Vida de san Basilio (V)

Anfiloquio de Iconio

Emperador Valento ante el Obispo Basilio (La Misa de san Basilio). Pierre Subleyras. Óleo sobre lienzo, 1743. Extraído de WikiMedia Commons.

CAPÍTULO IX

Narró también el citado noble varón Heladio que, un día, al empezar a amanecer, el santo padre Basilio Magno partió de nuestra ciudad sin decir a nadie a dónde iba. Y, llegando junto a nosotros, dijo:

Hijos míos, seguidme, para que veáis conmigo la gloria de Dios, y admiremos los discípulos al maestro.

En cuanto, pues, comenzó a salir de nuestra ciudad nuestro padre común, lo reconoció por virtud del Espíritu Santo el presbítero Anastasio, y dijo expresamente a su mujer, hermana suya en el uso:

Voy a cosechar el campo, señora hermana mía, pero levántate y adorna tu casa, y sobre las tres de la tarde toma el incensario y las velas y sal al encuentro del santo arzobispo Basilio, pues viene a hacer posada en nuestra casa.

Y ella, temerosa por una noticia tan gloriosa, hizo como se le mandó. Era ella una virgen que vivió con toda pureza con su cónyuge por cuarenta años, conservando su secreto por el hecho de aparecer como estéril ante los hombres. Ella nos salió al encuentro con la debida modestia, nos saludó como correspondía, y recibió antes de nada la bendición de nuestro santo Padre, que después le preguntó:

¿Qué tal estás, señora Teognia?

Mas ella, sorprendida porque la llamaba por su nombre, le respondió:

Bien, santo de Dios.

Y nuestro Padre le preguntó:

¿Dónde está el señor Anastasio, presbítero, tu hermano?

Ella le contestó:

Es mi marido, señor, y fue a cultivar la tierra.

Y él dijo:

Está en tu casa, no te preocupes.

La tímida mujer, no solo estupefacta por esta última respuesta y por haber sido llamada por su nombre, sino también porque nuestro teóforo Padre había dicho que era mujer en cuanto al nombre pero hermana en cuanto a la cohabitación, cercada de temor, cayó en tierra gritando y diciendo:

Santo de Dios, ruega por mí, pecadora, porque veo obras grandes y admirables.

Y echando sobre ella la bendición, le dijo en presencia de todos:

Extiende el paño entre tus brazos.

Y, una vez que lo extendió, le mandó que echase los carbones del turíbulo en el paño, y que los echase el incienso, y así iba ante todos. Cuando llegaron a la casa del presbítero, este le salió al encuentro y besando sus honorables pies, lo saludó en el Señor, y le dijo:

¿Por qué razón vendría a mí el santo de Dios?

Y le dice nuestro Padre:

Te he hallado bien, discípulo de Cristo, vayamos y celebremos la Santa Misa de Dios.

En efecto, el presbítero ayunaba cada día, excepto el sábado y el domingo, no tomando nada sino pan y agua. Una vez que llegaron a la iglesia, le mandó al presbítero que cantase Misa. Él le dijo:

Santo de Dios, como enseñas, el que es malo ha de ser bendecido por el que es mejor.

Y le dice nuestro santo padre:

Con todo tu empeño, cumple lo que se manda.

Consintiendo, pues, el presbítero se dispuso para celebrar Santa Misa y, al tiempo de la vivificante elevación del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, vio el santo de Dios, y algunos de entre los que eran dignos, al Espíritu Santo descendiendo bajo especie de fuego rodeando al presbítero y el santo altar. Así pues, tras haber comulgado y dado gracias al Señor, nos fuimos a la casa del presbítero y, tomando alimento, le preguntó el santo de Dios:

Dime de dónde te viene este tesoro y cómo es tu vida.

El presbítero respondió:

Yo, santo de Dios, soy pecador, y estoy sujeto a los impuestos públicos. Tengo dos yuntas de bueyes, una la llevo yo y la otra mi jornalero, y uno se encarga del servicio a los caminantes y el otro del pago de los impuestos, y también está aquí esta consierva mía, que sirve a los huéspedes y a mí.

Basilio le dijo:

Llámala hermana, como lo es, y dime cuáles son tus obras.

Le dice el presbítero:

No poseo bien sobre la tierra y soy extraño a todas las virtudes.

Y le dijo nuestro padre común:

Levántate y vamos juntos y lo llevó junto a una habitación de su casa y le dijoAbre la puerta.

