El ofertorio proléptico en las diferentes tradiciones litúrgicas
Artículo del CIEL, por Rev. D. Gabriel Diaz Patri
Agradecemos la generosidad del Centro Internacional de Estudios Litúrgicos (CIEL) por el permiso para publicar este artículo, fruto de una conferencia del XV Coloquio de dicho centro, que tuvo lugar el 5 de febrero de este año en Roma. El artículo se divide en dos partes: el número de este mes trata sobre la tradición occidental y el del mes que viene tratará la oriental. Pronto estará disponible completo en la página web del CIEL.
Cuando hablamos de «Missale Romanum», no nos referimos únicamente al promulgado por san Pío V y conservado sin modificaciones, en lo que respecta al ofertorio, hasta 1970. Se repite muy a menudo (y a veces en obras que no son de mera divulgación) la afirmación de que san Pío V, en su edición, habría decidido «fijar una selección de oraciones» tomadas de un grupo que hasta ese momento se encontraban en un misal u otro, por lo que se dice que él «estandariza el rito, elimina variantes locales ambiguas, encaja el Ofertorio rígidamente en la secuencia: Ofertorio → Canon → Consagración».
Pero una mirada a los diferentes misales «de la curia» y a los «de la regla» franciscana que han llegado hasta nosotros desde los primeros que pueden ser identificados como tales (siglo XIII) hasta el impreso por Junta en Venecia tres años antes del de san Pío V, en 1567, nos muestra que este conjunto de oraciones ha permanecido inalterado desde los primeros manuscritos, es decir, trescientos años antes de san Pío V, lo que hace un conjunto de setecientos años hasta nuestra época.
Esta confusión se debe, sin duda, al hecho de que se olvida con frecuencia que san Pío V no produjo un Misal como síntesis de los diferentes usados en ese momento en Occidente, sino que se limitó a hacer lo que hoy llamaríamos una «edición crítica» del Misal recibido de la tradición que hasta entonces se llamaba «Missale secundum usum romanae curiae» (o con nombre similar) y que, a partir de entonces, se llamará establemente «Missale Romanum». Las variantes latinas de las oraciones y ritos del ofertorio (así como, por otra parte, las secuencias) que encontramos en los manuscritos o en las antiguas ediciones impresas pertenecían a misales diocesanos o de órdenes religiosas y no al uso de la curia Romana, por lo que, si tenían más de doscientos años, no se vieron afectados por las disposiciones de san Pío V y, en caso contrario, fueron simplemente sustituidos por el misal por él promulgado. No se ha hecho, pues, ninguna labor de «estabilización» en una materia que ya era estable desde hacía tres siglos.
El esquema de la fórmula del ofertorio del pan del Misal Romano es el siguiente:
«Súscipe, Sancte Pater, hanc immaculátam hóstiam, quam ego (…) óffero tibi, pro innumerabílibus peccátis (…) meis (…) sed et pro ómnibus fidélibus vivis atque defúnctis: ut (…) profíciat ad salútem in vitam aetérnam».
‘Recibe, Padre santo, esta hostia inmaculada, que yo (…) te ofrezco por mis innumerables pecados (…) y también por todos los fieles vivos y difuntos, para que (…) aproveche para la salvación en la vida eterna’.
Como hemos dicho, esta fórmula ya estaba fijada en el siglo XIII; en cuanto a las otras fórmulas latinas, en general nos limitaremos a mencionar los ritos que se mantuvieron en uso hasta el siglo XX; para una perspectiva más amplia sobre los usos medievales anteriores y sobre otros misales diocesanos y de órdenes religiosas, véase Paul Tirot, Histoire des prières d’offertoire dans la liturgie romaine du VIIe au XVIe siècle.
En el rito carmelitano se encuentra esta fórmula:
Acceptabilis sit maiestati tuae, omnípotens Deus, oblatio haec quam tibi offerimus pro reátibus et facinóribus nostris: et pro stabilitate sancte Ecclesie Catholice, necnon et pro animábus ómnium fidélium defunctórum. Per Chrístum Dóminum nóstrum. Amen.
