna y las estrellas en el Firmamento (detalle)”, c. 1650.

Quizá la pregunta más primordial de la filosofía sea la pregunta por los orígenes. No en vano, la primera frase de las Escrituras nos remite a ellos: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra». En concreto, esta frase enuncia el origen del universo, que ya se trató en el artículo ¿Cómo sabemos que hay Dios? En ese caso, la ciencia nos demuestra que el universo (y por tanto el tiempo en sí) comenzaron a existir en un momento preciso, y desde ahí parte el argumento cosmológico para la existencia de Dios.

El big bang, lejos de desmentir la creación divina del universo, refuerza las observaciones de las que parte el argumento filosófico que la demuestra. Sin embargo, es muy común encontrarse el big bang presentado como una «desmitificación» del Génesis, una prueba de que las Escrituras y la religión solo llenan un vacío que la ciencia está llamada a explicar.

El argumento que esgrimen los que desean el enfrentamiento entre Génesis y big bang es que, siendo la pregunta sobre el origen algo tan primordial, la religión tuvo que inventarse una respuesta en un primer momento. Pero que, ahora, gracias a la ciencia, ya no necesitamos esa explicación y podemos descartarla. En esta línea responden también a las preguntas sobre el origen de la vida y del hombre.

En estos dos casos (vida y hombre) el enfrentamiento tiende a ser más popular, porque no hay argumento filosófico posterior. El Génesis dice que el universo comenzó a existir, pero tanto si es así como si no, se puede discutir después si fue Dios quien lo ha creado. En el caso del origen de la vida, simplemente se enfrentan «dos explicaciones». Y si las ciencias naturales son capaces por sí solas de explicarlo, se concluye que debemos descartar completamente el Génesis. Esta conclusión es errónea por dos grandes motivos.

El primero y más inmediato nace de no entender la naturaleza de las Escrituras. Las Escrituras son parte de la Revelación divina que nos manifiesta primeramente verdades de fe. Haciendo esto, a veces, nos revela también datos de la naturaleza. Las Escrituras nos revelan por qué Dios creó el universo, algo que ciencia y filosofía jamás podrían deducir, sino que solo lo podemos saber si Dios nos lo comunica.

En el caso concreto del origen de la vida, el Génesis nos muestra, antes que nada, qué sentido le dio Dios al crearla. Nos revela, por ejemplo, que Dios nos entregó la creación para que hiciéramos buen uso de ella, y lo hace así para que sepamos que un día nos pedirá cuentas de esa administración. Estas son la clase de verdades por las que Dios quiso que tuviéramos el Génesis.

Es verdad que durante la historia, atendiendo a la naturaleza reveladora de las Escrituras, se ha acudido muchas veces a ella para intentar descifrar el mundo natural. Pero la doctrina católica nunca ha sido inmovilista en estas lecturas. Ya san Agustín se planteaba si Dios creó a todos los seres vivos directamente en su forma actual o si bien los creó en potencia y adquirieron más tarde su forma actual. Un debate que aún se deja ver en la Suma[1], cientos de años antes de cualquier teoría científica que propusiera algo parecido.

Fue la doctrina protestante de la sola scriptura la que llevó a defender que la Biblia enunciaba infaliblemente interpretaciones contemporáneas de la naturaleza basadas en las Escrituras que más tarde se demostraron falsas. Pero, como se expuso en el artículo de Galileo, la Iglesia Católica siempre intentó armonizar la interpretación tradicional que daban las Escrituras sobre la Naturaleza con las explicaciones que daban las ciencias naturales.

El error, por tanto, consiste en tomar una interpretación sobre la naturaleza de las Escrituras y acreditar el mismo nivel de infalibilidad que las verdades de fe. En el caso del origen de la vida, el Génesis revela, primeramente, que fue obra directa de Dios, pero no explica precisamente cómo se creó. De hecho, el verbo que usa en el versículo Gn 1, 24 (ἐξάγω, exágo) suele traducirse por ‘producir’: «Produzca la tierra seres vivientes», que bien puede interpretarse como una representación de la abiogénesis.

