EL SALMO 90 EN LOS CANTOS DEL I DOMINGO DE CUARESMA
D. Daniel Rubio Ferrandis, director del Coro de NSC-E

El primer domingo de Cuaresma marcaba originalmente el inicio del tiempo cuaresmal y, con ello, el comienzo del solemne ayuno preparatorio para las fiestas pascuales. El ayuno cristiano imita aquel que, tras su bautismo, practicó Nuestro Señor Jesucristo en el desierto durante cuarenta días, aun sin tener necesidad de ello, sino para instrucción nuestra. Con el tiempo, a fin de imitar mejor al Señor, la Iglesia latina vio conveniente que el ayuno durase exactamente cuarenta días (exceptuando los domingos), por lo que adelantó el inicio de la Cuaresma (o cuadragésima) cuatro días, es decir, al miércoles de ceniza.
No obstante, el antiguo inicio de la Cuaresma en este domingo se ve aún reflejado en la liturgia, ya que solo a partir de este día se adoptan los textos cuaresmales para ciertos elementos del oficio (como himnos, responsorios breves o versículos). También hacen referencia a este principio de la Cuaresma el sermón del papa san León Magno que se lee en maitines («Habiéndoos de predicar, carísimos, el sacratísimo y máximo ayuno…»), la oración colecta («Oh Dios, que purificas tu Iglesia todos los años con la observancia cuaresmal…») y el evangelio de este día (Mt 4, 1-11). En él se lee el pasaje del ayuno del Señor en el desierto, y en el que Satanás lo tienta por tres veces.
En la segunda tentación, el demonio osa citar el salmo 90: «Mandó a sus ángeles acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos; te llevarán en sus manos, para que acaso tu pie no tropiece en piedra»1.
Como explica el benedictino Dom Dominic Johner2, por haberse Satanás atrevido a citar impíamente la Sagrada Escritura, se ve condenado ahora a tener que escuchar el salmo 90, prácticamente por entero, en cada misa que se celebra este domingo. De hecho, todos los cantos de esta Misa toman su texto de dicho salmo (algo excepcional a lo largo del año litúrgico). Además, varios de los versículos se repiten a lo largo de los diferentes cantos. Y no solo esto, sino que, hasta que llegue el tiempo de Pasión, la Iglesia cantará cada día el verso citado por el demonio (Angelis suis mandavit de te…) como versículo de vísperas y laudes (incluso podríamos pensar que se haga como en desagravio por el uso impío de Satanás). También los responsorios breves y versículos de tercia, sexta y nona son tomados en este tiempo de este mismo salmo. Es, por tanto, un salmo troncal no solo en el primer domingo de Cuaresma, sino también durante las próximas semanas.
Sin embargo, existe otra razón para emplear el salmo en este día: «Es el que mejor expresa la confianza en Dios. Ahora que los grandes días de penitencia y mortificación han llegado, y nos entregamos enteramente a Dios, nos vemos, de acuerdo con la enseñanza de la liturgia, justificados al confiar en la especial protección del Altísimo. Él nos guardará contra todos los enemigos del alma, contra el pecado y la concupiscencia del espíritu maligno»3. Así, con la elección de este salmo, la Iglesia nos enseña que, contra las tentaciones, expuestas en el evangelio, el único recurso de amparo posible es Dios.
San Agustín, en sus Enarraciones sobre los salmos, dedica dos sermones a explicar este salmo, haciendo referencia, precisamente, a su conexión con el pasaje de las tentaciones.4 Nos insta a que «instruidos podamos resistir al tentador, sin presumir de nosotros, sino de Aquél que primeramente fue tentado a fin de que nosotros no fuésemos vencidos en la tentación». San Agustín va desgranando el salmo verso a verso. Citaremos a continuación algunas pinceladas para comprender mejor el salmo desde la óptica patrística.
Por un lado, el santo doctor explica que «el que habita en la fortaleza del Altísimo» (qui habitat in adjutorio Altissimi) es «el que no es soberbio como aquellos que comieron para ser como dioses, y perdieron lo que habían sido hechos: hombres inmortales. Pretendieron habitar en su propia fortaleza, no en la del Altísimo, y, por lo mismo, oyeron la sugestión de la serpiente y despreciaron el mandato de Dios». En cambio, habita en la fortaleza del Altísimo aquel que, como nos enseña Cristo en el evangelio, rechaza las tentaciones de la serpiente.
Pues bien, ese podrá decir que el Señor le «libró de la trampa de los cazadores y de la palabra dura». Explica san Agustín que «el diablo y sus ángeles, como cazadores, tienden lazos; pero los hombres que caminan en Cristo caminan a distancia de estos lazos. Los enemigos no se atreven a ponerlos en Cristo; los ponen a la vera del camino, no en el camino. Sea Cristo tu camino y no caerás en la trampa del diablo».
