El ofertorio proléptico en las diferentes tradiciones litúrgicas

Artículo del CIEL, por Rev. D. Gabriel Díaz Patri

Naturaleza muerta de flores y uvas rodeando una custodia en un nicho, Jan van Kessel el viejo, 1670 ca. Extraído de la colección digital de la Galería nacional escocesa.

Nota: Agradecemos la generosidad del Centro Internacional de Estudios Litúrgicos (CIEL) por el permiso para publicar este artículo, fruto de una conferencia del XV Coloquio de dicho centro, que tuvo lugar el 5 de febrero de este año en Roma. El artículo fue dividido en dos partes: en el pasado número se trató sobre la tradición occidental y el del este mes abordaremos la oriental. Pronto estará disponible completo en la página web del CIEL.

En los ritos orientales encontramos igualmente frecuentes «anticipaciones» de la presencia real que, según el estilo propio de estas tradiciones litúrgicas, no se limitan a las palabras, sino que se traducen a menudo también en gestos y ritos que las acompañan.

En el rito bizantino, la preparación de los dones y el ofertorio se sitúan desde el inicio en un contexto claramente sacrificial: antes de comenzar la proscomidia, el sacerdote recita el tropario del Viernes Santo: un breve himno compuesto a partir de una combinación de textos bíblicos relativos a la redención (Gal 3, 13; 1 Pe 1, 19; Jn 19, 34):

«Tú nos has redimido de la maldición de la Ley con tu Sangre preciosísima. Clavado en la Cruz y traspasado por la lanza, haces brotar una fuente de inmortalidad para los hombres. Oh Salvador nuestro, gloria a Ti».

Inmediatamente, este sentido sacrificial se ve fuertemente reforzado y hecho presente cuando, durante la compleja preparación del pan (denominado de manera altamente evocadora «el cordero»), al cortar los fragmentos laterales se utilizan las palabras del profeta que anuncia el sacrificio del Siervo sufriente:

«Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero sin mancha, mudo ante el que lo trasquila, no abrió su boca. En su humillación fue exaltado su juicio. ¿Quién podrá contar su generación? Porque su vida ha sido arrancada de la tierra» (Is 53, 7–8).

Este mismo texto es utilizado también en el ofertorio por armenios, sirios y maronitas; pero, a diferencia de estos, el sacerdote bizantino, mientras lo recita, corta el «cordero» con la «lanza», un utensilio litúrgico propio del rito bizantino: un pequeño cuchillo con forma de lanza (en recuerdo de la Pasión), añadiendo después:

«Es inmolado el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, para la vida y la salvación del mundo» (cf. Jn 1, 29).

A continuación, traspasa con la lanza el lado izquierdo del «cordero», diciendo esta fórmula: «Uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y al instante salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero» (Jn 19, 34), fórmula que en este contexto adquiere una especial fuerza pues es acompañada por el verter vino y agua en el cáliz.

Estos mismos términos son utilizados también, aunque sin la ceremonia que los dramatiza, por los ritos siríaco, caldeo, malabar y armenio, y en Occidente por los ritos lionés, cartujano, mozárabe, ambrosiano y el de la Iglesia de Braga.

Los sirios malabares católicos (al igual que los nestorianos) preparan el cáliz utilizando una expresión aún más fuerte, que subraya todavía más la prolepsis: «La sangre preciosa es derramada en el Cáliz de Nuestro Señor Jesucristo…», y posteriormente vierten también el agua diciendo: «Uno de los soldados…etc.». Cuando el pan es colocado sobre la patena, se dice: «Que esta patena sea marcada con el cuerpo santo de Nuestro Señor Jesucristo…».

En el rito romano, la preparación del cáliz no tiene un sentido anticipatorio, sino que, mediante la adaptación de una antigua oración de la fiesta de Navidad, se realza el simbolismo de la unión del agua y del vino para subrayar la elevación de la naturaleza humana realizada por Cristo, del cual se pide llegar a ser consortes de su divinidad.

El rito carmelitano, al igual que el dominicano, no posee una oración especial para la preparación del cáliz; en este último se dice únicamente: In nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti.

Los siríacos, como en Occidente en los ritos dominicano y lionés, recitan versículos del salmo 116 durante el ofertorio del cáliz: Quid retribuam… calicem salutaris accipiam… «¿Cómo pagaré al Señor… ? Tomaré el cáliz de la salvación…»

En el rito copto, el sacerdote, sosteniendo la hostia en sus manos, recita la oración del ofertorio, durante la cual, tras una apología en la que se reconoce indigno de tan alto ministerio, implora: «Concédenos, Señor, que nuestro sacrificio sea aceptado ante Ti por mis pecados y por las ignorancias de tu pueblo».

Posteriormente realiza la procesión alrededor del altar con las ofrendas, dando gloria a Dios, pidiendo la paz y la edificación de la Iglesia y de los oferentes, mientras al mismo tiempo dice: «Acuérdate, Señor, de aquellos que han traído estos dones ante Ti y de aquellos por quienes han sido traídos. Concédenos a todos la recompensa celestial».

En la Gran Entrada, que en el rito bizantino reviste una solemnidad particular, los dones son tratados igualmente como si Cristo mismo estuviera presente: los griegos los llevan en procesión por el centro de la nave (en algunos lugares el pueblo se postra ante la procesión); el sacerdote «bendice» al pueblo con ellos y luego el coro canta, concluyendo el himno de los querubines: «para acoger al Rey del cielo y de la tierra, invisiblemente acompañado por las legiones de los ángeles».