El presbítero replicó:

Santo de Dios, no quieras entrar, pues es la letrina de la casa.

El santo respondió:

Pues yo a esto vine.

Así pues, como el presbítero no quiso abrirla con la llave, lo hizo nuestro egregio Padre con su palabra y, entrando, encontró allí a un hombre ulceroso que se había quedado sin varios de los miembros de su cuerpo, y nadie sabía que estaba allí sino el presbítero y su hermana. Y el santo padre le preguntó:

¿Por qué quisiste esconder este tesoro?

El presbítero respondió:

Está furioso y falta al respeto, y tuve miedo de que te pudiese insultar.

El padre le dijo:

Has peleado bien con él, pero déjame que lo sirva esta noche para que yo también obtenga por ti recompensa.

Y, dejando al santo con el ulceroso en la habitación, que ya no tenía ni voz para hablar por la debilidad a que lo habían reducido sus sufrimientos, nos retiramos cerrando la puerta. Mas el que podía curar las heridas hizo oración sobre él, rogando toda la noche a Dios por él, y así le devolvió la salud, dejándolo sano de todo dolor y enfermedad. Y el presbítero, a una con nosotros, exclamó:

Gloria a ti, oh Dios, que haces maravillas a los que te temen, y escuchas sus oraciones. He aquí que el médico volvió sano al enfermo.

Y, al instante, gritó el santo de Dios para que abriésemos la puerta, y sacó al ulceroso todo curado, sin cicatriz alguna en su cuerpo, hablando con claridad y glorificando a Dios. Una vez que hizo este gran milagro, nos volvimos a nuestra ciudad, alabando y bendiciendo a Dios con gozo, a quien se dé honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

CAPÍTULO X

Una cierta mujer, de noble linaje, nacida entre las riquezas del mundo y adornada con sus vanidades, descollando en todas ellas, se quedó viuda y, de esta manera, se aplicó a devorar indecentemente su capital, viviendo licenciosamente, sometiéndose a sí misma a la lascivia, sin hacer nada de lo que agrada a Dios, sino que se revolcaba en el estiércol a semejanza de los puercos. En cierta ocasión, por designio de Dios, recapacitó dentro de sí, y contemplando su mente sus innumerables fechorías, hizo memoria, en completo silencio, de la multitud de sus pecados, y se rompió a llorar con dolor diciendo:

Ay de mí, pecadora, ¿cómo daré cuenta de la multitud de mis pecados? Corrompí el templo espiritual y manché el alma que habita en el cuerpo. Ay de mí, ay de mí, ¿qué es lo que he hecho? ¿Qué me ha pasado? ¿Podré decir que he pecado, como aquella prostituta o como aquel publicano? [Otro traductor añade: “Pero nadie pecó como yo, especialmente después del santo bautismo. ¿Cómo, pues, estaré cierta de que Dios me recibirá arrepentida?”].

Considerando todo esto dentro de sí, aquel que quiere que todos se salven, y conducirlos al conocimiento de la verdad, y que no quiere que nadie perezca, se dignó a traer a su memoria los pecados que había hecho desde su juventud. Ella, sentándose, escribió en una carta los crímenes cometidos desde su adolescencia hasta su vejez. Por último, escribió un grande y feísimo pecado que había cometido, y selló la carta con plomo. Hecho esto, calculó el tiempo en que Basilio solía acudir a la iglesia para orar, se le apareció de repente, le lanzó la carta ante los pies y, postrándose rostro en tierra, le dijo:

Ten piedad, ten piedad de mí, pecadora, santo de Dios, ten piedad de todos mis pecados.

Estando en pie el santísimo varón, le preguntó, preocupado, cuál era la causa de su gemido y llanto. Ella respondió:

Te hago saber, santo de Dios, que he escrito todos mis pecados y crímenes en esta carta, sobre la que he pues un sello; pero a ti, santo de Dios, te pido que no la abras, sino que borres todos los pecados que en ella hay escritos tan solo con tus santas oraciones.

Por su parte, san Basilio, que era verdaderamente grande, levantó en sus manos aquella carta y, fijando su vista en el cielo, dijo:

A ti solo, Señor, te son manifiestas estas obras. Tú quitaste los pecados de este mundo, por lo que es para ti más fácil borrar los de esta alma. Tú llevas la cuenta de todos nuestros crímenes, pero eres misericordia inmensa e inenarrable.