Asimismo, el salmo prosigue diciendo que «con sus espaldas te hará sombra y bajo sus alas esperarás. Con escudo te cercará su verdad». Según san Agustín, el salmo «dice esto para que no te protejas a ti mismo con tu protección, para que no pienses que tú te puedes proteger a ti mismo. Él te protegerá para librarte». Dice que Dios nos protege como una gallina resguarda a sus polluelos con sus alas: «Te coloca Dios entre su pecho, de modo que, estando las alas de Dios a un lado y a otro, tú te hallarás en medio y no temerás que te dañe alguno. Por tanto, tú no te alejes de allí a donde ningún enemigo se atreverá a acercarse. Si la gallina protege a sus pollos debajo de sus alas, ¡cuánto más seguro estarás tú, debajo de las alas de Dios, contra el diablo y sus ángeles, que, siendo potestades aéreas, revolotean como gavilanes para arrebatar al débil pollo!».
El salmo menciona una serie de cosas que no temerá el que vive al amparo de Dios: el espanto nocturno, la saeta voladora en el día, la peste de las tinieblas o el demonio de mediodía. Todo esto son, para San Agustín, diversas referencias al pecado. Aquellos mil que caerán a un lado son los que, en las persecuciones, «desfallecieron en los tormentos y negaron a Cristo». Sin embargo, el salmo, hablando directamente a Cristo, dice: «A ti no se te acercará». Y junto a Cristo, que es la Cabeza, esto se aplica a todo el Cuerpo, es decir, a todos aquellos que le son fieles (como «los mártires que no sucumbieron en los tormentos»). En palabras del doctor, «a ti, esto es, a la Cabeza y al Cuerpo, no se acercará la ruina y el demonio meridiano, porque el Señor conoce a los suyos».
Sigue explicando san Agustín que, cuando Cristo ascendió a los cielos, «colocó altísimo su refugio», y «envió el Espíritu Santo, y libró a los creyentes del reato de la ley para que no tropezasen sus pies contra la piedra». De este modo, podemos caminar «sobre el áspid y el basilisco» y «pisar al león y al dragón», es decir, al demonio, representado en las serpientes citadas, y que a veces actúa como león, ensañándose con fuerza (como contra los mártires), y otras, como dragón, con insidia oculta (por ejemplo, a través de la herejía).
El salmo termina diciendo: «Clamará a mí, y yo le escucharé: con él estoy en la tribulación: lo libraré, y lo glorificaré. Lo llenaré de largueza de días y le mostraré mi salud». El doctor nos exhorta: «No temas al ser atribulado, como si Dios no estuviese contigo. Ten fe, y Dios estará contigo en la tribulación». Esa largueza de días es la vida eterna y, «porque ella basta, con razón dijo lo llenaré». En ella se nos mostrará la «salud», que no es sino el mismo Cristo, a quien veremos cara a cara en el cielo.
A partir de los comentarios de san Agustín, queda clara la importancia de este salmo en el tiempo Cuaresmal, momento de especial lucha ascética contra el demonio. Es más, en palabras de Dom Prosper Guéranger, el salmo 90 nos muestra «la esperanza que el alma cristiana ha de concebir en el auxilio divino en estos días en que se ha decidido darse por completo a la oración y a la lucha contra los enemigos de Dios y de sí misma»5.
Por otro lado, digamos ahora algunas palabras acerca de las melodías que la Misa de este domingo emplea para el salmo 90. El introito (Invocabit me) musicaliza la afirmación de que el Señor oirá la invocación de su fiel, lo glorificará y le dará la vida eterna. Para ello, se emplea el octavo modo, el cual, por su sonoridad, resulta ser «suave, espacioso, reposado, muy sosegado y vagaroso», en palabras del tratadista español Marcos Durán6. Explica Fray Pablo Nassarre que este modo «influye en el alma alegría espiritual, fervientes deseos de las cosas eternas y de la vista de nuestro hacedor y creador […]. Ayuda mucho a levantar el corazón a Dios, alabándole y dándole gracias de todo […], excita a pedir los bienes del alma y el descanso eterno»7. Es decir, el modo elegido transmite confianza en la promesa que Dios expresa en el texto, la cual apunta a la vida eterna.
El melisma en la palabra glorificabo recuerda rápidamente a un giro muy característico de los tractos de la Vigilia Pascual. Esta referencia musical es, sin duda, una llamada clara: el camino Cuaresmal que se inicia tiene una meta muy concreta, la Pascua. Precisamente, la estación romana de este día tiene lugar en San Juan de Letrán, la misma que en el Sábado Santo, día en que, en aquella basílica, recibían históricamente el bautismo los catecúmenos. Este bautismo es el que permite al cristiano, como dice el introito, ser liberado, glorificado y obtener la largueza de días.
El gradual (Anglis suis) está musicalizado con una melodía tipo de segundo modo, es decir, una melodía básica que se emplea con diferentes textos, según la ocasión litúrgica. Se trata de una melodía especialmente antigua, a juzgar por las Misas en que se emplea: las témporas de Adviento, la vigilia y noche de Navidad, el domingo de Pascua y los días de la octava, las vigilias de algunos santos de culto especialmente antiguo (san Juan Evangelista, san Pedro y san Pablo, san Lorenzo) y la Misa de difuntos. Salvando la semana pascual, la mayor parte de las otras ocasiones son Misas penitenciales. Quizás esa sea la razón para el empleo de esta melodía también en el inicio de la Cuaresma.
