Vida de San Basilio (II)
Anfiloquio de Iconio
CAPÍTULO III.
Llegando a la ciudad de Antíoco, se alojaron en una posada. El hijo del hospedero, llamado Filoxeno, estaba sentado junto a la puerta en profunda reflexión, ya que era discípulo del sofista Libanio, quien le había encargado realizar una traducción de ciertos versos homéricos a versos retóricos. Estando Filoxeno muy atribulado, desfallecía por esta tarea, mas, viéndolo Basilio, le dijo: “¿Por qué estás tan triste, joven?”. Y le respondió: “¿Qué gano con decírtelo?”. Mas, insistiendo Basilio y asegurándole que le sería de utilidad, le habló del sofista y de los versos, y de que por eso lo estaba pasando mal. Basilio, por su parte, se puso a leer los versos y le empezó a decir su traducción, y el adolescente, tan sorprendido como contento, le rogó que lo pusiese por escrito. Basilio escribió su traducción en tres versiones distintas, y el chico lo recibió con gozo, y por la mañana, se dirigió a Libanio y le dio la traducción de los versos. Tomándolos Libanio, consternado por la traducción, le dijo: “Por la divina Providencia, ninguno de los sabios actuales puede traducir de esta manera, ¿de dónde ha salido, pues, el que ha hecho esto de un modo tan novedoso?”. Y respondió el chico: “Un peregrino que vino a mi posada fue mi amable en proponerme esta solución”. Sin posponer nada, llegó con presteza Libanio a la posada y, viendo a Basilio acompañado de Eubulo y reconociéndolos, quedó estupefacto por la inesperada llegada de ambos, y les rogó que se hospedasen en su casa y, habiendo logrado esto, les pidió que tomasen una comida sabrosa y bien preparada. Ellos, en cambio, tomando con moderación pan y agua según su costumbre, dieron gracias a Dios, dador de todo bien. Libanio, por su parte, estaba deseoso hacerles preguntas y de departir acerca de verbosidades retóricas, mas ellos le propusieron palabras de fe, y Libanio, advirtiendo lo que decían, les dijo: “No es todavía tiempo de esto, pues cuando lo mandare la altísima Providencia no habrá quien resista, pero como me fuiste de grandísimo aprovechamiento, oh Basilio, no desdeñes disputar ahora en presencia de mis aprendices”. Por su parte, Basilio, tras reunirse los jóvenes con rapidez, les enseñó la pureza del alma y la impasibilidad del cuerpo, el paso manso, la voz templada, la conversación ordenada, el alimento y bebida invariables, el silencio ante los ancianos y la escucha ante los sabios, la sujeción a los prelados, la caridad no fingida hacia los iguales o menores, a hablar poco pero a entender mucho, a no exasperarse en el hablar, no sobreabundar en las palabras, no ser prontos a la risa, a adornarse de pudor, no hablar con mujeres impúdicas, tener la vista baja, pero elevada el alma; huir los conflictos, no perseguir la dignidad de maestro, no estimar en nada los honores conferidos por quienquiera, “y si alguno de vosotros puede asimismo aprovechar a los demás, espere de Dios la recompensa, y recibir los bienes eternos de parte de Cristo Jesús, nuestro Señor”. Tras decir estas cosas a los discípulos de Libanio, Basilio recibió magníficas alabanzas de parte de todos, y reemprendió el camino junto con Eubulo.
CAPÍTULO IV.
Una vez que llegaron a Jerusalén, visitaron los santísimos lugares con fe y amor, y adoraron en ellos a Dios, que está sobre todas las cosas. Despué, se presentaron ante el obispo de la ciudad, llamado Maximino y, postrándose, le pidieron recibir la divina regeneración en el río Jordán. El santo varón de Dios, lleno de gracia, fijando en ellos la vista, les concedió lo que pedían, y se fue al Jordán junto con ambos fieles varones. Una vez que Basilio llegó a la orilla, se echó sobre el suelo y, con lágrimas y gran clamor, pedía que se le revelase visiblemente el signo la fe que profesaba y, enseguida, levantándose con temor, se quitó sus vestidos, y con ellos sin duda el hombre viejo; y ésta era su oración mientras bajaba al río, y, acercándose el sacerdote, lo bautizó. Y un resplandor de fuego lo iluminó, y una paloma que venía de dicho resplandor bajó al agua y, una vez que se movió el agua, voló al cielo; y los que estaban presentes quedaron llenos de temor y glorificaron a Dios. Una vez bautizado Basilio, salió del agua, y, admirado Maximino del amor que tenía a Dios, pronunciando la oración sobre él, lo vistió con las vestimentas de la resurrección de Cristo. Bautizó también a Eubulo, y ungiéndolos asimismo con el santo crisma, les administró la comunión vivificante, y pidió a Basilio el sacerdote de Dios que, tras la oración, tomase alimento, lo que hizo, diciendo: “Señor Jesucristo, Dios nuestro, de esta creo en tu voz evangélica, y espero de tu benignidad que, comiendo y bebiendo, venza, con la cooperación de tu Santo Espíritu, al diablo que se opone a nosotros”. Sorprendido el sacerdote de Dios de su fe, regresó con ellos a la ciudad santa. Pasando un año en ella, se fueron de común deliberación a Antioquía, y Basilio fue promovido al orden del diaconado por Melecio, obispo de la misma ciudad, e interpretando las palabras de los Proverbios, creció mucho la admiración por él.
CAPÍTULO V.
No mucho tiempo después, partió junto con Eubulo a la región de Capadocia, y, cuando ya entraban en la ciudad de Cesaresa, se reveló en visión nocturna al obispo de aquella ciudad, llamado Eusebio, su llegada, y también que Basilio había de ser su sucesor. Y, despertándose, llamó al principal en la administración de la Iglesia y a algunos de los venerables clérigos, y los mandó a la puerta oriental de la ciudad, narrándoles la visión, y, yendo hacia la puerta, les salieron al encuentro mientras entraban. Y, viéndolos y reconociéndolos, les rogaron que subieran a donde estaba el obispo. Y, al entrar, mirándolos el santísimo obispo, y sorprendido por el parecido con su visión, dio gracias a Dios y les preguntó de dónde venían, y a dónde se dirigían, y cuáles eran sus nombres. Una vez oído todo, les dijo a los diáconos que les diesen lo que necesitaban para su descanso, y éstos los llevaron a una habitación espléndida les ofrecieron todo lo que se necesitaría para estar a gusto. En esa misma hora, llamando el santísimo varón a los más ilustres del clero y de la ciudad, les contó lo que Dios le había revelado. Ellos respondieron a una voz: “En verdad, una vida tan pura como la tuya es digna de que se te revelase divinamente desde el cielo quién debía adornar después de ti el trono pontifical, por lo que, sin dejar lugar a dudas, haz lo que te parezca”. Y el obispo, llamando la Basilio y a Eubulo, comenzó a escrutar con ellos las sagradas Escrituras, y, admirando el piélago de sabiduría que había en ellos, y teniéndolos por idóneos auxiliares, murió no mucho tiempo después. Reuniéndose, pues, los obispos en sínodo, eligieron, con la cooperación del Espíritu Santo, a Basilio para el trono episcopal, el cual, una vez consagrado, rigió, por la providencia de Dios, dicha Iglesia.
PUBLICADO EN EL BOLETÍN «LAUDATE» Nº53 – FEBRERO 2026