Abiogénesis es el término por el que se conoce el paso de «lo muerto» a «lo vivo» en las ciencias naturales. La hipótesis más aceptada actualmente combina la aparición de membranas lipídicas con la del ácido ribonucleico (RNA). Las membranas lipídicas se forman cotidianamente si mezclas aceite y agua. La materia orgánica (en tanto que moléculas con base en el carbono, como aminoácidos o cadenas de ácidos grasos) habría surgido según lo propuesto y confirmado en el experimento de Miller[2], y sugerido también por los restos de materia orgánica encontrados en meteoritos. Supuestamente, si esto se da en las profundidades del mar, no sería difícil imaginar todos los elementos necesarios para conseguir un ácido ribonucleico (RNA) dentro de un vesícula a modo de «protocélula»[3].

Esta explicación, aunque todavía está lejos de ser demostrada con claridad, es la más plausible hasta el momento. Es cierto que algo tan remoto como el origen de la vida es difícil de demostrar materialmente más allá de plantear hipótesis probables. Pero sería necio achacar esta incertidumbre a la intervención de Dios. Haciendo eso, caeríamos en la falacia del dios de los vacíos. Cómo fue materialmente el origen de la vida le compete a la ciencia, y la traducción tradicional del versículo 1, 24 del Génesis es perfectamente compatible con las hipótesis abiogenéticas actuales.

Y es que el segundo error es pensar que explicando la causa material del origen de la vida se responde a toda la incógnita sobre el origen de la vida. Que la ciencia pueda explicar algo no descarta como falsas el resto de explicaciones. Esta es la trampa típica del cientifismo. El método científico requiere el aislamiento de lo material para su estudio. A priori, esto no es un problema; de hecho, en gran medida, es la clave de su éxito. El problema surge cuando el cientifismo declara que esta es la única forma de conocimiento válido. De esta manera, solo la causa material se considera verdadero conocimiento, y se ignoran o se descartan el resto de causas, como la causa final, que son necesarias para explicar el origen de la vida en su totalidad.

Querer que el Génesis compita explicando la causa material es infravalorar las verdades del Génesis. Ciencia y Revelación son perfectamente complementarias cuando se ciñen a sus campos. Esto se ve muy bien en el origen de la vida, donde la ciencia nos apunta a un misterio que sí nos revela el Génesis: por qué y para qué surgió la vida.

Otra de las dificultades para demostrar cómo empezó la vida es que ha sido imposible recrearla en un laboratorio, sin importar cuánta ayuda extra se le suministre. Si se ha logrado sintetizar algo remotamente parecido a una célula, ha decaído en cuestión de minutos[4]. Esto es porque la vida es algo sumamente peculiar, especialmente, si se mira desde un punto de vista termodinámico.

Los principios de la termodinámica exigen que esas protocélulas decaigan igual que exigen que decaigan las nuestras. Imaginemos, por ejemplo, una olla llena de agua, y supongamos que queremos que perpetuamente haya en la olla agua hirviendo. Para que empiece a hervir, primeramente debemos suministrarle calor encendiendo un fuego –debemos ejercer un trabajo. Si desatendemos el fuego, se terminará consumiendo el combustible y, finalmente, el agua dejará de hervir –debemos suministrar continuamente combustible, ejerciendo un trabajo. Pero tampoco basta con eso, porque si mantenemos el fuego siempre encendido suministrándole leña, el agua acabará por hervir por completo y la olla se vaciará –debemos añadir agua poco a poco, para que no se consuma, pero evitando enfriarla demasiado y que deje de hervir.

En definitiva, mantener una olla perpetuamente hirviendo agua no rompe ninguna ley de la termodinámica, pero requiere una entrada constante de energía libre para mantener continuamente ese estado excitado. La vida es algo similar, solo que mucho más complejo, porque además del aspecto calorífico, está en continua lucha con la entropía. El segundo principio de la termodinámica implica que el incremento de entropía en el sistema universo siempre es positivo[5]. La vida es un continuo generador de entropía, porque para subsistir está continuamente «reduciéndola» para sí misma[6]. La vida es la olla de agua hirviendo que, además, se sustenta a sí misma. La vida, todo lo que está vivo, es una constante lucha contra el decaimiento al que le somete las leyes de la física. Las ecuaciones termodinámicas no se sorprenden, igual que no se sorprenderían si vieran una olla añadiéndose a sí misma agua y leña para tener siempre agua hirviendo –podrían describir ese fenómeno perfectamente. Pero es el espíritu del hombre el que debe sorprenderse y preguntarse por qué una olla lucharía por estar siempre hirviendo agua.