Esta melodía, a pesar de emplearse en días penitenciales y en la misa de difuntos, tiene un carácter sosegado y confortante. Su sonoridad expresa muy bien la confianza en que Dios mandará a sus ángeles para que nos guarden y nos lleven en sus manos, ya sea durante el ejercicio ascético de la Cuaresma como durante el resto de la vida terrenal.
Por su parte, el tracto (Qui habitat), con sus trece versos, es uno de los más largos que existen. Solo es superado por el tracto del Domingo de Ramos (con catorce versos), y queda cerca el segundo del Viernes Santo (con once). Todos ellos emplean la misma melodía básica, también de gran antigüedad: algunas trazas melódicas apuntan al llamado canto antiguo romano, predecesor del gregoriano. Parece que, a través de la duración y el modo de estos tres tractos, se quiere realizar un paralelismo entre ellos, de modo que el inicio de la Cuaresma apunta ya hacia la Semana Santa: el camino que iniciamos nos lleva irremediablemente a la pasión de Nuestro Señor. La longitud excepcionalmente grande del tracto Qui habitat (su duración puede ser de unos trece minutos, aproximadamente) permite una prolongada meditación del salmo 90, casi por entero, justo antes de escuchar el evangelio de las tentaciones. Es como si el salmo contuviera la clave de interpretación de dicha perícopa.
El ofertorio y la comunión emplean el mismo texto: Scapulis tuis obumbrabit tibi… De este modo, la misa de los fieles se abre y se cierra con el mismo texto. En respuesta a la tentación que acabamos de escuchar en el evangelio, se nos invita a confiar en la protección divina: el Señor nos hará sombra con sus espaldas, nos cobijará entre sus alas, y su verdad será nuestro escudo. Ambas piezas van acompañadas de tres versículos del mismo salmo, textos que ya han sido escuchados durante la Misa, y que permiten una prolongación de su meditación. La repetición textual no es baladí, sino que, en palabras de Dom Guéranger, sirve para «más sólidamente afianzar la confianza en nuestras almas».
La melodía del ofertorio retoma la sonoridad sosegada del octavo modo, al igual que en el introito. En las dos primeras frases musicales, un mismo motivo melódico se repite en dos palabras clave: obumbrabit («te hará sombra») y pennis («alas»). En la tercera frase, un motivo musical similar aparece, si bien un tono más agudo, en scuto («escudo»). A través de la semejanza melódica, el compositor gregoriano quiere poner en relieve dichas palabras, que hacen referencia a la protección de Dios sobre nosotros.
Precisamente, la comunión se inicia en scapulis («espaldas») con este mismo motivo melódico. Es decir, se pretende ahora no solo repetir el texto, sino recordarnos musicalmente al ofertorio, y se hace con esta otra palabra clave: las espaldas con las que nos hace sombra el Señor.
El modo de la comunión es el tercero. Fray Pablo Nassarre explica que dicho modo, característico por una cierta inestabilidad melódica, se emplea cuando se habla de la fortaleza o de la lucha contra los enemigos. Pone como ejemplo el introito del miércoles de pasión, Liberator meus, «porque habla de que Dios nos libre de los enemigos», idea que también encontramos en esta comunión. Así, el mismo texto ha sido musicalizado de forma que la melodía expresa dos matices diferentes en el ofertorio y en la comunión: en un caso, confianza plena en Dios; en otro, el carácter libertador y protector del Señor.
En la comunión cada una de las tres frases melódicas termina con la misma cadencia: esta repetición implica una cierta obstinación, casi a modo de confirmación de lo que expresa el texto. En las palabras scapulis suis, pennis y scuto la melodía tiende al agudo, como enfatizando las partes con las que Dios nos protege. En cambio, la melodía se vuelve hacia el grave y con un carácter más «arropador» y recogido en obumbrabit y circumdabit, donde, además, hay un paralelismo melódico notable: se trata de los efectos de Dios sobre nosotros, es decir, nos da sombra y nos rodea.
Que el salmo 90 pueda acompañarnos durante esta Cuaresma, y podamos entrar en su meditación a través de su riqueza textual, así como de la belleza de su musicalización.
1 Empleamos la traducción de Felipe Scío de San Miguel, Sch. P.: La Biblia Vulgata latina traducida en español (Madrid: Benito Cano, 1796), tomo 8, pp. 295-297.
2 Dom Dominic Johner, OSB: The Chants of the Vatican Gradual (Collegeville: St. John’s Abbey Press, 1940), p. 131.
3 Ibidem.
4 Obras de San Agustín, vol. 21: Enarraciones sobre los Salmos (3º) (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1966), pp. 349-391.
5 Dom Prosper Guéranger, OSB: El año litúrgico, vol. 2 (Burgos: Aldecoa, 1956), p. 193.
6 Marcos Durán: Comento sobre Lux bella (Salamanca, 1498).
7 Fray Pablo Nassarre, OFM: Escuela música (Zaragoza, 1724), p. 80.
PUBLICADO EN EL BOLETÍN «LAUDATE» Nº42 – MARZO 2025