‘Sea aceptable a tu majestad, Dios omnipotente, esta oblación que te ofrecemos por nuestras culpas y delitos, y por la estabilidad de la santa Iglesia Católica, así como también por las almas de todos los fieles difuntos. Por Cristo nuestro Señor. Amén’.
Esta oración es utilizada también, con algunas diferencias, en el rito mozárabe (Misal de Cisneros). El sacerdote dice entonces esta otra oración, que también se encuentra (casi idéntica) en el Misal de Lyon:
Hanc oblatiónem quaésumus, Dómine, ut placátus admítte, et ómnium offeréntium, et eórum pro quibus tibi offértur, peccáta indúlge.
‘Esta oblación, te rogamos, Señor, acepta benignamente, y perdona los pecados de todos los que la ofrecen y de aquellos por quienes te es ofrecida’.
Las fórmulas del ofertorio en el rito ambrosiano, tanto para el pan como para el vino, no son anticipatorias, sino que piden la transformación del pan y del vino ofrecidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo respectivamente; sin embargo, el pan es llamado «sanctus», adjetivo que solo puede admitirse en la perspectiva de la transformación:
Suscipe clementissime Pater hunc panem sanctum, ut fiat Unigeniti tui Corpus, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.
‘Recibe, clementísimo Padre, este Pan santo, para que llegue a ser el Cuerpo de tu Hijo unigénito’.
Con todo, añade, después, esta apología que puede ser vista como proléptica:
Omnipotens, sempiterne Deus, placábilis, et acceptábilis sit Tibi haec oblátio, quam ego indígnus pro me mísero peccatóre, et pro delíctis meis innumerabílibus tuae pietáti óffero, ut véniam, et remissiónem ómnium peccatórum meórum mihi concédas, et iniquitates meas ne despexeris, sed sola tua misericordia mihi prosit indigno.
‘Dios omnipotente y eterno, sea propiciable y aceptable para Ti esta oblación, que yo, indigno, ofrezco a tu piedad por mí, miserable pecador, y por mis innumerables delitos, para que me concedas el perdón y la remisión de todos mis pecados, y no desprecies mis iniquidades, sino que solo tu misericordia aproveche en favor de mí, indigno’.
Y, hacia el final del ofertorio, el sacerdote recita una bendición epiclética de carácter anticipatorio en su segunda parte:
Benedictio Dei omnipotentis Patris et Filii et Spiritus Sancti copiosa de caelis descendat super hanc nostram oblationem: et accepta Tibi sit haec oblatio Domine Sancte Pater omnipotens Aeterne Deus, misericordiosissime rerum conditor.
‘Que la bendición abundante de Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda del cielo sobre esta nuestra oblación; y que esta oblación sea aceptada por Ti, Señor Santo, Padre omnipotente, Dios eterno, misericordiosísimo creador de todas las cosas’.
Por último, el rito dominicano, dirigiéndose no al Padre sino a la Santísima Trinidad, se expresa así:
Súscipe, Sancta Trínitas, hanc oblatiónem, quam tibi óffero (…) et praésta, ut in conspéctu tuo tibi placens ascéndat; et meam, et ómnium fidélium salútem operétur aetérnam.
‘Recibe, Santísima Trinidad, esta oblación que te ofrezco (…), y concédenos que suba ante tu presencia como ofrenda agradable; y que procure mi salvación y la de todos los fieles para la vida eterna’.
En el momento de la ofrenda del cáliz, la tradición del Misal Romano lo llama calix salutáris y lo ofrece en sentido propiciatorio:
Offerimus tibi, Domine, calicem salutáris, tuam deprecántes cleméntiam: ut in conspéctu divínae maiestátis tuae, pro nostra et totíus mundi salúte, cum odóre suavitátis ascéndat.
