Viernes de papas sabor jamón (I): El sacrificio
D. Víctor Asensi Ortega, Capítulo Nuestra Señora de los Desamparados
La abstinencia de carne los viernes (especialmente en Cuaresma) no es un tema trivial. Menos ahora, cuando muchos jóvenes están intentando recuperar las viejas tradiciones ya olvidadas hace varias generaciones. Para abordarlo con la profundidad que merece, vamos a empezar muy atrás: con el acto de sacrificio.
El sacrificio es un acto de la virtud de la religión. Como es fácil banalizar el lenguaje, reflexionemos un momento sobre lo que esto quiere decir: allá donde haya religión, habrá sacrificio. ¿Y dónde habrá religión? Allá donde haya un hombre. En otras palabras: no hay hombre sin religión ni religión sin sacrificio, luego el sacrificio estará presente siempre en la vida del hombre.
Religión es una de esas cosas que o eliges o te elige. Quizás es difícil de entender para el hombre actual, pero si aceptamos que el ser humano es un ser religioso, entonces, aun por mucho que la Ilustración lo intentara, es imposible conseguir una sociedad sin religión. Y, en efecto, así lo vemos. Nietzsche, a menudo malinterpretado, lo profetizó: ante la muerte de Dios, el hombre incapaz de «superarse» (el Letzter Mensch, la antítesis del Übermensch) adorará a dioses menores, convirtiéndose en un hombre incluso más despreciable que el anterior a la muerte de Dios.
Esta colección de dioses menores ha ido ordenándose en una suerte de politeísmo moderno que muchas veces se ha llamado «la religión civil». Por supuesto, no hay doctrina unificada, e intentar describirla con precisión ocuparía un libro entero. Pero por dejarlo nombrado, digamos que la trascendencia divina se transforma en la inmanencia política: la humanidad se convierte en el ser supremo y el hombre trata de salvarse a sí mismo por medio del «Gran mediador» que es el Estado. Conflictos como el cambio climático, independiente de su materialidad, pasa a ser cuestión de estado y, por ende, adquieren un cariz religioso.
Probablemente, detenerse a ver el sacrificio en la religión actual es más farragoso que explicarlo con el ejemplo pagano. Como hijos de la Ilustración, tenemos muy interiorizado que eso de matar un buey para ganar la guerra es una superstición, pero matarlo para que el metano que produce no aumente los gases de efecto invernadero (aumento objetivamente insignificante, sin entrar en nada más) no lo es. «No va de cuánto contaminen nuestras vacas –dirá el burócrata–, sino de hacer lo correcto». Así es: no se trata de solucionar el cambio climático, es una decisión moral amparada por un sistema ético erróneo.
Tal vez el tema del cambio climático sea tan nauseabundo y ya tan criticado por tantos sectores que usarlo como ejemplo de sacrificio de la religión del hombre quede forzado. Además, no todos los creyentes de esta religión son tan devotos del clima. No es problema. Siendo el sacrificio acto de la religión, es fácil verlo manifestado hasta en el más desinteresado de sus fieles, solo hay que ver cuándo sí y cuándo no le merece la pena el sacrificio: no voy a sacrificar mi juventud cuidando a un niño; no voy a sacrificar mi madurez cuidando un anciano; no voy a sacrificar mi carrera profesional por una relación romántica; no voy a sacrificar mis pasiones por una única persona; etcétera. En definitiva, la religión actual no escapa de aquello que comparten todas las religiones: el sacrificio.
Hasta aquí el excursus sobre la religión civil. El mensaje es que, incluso la única civilización que activamente ha intentado borrar la religión, la reinventa. Pero sigamos con el tema del sacrificio, porque hay un aspecto que es más difícil de ver en la religión del hombre y que sí merece la pena buscar en religiones más pías: la expiación.
Sacrificio está compuesto por dos palabras: sacer y facere. Sacer es una forma más moderna de la palabra latina sacro, con el mismo significado que tiene en castellano actual. Es decir, sacrificar significa, literalmente, que algo pasa de ser profano (pro-fano, en frente del fano, un sinónimo de templo) a ser sacro. Significa una pérdida real del uso original de lo sacrificado, que pasa a dedicarse exclusivamente al culto divino.
El hombre que se sabe sujeto a una ley superior se sabe también pecador. El pecado es muy difícil de encajar en la religión del hombre: si nos lo damos todo a nosotros mismos, ¿por qué nos íbamos a dar pecado? Es por eso que las escuelas más fervientes de esta religión siempre están «a un cadáver de la utopía». Pero, para el pagano piadoso, el pecado está claro: él se equivoca muchas veces.
Y, ¿cómo una criatura tan infame podrá presentarse dignamente ante el ser supremo? Siendo honestos y piadosos, no es posible. Por eso el pagano sacrificaba lo mejor que tenía como ofrenda a los dioses, para intentar hacerse digno de ellos. Este es el sacrificio expiatorio.
En la vieja ley, el sacrificio expiatorio por excelencia era el cordero pascual. Era el sacrificio que purificaba el alma. Sin embargo, antes del sacrificio expiatorio, otros sacrificios habían de guardarse para no caer en impureza. Por ejemplo, las restricciones alimentarias: el cerdo era animal impuro, y comerlo te hacía impuro a ti.
Es importante entender cómo vivía el pueblo de Israel esas restricciones: comer cerdo no te hacía impuro por desobedecer a Dios, o al menos no solo por eso. Al mandar Dios no comer del cerdo, estaba relevando a su pueblo que comer de ese animal te hacía verdaderamente impuro. Es decir, el hecho de comer cerdo tenía un efecto real en ti: embrutecerte. Del mismo modo, la sangre del cordero pascual no era para ellos un simple símbolo: verdaderamente entendían que era esa sangre la que de verdad purificaba al hombre.
