Vida de san Efrén (II)

Autor Anónimo

Efrén el sirio, mosáico en Néa Moní de Quíos, Grecia s. XI. Extraído de WikiMedia Commons.

CAPÍTULO V

Por casualidad, junto al lugar de su hospedaje vivía otra prostituta, la cual, viendo que había permanecido varios días en la ciudad, se acercó y le dijo:
—Bendíceme, señor y padre.
Él fijó los ojos en la ventana y la vio mirándolo, y le dijo:
—Dios te bendiga.
Y ella preguntó:
—¿Tienes falta de algo en la casa donde te hospedas y vives?
El santo le respondió:
—Tres piedras y un poco de arcilla para tapar la ventana por la que miras.
Ella le replicó:
—¡Nada más hablo contigo una vez y ya me rechazas! Yo quiero dormir contigo y tú, ¿no quieres ni dirigirme la palabra?
El siervo de Dios Efrén le replicó:
—Si quieres dormir conmigo, ven adonde te diga para que durmamos allí los dos.
La meretriz le contestó:
—Dime dónde e iré.
El santo añadió:
—Si quieres dormir conmigo, no podrás hacerlo en otro lugar que en el medio de la ciudad.
Ella respondió:
—¿Acaso no tenemos vergüenza de que nos vean los hombres?
Pero el gran Efrén repuso:
—Si tenemos vergüenza de los hombres, mucho más debemos avergonzarnos y temer ante Dios, que sabe incluso los secretos de los hombres, pues él es quien vendrá a juzgar el mundo y retribuir a cada uno según sus obras.
Oyendo esto la meretriz, se compungió por estas palabras y, acercándose a él, se le echó a los pies llorando y diciendo:
—Siervo de Dios, llévame al sendero de la salvación para que me vea libre de mis muchas maldades y obras deshonestas.
Y el santo anciano, amonestándola con muchas palabras de la Sagrada Escritura, y confirmando su penitencia, la envió a un monasterio, y así salvó su alma del cieno de sus crímenes.

CAPÍTULO VI

Partiendo de dicha ciudad, se dirigió a Cesarea de Capadocia. Allí, en cuanto entró al templo, se encontró al santo arzobispo Basilio predicando al pueblo, y el muy bienaventurado Efrén comenzó a alabarlo a grandes voces, pero algunos de entre la muchedumbre decían:
—¿Quién este forastero que alaba al obispo de esta manera? Seguro que lo alaba para que le den algo.
Terminada la predicación, dijo Basilio:
—Haced venir junto a mí al hombre que insistía en alabarme.
Una vez que se le acercó, le dijo:
—¿Por qué vociferabas con tanta insistencia alabándome, señor Efrén?
Respondiendo el santo anciano, le dijo:
—Continuaba gritando y alabándote porque veía una paloma inmaculada posada en tu hombro derecho que te decía al oído lo que habías de predicar al pueblo.
Y Basilio Magno, lleno del Espíritu Santo, lo reconoció y le preguntó:
—¿Eres tú Efrén el sirio? En verdad, amador de la quietud, ahora verifico lo que se me dio a entender, pues se halla escrito en el profeta David: «Efrén fortaleza de mi cabeza»1, ya que tu mansedumbre, clemencia y sencillez son luminosas, como una luz que se manifiesta a todos.

CAPÍTULO VII

Pasando otra vez san Efrén por otro lugar, se acercó a él engañosamente una meretriz que se empeñaba en arrastrarlo lisonjeramente a comercio torpe o, al menos, a lograr que se enojase, pues nunca nadie lo había visto airado. Él le dijo:
—Sígueme.
Hallándose ya cerca de un lugar muy frecuentado por la gente de aquella ciudad, le dijo:
—Llégate a este lugar y hagamos como deseas.
Pero ella, viendo que había mucha gente, le replicó:
—¿Cómo vamos a hacer esto en presencia de tantos hombres? ¿Acaso no tenemos vergüenza?
Él le respondió:
—Si tienes vergüenza de los hombres, cuánto más es necesario avergonzarse ante Dios, que recrimina lo que se esconde en las tinieblas.
La prostituta, como no pudo hacer nada con él, ni siquiera incitarlo al enfado, se marchó llena de confusión.

CAPÍTULO VIII

Estos son los combates que entabló el gran Efrén. Fue un varón clemente y paciente, manso, puro y simple, como carente de toda falsedad ante el conocimiento de Dios, según lo que está escrito2; abnegado y modesto, humilde y lleno de compunción, situado en las cumbres de la fe, de modo que, incluso cuando estaba callado, parecía instruir a los que lo miraban hasta con su solo aspecto. Su vida estaba dedicada al completo a presentar oraciones ante Dios. Por fin, este santo padre nuestro, después de haber transcurrido su vida de una manera tan buena y bienaventurada, haberse mostrado como ejemplo de virtud divina y haber ofrecido muchas palabras de santa doctrina, sabiendo que se acercaba su muerte, compuso su testamento para sus discípulos y para todos los que hacían profesión de monjes advirtiéndoles del futuro y, cayendo en una enfermedad ligera, descansó en el Señor, y los monjes del desierto dieron sepultura a su cuerpo.
Así pues, dígnese Cristo nuestro Dios, por las súplicas e intercesión de san Efrén, hacernos también a nosotros, pecadores, imitadores de su vida divina, por la cual podamos alcanzar misericordia y perdón de los pecados en que hemos caído, pues es al mismo Cristo y Dios nuestro a quien corresponde todo honor y adoración, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo y dador de vida, por los siglos de los siglos. Amén.