En el rito armenio, aunque la ceremonia no está tan desarrollada (pues la procesión tiene lugar dentro del santuario, pasando por detrás del altar) hay también un carácter proléptico: Al inicio de la ceremonia de la Entrada, se canta siempre el siguiente himno (utilizado igualmente en el rito caldeo y malabar, pero solo el domingo) que posee también un sentido fuertemente anticipatorio:

«El Cuerpo del Señor y la Sangre del Salvador están puestos delante de nosotros: las huestes celestiales cantan invisiblemente y dicen sin cesar: Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos».

Al llegar el diácono ante el sacerdote dirá las palabras del salmo 23 (vv. 7–10): «¡Alzad, puertas, vuestros dinteles; elevaos, puertas eternas, y entrará el Rey de la gloria!»; y a la pregunta del sacerdote: «¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor de los ejércitos», él responde: «¡Éste es el Rey de la gloria!». A continuación entrega el cáliz y la patena al celebrante, quien bendice al pueblo con ellos diciendo: «Bendito el que viene en nombre del Señor».

En el rito etíope, el sacerdote realiza la procesión llevando las hostias en una cesta especial colocada sobre su cabeza, mientras el coro canta: «Tú eres el arca de oro purísimo en la que se encuentra el maná, pan escondido que descendió del cielo y da la vida a todo el universo».

El rito siríaco, durante el llamado «servicio de Aarón», es decir, el ofertorio celebrado al inicio de la Misa, incluye una oración comparable al Suscipe Sancta Trinitas de los ritos latinos mencionados anteriormente; en ella se encuentran el memorial de la obra de la redención, la conmemoración de todos los santos agradables a Dios «desde la creación», la conmemoración de los difuntos y, de modo particular, la de los oferentes.

«Hacemos memoria de Nuestro Señor, nuestro Dios y Salvador Jesucristo, y de toda la obra de la redención que Él ha realizado por nosotros: su Anunciación por medio de un ángel, su Natividad según la carne, su Bautismo en el Jordán, su Pasión redentora, su Elevación en la Cruz, su Muerte vivificante, su Sepultura venerable, su Resurrección gloriosa, su Ascensión al Cielo y su Sesión a la derecha de Dios Padre.

Conmemoramos sobre esta Eucaristía puesta delante de nosotros (nótese aquí la prolepsis muy marcada), ante todo, a nuestro padre Adán y a nuestra madre Eva, a la santa Madre de Dios María, a los Profetas, a los Apóstoles, a los Predicadores, a los Evangelistas, a los Mártires, a los Confesores, a los Justos, a los sacerdotes, a los santos Padres, a los verdaderos Pastores, a los doctores ortodoxos, a los solitarios y a los monjes, a aquellos que oran con nosotros y a todos los que, desde la creación, te han sido agradables, Señor, desde Adán y Eva hasta hoy.

Hacemos igualmente memoria de nuestros padres, de nuestros hermanos, de los maestros que nos han enseñado la doctrina de la verdad, de nuestros difuntos y de todos los fieles difuntos, en particular y nominalmente de aquellos que son de nuestra sangre, de aquellos que han participado o participan en el sostenimiento de este lugar y de cualquiera que esté en comunión con nosotros, ya sea con la palabra o con la acción, en lo pequeño o en lo grande; y de un modo muy especial de N…, por quien hoy se ofrece este sacrificio. [Aquí el celebrante recuerda los nombres de todos aquellos por quienes desea orar]».

De modo semejante se dice en el rito maronita:

«Santifica esta ofrenda y, por medio de ella, concede el perdón de las ofensas y la remisión de los pecados a todos aquellos por quienes es ofrecida: a mí, a mis parientes, a todos los fieles que han trabajado y cooperado conmigo, vivos o ya difuntos…».

Como puede observarse, también aquí aparecen elementos “anticipados” de la anáfora, de manera semejante a lo que sucede en el “canon menor”, es decir, el ofertorio romano.

En el rito bizantino, esta conmemoración se realiza colocando junto al “cordero” partículas con las que se efectúan dichas conmemoraciones: primero la de la Virgen, cuya partícula se coloca a la derecha del «cordero» (con las palabras del Salmo 44, 10 «La Reina está a tu derecha…»), luego las de los santos, dispuestas en nueve categorías a la izquierda del cordero; posteriormente, se colocan las partículas «bajo» el «cordero», tienen ahí lugar los mementos de los vivos, comenzando por las autoridades eclesiásticas y civiles, luego los de los difuntos y finalmente el del propio sacerdote.

Conclusiones

De los ejemplos aportados se desprende que el ofertorio proléptico no constituye una anomalía propia del Occidente medieval; este fenómeno está presente ya en algunos de los elementos eucológicos más antiguos del rito romano y se halla ampliamente desarrollado en los ritos de Oriente, aún entre los que ya habían roto la comunión con el resto de la Iglesia en el siglo V.

No juzgamos aquí las implicaciones teológicas o sacramentales de este hecho ni su alcance, sino que nos limitamos a enumerar lo que constatamos en los distintos ritos examinados. Sin embargo, no puede dejar de señalarse que la notable extensión de este fenómeno no parece ser una anticipación indebida del sacrificio debida a una falta de atención, o una deformación debida a la importación de elementos pertenecientes a un área, cultura o época determinadas sino más bien una lógica litúrgico-teológica coherente, compartida por Oriente y Occidente a través de los siglos, según la cual el sacrificio eucarístico se comprende como un acto unitario articulado en fases preparatorias, oblativas y consumativas. En esta perspectiva, el lenguaje sacrificial empleado antes de la anáfora no designa un momento cronológico cerrado dentro de la celebración, sino evocar el sacrificio en cuanto totalidad intencional de la acción litúrgica.

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