Y es aquí donde entra la Revelación y donde nunca podrá entrar la ciencia. Incluso si se explicase con sumo detalle cómo se dio el origen de la vida (la causa material), jamás explicarán la final. Las causas finales, sobre todo las más elevadas, están fuera del método científico por naturaleza. Por eso, el cientifismo las destierra del verdadero conocimiento. O peor: las considera como una explicación material alternativa y ridícula, como es la idea del dios de los vacíos.

El relato del Génesis no es el relato de los vacíos. No rellena la incertidumbre de cómo se generó la vida; nos dice que, fuera como fuere, ese salto cualitativo de lo vivo a lo muerto es obra directa de Dios. En nuestra metáfora, Dios es quien enciende el fuego, pero también el que lo mantiene ardiendo y repone el agua –Dios es el que insufla vida en un primer instante y el que la sustenta, el que separa lo vivo de lo muerto. Más allá del Génesis, muchos versículos nos hablan de Dios como el que sustenta la vida. El prólogo de san Juan, por ejemplo, proclama: «en Él era la vida».

La cruda realidad es que a nadie le basta solo la explicación material para responder al origen de la vida. Al fin y al cabo, todos estamos vivos sin haberlo decidido, y al ser humano, ser espiritual, eso no le deja indiferente. Aunque el cientifismo quiera cercenar la causa final, realmente no la extirpa, sino que la deja sin responder. Y, al haber acabado con la posibilidad de razonar en términos más allá del método científico, se acaba formulando una respuesta cutre.

Normalmente, la respuesta parte del sinsentido total: la vida existe porque sí. Y, desde ahí, como no hay forma lógica de avanzar, se recurre al pensamiento mágico: la épica de la evolución, la mistificación de los procesos fisiológicos (por no hablar de la física cuántica), el panteísmo tontorrón…

Pero el católico corta este debate de raíz, él sabe por qué Dios creó la vida. Y lo sabe porque Dios se lo ha revelado. Y, aunque se pueden aludir largas explicaciones de las Escrituras y la Tradición, pocos versículos revelan el fin de la creación con la claridad de la Epístola a los Colosenses 1, 15-16:

Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, pues por Él fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las que están sobre la tierra, las visibles y las invisibles, sean tronos, sean dominaciones, sean principados, sean potestades. Todas las cosas fueron creadas por medio de Él y para Él.

En última instancia, la pregunta por el origen de la vida es también una pregunta por el sentido de la  naturaleza. Y, para dar una respuesta satisfactoria, hace falta atender con seriedad y rigor todos sus aspectos, contestando a la pregunta con fe y razón.

[1]     Suma teológica, Ia q. 72, a. 1, r.

[2]     Hill, H. G. M., & Nuth, J. A. (2003). The Catalytic Potential of Cosmic Dust: Implications for Prebiotic Chemistry in the Solar Nebula and Other Protoplanetary Systems. In Astrobiology (Vol. 3, Issue 2, pp. 291–304). Mary Ann Liebert Inc. https://doi.org/10.1089/153110703769016389

[3]     Uno de los más afamados defensores de esta hipótesis es el Nobel Jack W. Szostak. Uno de sus artículos más citados donde la expone es:
Hanczyc, M. M., Fujikawa, S. M., & Szostak, J. W. (2003). Experimental Models of Primitive Cellular Compartments: Encapsulation, Growth, and Division. In Science (Vol. 302, Issue 5645, pp. 618–622). American Association for the Advancement of Science (AAAS). https://doi.org/10.1126/science.1089904

[4]     Szostak, J. W., Bartel, D. P., & Luisi, P. L. (2001). Synthesizing life. In Nature (Vol. 409, Issue 6818, pp. 387–390). Springer Science and Business Media LLC. https://doi.org/10.1038/35053176

[5]     No es un enunciado formal, pero es deducible partiendo del teorema de Clausius, quien enunció el principio así: «Es imposible un proceso cuyo único resultado sea transferir energía en forma de calor de un objeto a otro a mayor temperatura». Una demostración didáctica de cómo se llega a esta conclusión es accesible aquí https://www2.montes.upm.es/dptos/digfa/cfisica/termo2p/universo.html

[6]     Amplía este tema ¿Qué es la vida? Del físico Erwin Schrödinger.

PUBLICADO EN EL BOLETÍN «LAUDATE» Nº33 – JUNIO 2024