‘Te ofrecemos, Señor, el cáliz de la salvación, implorando tu clemencia, para que suba ante tu divina majestad como aroma suave, para nuestra salvación y la de todo el mundo’.
Esta fórmula es utilizada también por el rito de la Iglesia de Braga. Entre los demás ritos, solo el mozárabe incluye una fórmula de ofrenda del cáliz que, por lo demás, no es sino una variante de la del rito romano:
Offerimus tibi Domine calicem ad benedicendum sanguinem Christi Filii tui: deprecamurque clementiam tuam: ut ante conspectum divine Majestatis tue cum odore suavitatis ascendat. Per eundem Christum Dominum nostrum.
‘Te ofrecemos, Señor, el cáliz para bendecirlo como Sangre de Cristo, tu Hijo; e imploramos tu clemencia para que, ante la presencia de tu divina Majestad, ascienda con aroma de suavidad. Por el mismo Cristo nuestro Señor’.
Por su parte, el ambrosiano repite la fórmula ya mencionada para la ofrenda del pan, con los cambios correspondientes:
Suscipe, clementissime Pater, hunc calicem, vinum aqua mixtum, ut fiat Unigeniti tui sanguis. In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.
‘Recibe, clementísimo Padre, este cáliz, vino mezclado con agua, para que llegue a ser la Sangre de tu Hijo unigénito. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén’.
Los demás ritos no tienen una fórmula especial para acompañar la ofrenda del cáliz. La última de las oraciones del ofertorio, «Suscipe Sancta Trinitas…», es la más tempranamente documentada (en efecto, aparece ya en los misales más antiguos; se encuentra además en los ritos lionés y ambrosiano, y existe también en el rito carmelitano, bastante modificada, como fórmula única del ofertorio. Aunque a primera vista parece no ser más que una simple repetición del «Suscipe Sancte Pater», en realidad constituye su complemento. El ofertorio dominicano (cf. supra), aunque comienza con las mismas palabras, por su estructura y contenido es más asimilable al Suscipe Sancte Pater.
El esquema más completo es el siguiente: el sacerdote pide al Dios Trino que reciba la oblación ofrecida en memoria de la muerte de Cristo, los ritos Romano y ambrosiano añaden la resurrección y ascensión, el rito lionés añade la mención de la Encarnación y de la Natividad, y una mención en honor del Espíritu Santo consolador. Luego se ofrece en honor de los santos: en primer lugar, la Virgen María, san Juan Bautista, los santos apóstoles Pedro y Pablo, «todos los santos que han sido agradables a Dios desde el comienzo del mundo», aquellos cuya fiesta se celebra en ese día, aquellos cuyos nombres están inscritos en los «dípticos» y aquellos cuyas reliquias se encuentran sobre el altar en el que se celebra; y por nuestra salvación, para que todos aquellos a quienes honramos intercedan por nosotros.
El rito ambrosiano posee además dos oraciones que comienzan del mismo modo: una por el sacerdote y otra que enumera detalladamente las intenciones por las cuales se ofrece el sacrificio:
Et suscipe, sancta Trinitas, hanc oblationem quam tibi offerimus pro regimine, et custodia, atque unitate Catholicae fidei: et pro veneratione quoque beatae Dei Genitricis Mariae, omniumque simul Sanctorum tuorum: et pro salute, et incolumitate famulorum, famularumque tuarum, et omnium, pro quibus clementiam tuam implorare polliciti sumus, et quorum quarumque eleemosynas suscepimus, et omnium fidelium Christianorum, tam vivorum, quam defunctorum, ut te miserante, remissionem omnium peccatorum, et aeternae beatitudinis praemia, in tuis laudibus fideliter perseverando percipere mereantur, ad gloriam, et honorem nominis tui, Deus misericordissime rerum conditor.
