París - Chartres no es otro Coachella católico

D. Tomás Bonet Ponce, Capítulo Nuestra Señora de la Cristiandad

Fotografía de la peregrinación Notre-Dame de Chrétienté – Pèlerinage de Chartres, extraída de su web.

Los monos, orgullosos de capturar a Mowgli, lo llevaron a las Moradas Frías, una ciudad en ruinas que algún rey había edificado sobre una pequeña colina hacía ya mucho tiempo. Las almenas o se habían desmoronado o estaban a punto, y de las ventanas de las torres colgaban densas masas de enredaderas. Los adoquines de los patios donde solían vivir los mismísimos elefantes del rey habían sido arrancados; las losas de mármol, partidas por los árboles que crecían con fuerza. Desde el palacio se avistaba en medio de un cruce de caminos un amorfo bloque de piedra que en su día fue un ídolo. A pesar de que este pueblo de primates decía que aquel lugar era su ciudad, no sabía ni cómo se habían construido esos edificios ni para qué ni por quién. Exploraban los centenares de pasadizos y aposentos, pero sin jamás acordarse de lo que habían visto.

Cumpliendo una promesa, al día siguiente de llegar a Chartres fui a visitar el Mont Saint-Michel. Dentro, las tribus de turistas vagaban de un lado a otro de la abadía hasta que pronto el aburrimiento los expulsaba a los jardines; de ahí, era el calor quien tomaba el relevo para invitarlos a subir a los autobuses de vuelta al aparcamiento. En su defensa, diré que el hastío era comprensible: ningún guía les explicó qué sentido tiene construir semejante anomalía: una abadía de ochenta metros de alto en una isla diminuta rodeada de mareas mortales que se suceden cada doce horas. La razón de ser de este portento, la clave de su edificación, habitaba un pequeño sagrario al final de la iglesia abacial, detrás del altar, pero la tropa pasaba de largo. A este rey de palacio únicamente lo custodiaba una tímida y sonrojada lámpara que parpadeaba tenuemente al pasar cerca algún grupo de turistas que removía el aire.

Pero esa es la diferencia entre las ruinas que visita Mowgli y las que habitamos hoy: que el rey no ha abandonado el palacio, no piensa hacerlo, y sus vasallos lo sabemos. Así como vibraba esa lámpara eucarística también se agitaba los tres días previos la columna de peregrinos que clamaba en el campo francés. ¿No es acaso esta fidelidad de nuestro rey, que permanece erguido en medio del vacío secular, una razón más que suficiente para recorrer esos cien kilómetros entre París y Chartres? La lucha continúa, dentro y fuera de uno mismo.

Mezclándonos en el metro con jóvenes que volvían de fiesta, acudimos la primera madrugada de la peregrinación al punto de encuentro en París: la iglesia de Saint Sulpice. El llegar ahí requirió largo rato de recibir indicaciones de voluntarios, enseñar nuestra pulsera distintiva y seguir cintas de balizamiento. Admiré esos tres días la organización logística, milimétrica y casi militar que las décadas habían perfeccionado. Pero reconozco que la gincana que se montó era de tales dimensiones que empaticé con varios citoyens que nos increparon mientras recorríamos las calles de París.

El capítulo con el que yo andaba aglutinaba a una treintena de peregrinos de toda España, entendida en su sentido amplio, histórico, digamos. Bastantes habíamos venido sin acompañante; otros, en familia. Teníamos la suerte de que nuestro capellán era un joven sacerdote ermitaño que dulcemente hacía meditaciones y resolvía inquietudes. Como a los mediterráneos nos gusta la cháchara, también un par de jóvenes seminaristas del Instituto del Buen Pastor nos daban respuestas.

Desde otros capítulos goteaban rezagados con los que tuve el gusto de hablar: uno se trajo a un puñado de amigos de su universidad, otro estaba prometido y después de su doctorado en microchips tendría que empezar a cuidar las cabras de la granja de su chica, otra peregrinaba con su familia desde que tenía uso de razón… Conocí a gente sonriente, educada y con planes de futuro. Y todos ellos conscientes de la posición de resistencia en que la divina providencia les había situado.

El frescor de estas conversaciones solo en parte hacía olvidar el calor: también goteaban peregrinos que no podían caminar, ya porque habían perdido el conocimiento, ya porque se habían visto obligados a sentarse a un lado del sendero. Varias veces me dijeron que hacía muchos años que no se llegaba a esas temperaturas en la peregrinación, y, al atravesar inmensos campos sin sombra durante horas, no dudaba ni un momento en que fuese verdad. Personalmente, creí desfallecer cuando me acerqué a dos peregrinos españoles y oí que debatían sobre los polos más sabrosos de Burgos 一cada uno se pone la penitencia que quiere, y yo con la mía ya tengo suficiente, me dije. Los meniscos suplicaban durante el día y los ácaros del césped picaban por la noche. Llegamos al tercer día, extenuados. En su sermón, el cardenal Raymond Burke, escoltado por las cristaleras de la catedral de Nuestra Señora de Chartres, nos recordó que los padecimientos sufridos en la peregrinación nos brindarían la fuerza para soportar las pruebas de la vida ordinaria en Cristo.

Recuerdo que un chico que no parecía parte de la organización repartía un librito breve de apologética para los tiempos modernos. Claro, ¿cuántos tenemos amigos ateos? Qué buena idea repartir esto. Era un ejemplo más de todas las personas que esos tres días le sacaban el mayor rendimiento posible a la parcelita que Dios les había dado para cultivar. Nuestro rango de acción directa es limitado, pero cuando se aprovecha, se coordina y se ofrece a le bon Dieu, el resultado es impetuoso, creativo y bello.

La peregrinación de París a Chartres de Nuestra Señora de la Cristiandad no es una imitación. Como cada momento de la historia es irrepetible, la respuesta que este exige es también única. Nadie se disfrazó de voluntario, de peregrino, de padre de familia, de sacerdote, de religiosa, de converso o de cristiano viejo, sino que era su uniforme de trabajo. Ese pueblo que caminaba era la expresión concreta que tenía seguir a Dios en ese momento y lugar precisos. Entre tanta bandera y tantas nacionalidades, es fácil confundirlo con otro Coachella católico más. Pero a diferencia de en un festival, aquí había acción, padecimiento y ofrecimiento.

Veinte mil personas no es tanta gente en el mundo masificado que habitamos. Por cada iglesia con fieles, hay diez vacías. Pero no son las cantidades lo que distingue el palacio vacío de El libro de la selva y el sagrario del Mont Saint-Michel. La cuestión es si el rey se ha ido o si permanece. Por suerte se ha quedado con nosotros y nos da la impagable oportunidad de que nuestros actos lo iluminen, esperando a que algún turista se decida a girar la cabeza y entre el barullo busque su mirada.