Y, tras decir esto, entró en la santa iglesia teniendo la citada carta entre las manos y, postrándose ante el altar, rogó al Señor toda la noche y, al día siguiente, durante toda la Misa. Después, haciendo venir a aquella mujer, le dio la carta y le dijo:

¿No has oído, mujer, que nadie puede perdonar pecados sino solo Dios?

Y ella respondió:

Lo he escuchado, Padre, y por eso acudí a ti, Padre, para que intercedieras por mí ante Dios misericordiosísimo.

Y, diciendo esto, abrió la carta, y halló las letras todas borradas; solo había quedado sin borrar aquel gran pecado que había hecho. Y, viendo ella que este pecado no había sido borrado, golpeándose el pecho, comenzó a angustiarse, y cayó a los pies de Basilio gritando con lágrimas y diciendo:

Ten piedad de mí, siervo de Dios altísimo, pues eres capaz de interceder por este único pecado, para que sea borrado.

San Basilio se puso a llorar de compasión y le dijo:

Levántate, mujer, pues yo también soy hombre pecador, necesitado del perdón. El mismo que los borró te perdonó los pecados que quiso, pues Dios, que quitó los pecados del mundo, tiene poder suficiente para perdonarte este único que ha quedado. Si desde ahora observas y caminas por los caminos del Señor, no obtendrás solo el perdón, sino que serás digna de la gloria. Vete al desierto, y allí encontrarás a un hombre santo, célebre entre todos los santos padres, llamado Efrén. Dale esta carta, y él intercederá y obtendrá del Señor el perdón para ti.

Entonces, la mujer se encomendó al santo obispo de Dios y corrió al desierto, y recorrió un gran camino. Llegó junto al gran y admirable eremita, llamando Efrén y, golpeando la puerta, gritaba diciendo:

Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, santo de Dios.

Efrén pudo ver en espíritu cuál era la petición con la que había venido, y le dijo:

Vete, mujer, porque yo soy un hombre pecador, y también yo tengo necesidad de ayuda.

Pero ella le lanzó la carta, diciendo:

El santo arzobispo Basilio me mandó a ti para que ruegues al Señor, a fin de que se borre el pecado que está escrito en esta carta. Los demás pecados los borró san Basilio orando. Tú, por tu parte, santo de Dios, no te niegues a interceder por un solo crimen, pues para esto se me mandó venir junto a ti.

Entonces, el confesor dijo:

No, hija, ¿acaso el que pudo obtener perdón de la multitud de aquellos pecados no puede interceder y obtenerlo de uno solo? Vete pues, y no tardes, pues debes llegar a él antes de que su alma parta del cuerpo.

Entonces, la mujer se encomendó al santo confesor Efrén y regresó a Cesarea y, cuando llegó a la ciudad, se encontró con los que llevaban el cuerpo de san Basilio, y dijo:

Ay de mí, pecadora, ay de mí, acabada, ay de mí, santo de Dios ¿Por esto me mandaste al desierto, para partir sin fatigarte por mí? Mira que he vuelto sin lo que esperaba conseguir, y he gastado para nada el dinero que se requería para cruzar un mar de una longitud incalculable. Vuelva su mirada el Señor Dios, y actúe como juez entre tú y yo, pues pudiste interceder y obtenerme el perdón sin necesidad de enviarme a otro.

Y, diciendo esto, lanzó la mencionada carta sobre el féretro en que era portado el cuerpo de san Basilio. De esta manera, narraba ante todo el pueblo con todo lujo de detalles lo que había sucedido. Uno del clero, por su parte, quería saber qué pecado era aquel; cogió la carta la abrió, y la halló toda borrada y en blanco, gritándole a la mujer en alta voz:

Mujer, esta carta no tiene nada escrito ¿Por qué te consumes en tal padecer y angustia, desconociendo las grandezas de Dios hechas en ti, y su insondable misericordia?

Y la muchedumbre del pueblo, viendo un milagro tan grande y glorioso, glorificaba a Dios, que tiene poder tan grande para perdonar en la tierra todo pecado, y para dar la gracia a sus siervos para que, aun después de su partida, sanen toda dolencia y enfermedad, el cual concedió la potestad de perdonar todo crimen y pecado a los que conservan recta fe en el Señor, luchan con sus buenas obras, y glorifican a Dios y a nuestro Señor Jesucristo.

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