‘Y recibe, Santísima Trinidad, esta oblación que te ofrecemos por el gobierno, la custodia y la unidad de la fe católica; y también en veneración de la bienaventurada María, Madre de Dios, y de todos tus santos; y por la salvación y protección de tus siervos y siervas, y de todos aquellos por quienes nos hemos comprometido a implorar tu clemencia, y de aquellos cuyas limosnas hemos recibido, y de todos los fieles cristianos, tanto vivos como difuntos, para que, por tu misericordia, merezcan obtener la remisión de todos sus pecados y los premios de la bienaventuranza eterna, perseverando fielmente en tus alabanzas, para gloria y honor de tu nombre, Dios misericordiosísimo creador de todas las cosas’.
A continuación, sigue la oración tomada de Daniel 3, 39-40:
In spíritu humilitátis et in ánimo contríto suscipiámur a te, Dómine: et sic fiat sacrifícium nostrum in conspéctu tuo hódie, ut pláceat tibi, Dómine Deus.
‘Con espíritu humilde y corazón contrito seamos acogidos por Ti, Señor; y que así nuestro sacrificio se realice hoy ante tu presencia de tal modo que te sea agradable, Señor Dios’.
Se la halla, con pequeñas variaciones, en todos los ritos latinos. Aquí se habla claramente de sacrificio, pero esta oración no lleva necesariamente a concebir un sacrificio ya presente, sino que podría leerse como la petición de obtener una disposición adecuada para ofrecer debidamente el acto sacrificial que se realizará poco después en la consagración.
En el rito cartujano, al decir: In spiritu humilitatis… el sacerdote eleva el cáliz. Esta era también la única oración privada del ofertorio en los ritos monásticos de Cluny y de Císter. Por último, en el rito romano, el sacerdote dice, dirigiéndose a los fieles:
Oráte, fratres, ut meum ac vestrum sacrifícium acceptábile fiat apud Deum Patrem omnipoténtem.
‘Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea aceptable a Dios Padre todopoderoso’.
La respuesta en el rito romano es:
Suscípiat Dóminus sacrifícium de mánibus tuis ad laudem et glóriam nóminis sui, ad utilitátem quoque nostram, totíusque Ecclésiæ suæ sanctæ.
`El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia’.
Mientras que en el rito lionés se responde:
Dóminus Deus omnípotens suscípiat sacrifícium de ore tuo, et de mánibus tuis, ad utilitátem sanctae suae Ecclésiae, et ad salútem omnis pópuli christiáni, et ad remédium ómnium fidélium defunctórum.
‘El Señor Dios todopoderoso reciba el sacrificio de tu boca y de tus manos, para provecho de su santa Iglesia, para la salvación de todo el pueblo cristiano y para alivio de todos los fieles difuntos’.
En el rito carmelitano se dice:
Memor sit Dóminus omnis sacrifícii tui: et holocáustum tuum pingue fiat, tríbuat tibi secúndum cor tuum et omne consílium tuum confírmet.
‘El Señor se acuerde de todo tu sacrificio, y sea tu holocausto abundante; te conceda conforme a tu corazón y confirme todos tus designios’.
En el rito dominicano, el Orate fratres permanece sin respuesta. Y en el rito cartujano, el sacerdote no hace mención del sacrificio, sino que se limita a pedir:
Orate fratres pro me peccatore ad Dominum Deum nostrum.
‘Orad, hermanos, por mí, pecador, al Señor nuestro Dios’.
Tampoco en este caso se da respuesta alguna.
Aunque en el Orate, fratres se hable del «sacrificio», sin embargo, en este caso el sentido de anticipación no aparece como unívoco, ya que podría interpretarse como una petición de orar por el sacrificio que está a punto de comenzar (nos encontramos ya hacia el final del ofertorio). Lo mismo puede decirse de la respuesta correspondiente, en la que se afirman con claridad los fines del sacrificio, pero sin que ello implique necesariamente una anticipación del mismo.
PUBLICADO EN EL BOLETÍN «LAUDATE» Nº54 – MARZO 2026