No es muy diferente a cómo los paganos de su época vivían sus sacrificios animales, o cómo los musulmanes de la actualidad evitan el cerdo. En esto último hay cierto hermanamiento entre el cristiano y el moderno. Ambos le preguntan al musulmán: «¿De verdad Alá te va a destruir por haber comido un caramelo que contiene un ingrediente que contiene una proteína que proviene del cerdo?». Pero es que Alá no juzga intenciones, Alá te dice que el cerdo te hace impuro, y eso es un hecho para el fiel musulmán. Por eso, con que te toque una única molécula de panceta te hace «objetivamente» impuro en ese sistema.
Pero Cristo cambia esta realidad de arriba abajo. Él, que es Dios hecho hombre, se sacrificó de una vez y para siempre por toda la humanidad. La magnitud de este sacrificio es inefable. Es el mismo Verbo de Dios hecho hombre, el Dios verdadero, el que ordena todo el universo, el que muere en la cruz por nuestros pecados. Y es la sangre de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, la que nos purifica a los que nos unimos a Él por el bautismo.
Ante tal sacrificio, sacrificar un cordero no solo sería innecesario, sino insultante para Dios. Estaríamos diciendo que la sangre del Hijo hecho hombre no es suficiente para borrar nuestros pecados. Y, por increíble que parezca, esta novedad del cristianismo, que abolió todo sacrificio ritual, fue recibida con mucha reticencia en la antigüedad. Pues, como hemos visto, el sacrificio expiatorio es central en la mayoría de religiones.
Cristo, sin embargo, no rompe con el sacrificio de la religión natural (ni de la ley vieja), sino que lo eleva al plano espiritual de la vida nueva. En virtud del bautismo, todos podemos ofrecer eficazmente sacrificios espirituales en el altar de nuestro corazón. Suena poético, pero es la descripción de una realidad impresionante.
El fundamento de esto es lo que le explica Nuestro Señor a Nicodemo en III Juan: lo nacido de la carne, es carne; y lo nacido del espíritu, es espíritu. Nos es necesario volver a nacer del espíritu, ya que no podemos volver a nacer de la carne, para sí hacernos hijos del Padre de nuevo renaciendo del agua (bautismo). Y, por tanto, desde ese momento, nuestra relación con Dios se maneja en términos espirituales.
El cambio de lo terreno a lo espiritual es la reforma más grande que hace Dios a su religión. Es uno de los principales mensajes del Evangelio, especialmente en lo referido a la presencia de Dios: a Él ya no se le adora en el templo ni en la montaña, sino que «Dios es espíritu, y los que lo adoran, deben adorarlo en espíritu y en verdad» (Jn 4, 20-24).
Es por esto que Cristo también nos dirá: «No lo que entra en la boca mancha al hombre; sino lo que sale de la boca, eso mancha al hombre» (Mt 15, 11). Es decir, el cerdo no te va a hacer impuro, porque es tu espíritu renacido en Cristo lo que debe permanecer puro, y lo que puede mancharse por los malos actos que salgan de tu corazón.
Aún más, al tomar Cristo posesión de toda la creación, y al hacernos semejantes a él por el bautismo, «todo nos es lícito» (1 Cor 6, 12-20). En los siguientes versículos, san Pablo concreta la enseñanza: el cuerpo, por ejemplo, no es para la fornicación, pero «los alimentos son para el vientre y el vientre para los alimentos». Por tanto, las restricciones alimentarias no son propias de los hijos de Dios cuya libertad ha sido comprada a tan alto precio.
Al principio, incluso entre los apóstoles costó que calara. Pedro es el que pregunta a Cristo por la costumbre de la ley cuando les enseña qué es lo que hace impuro al hombre. No es casualidad que también sea Pedro en los Hechos el que se muestra reticente a comer carne impura. En una visión, el Señor le muestra carne impura y Pedro piensa que lo está probando, hasta que una voz le dice: «Lo que Dios ha purificado, no lo declares tú común». Justo después de esta visión, san Pedro bautiza al primer gentil cristiano, Cornelio.
Por todo esto, los razonamientos del tipo «haram/halal» son antitéticos a la fe católica. La naturaleza espiritual exige a los cristianos un sensum fidei capaz de discernir qué conviene en cada momento, dado que de por sí, el cristiano es libre. Justo aquí es donde entra la Iglesia, que como madre misericordiosa, realmente nos ayuda cuando nos indica cuál es la justa medida de los sacrificios que le seguimos debiendo a Dios por religión, si bien con toda esta nueva realidad detrás.
En efecto, para Cristo y para el cristiano, la carne no es más que carne. Pero, como decíamos, en virtud de ese magnífico don del Redentor, privarnos de carne el viernes es un sacrificio que Dios acepta como agradable, si lo ofrecemos como tal en nuestra intención. Independientemente de si nos hace personas más disciplinadas en el plano natural, este sacrificio nos hace de verdad mejores espiritualmente.
De momento, baste esto para empezar la Cuaresma. El sacrificio que nos manda la Iglesia de no comer carne el viernes es válido, no porque la carne sea impura, sino porque Cristo, Dios mismo, ha hecho suya la naturaleza humana y ha abierto esta espectacular puerta: nuestro miserable sacrificio, humano, polvo y nada, es elevado por la gracia a un acto de verdadera religión.
Sobre por qué carne, si en la restricción entran las papas sabor jamón y los temas que de ahí se deriven, hablaremos en la siguiente entrega con el favor de Dios.
PUBLICADO EN EL BOLETÍN «LAUDATE» Nº53 – FEBRERO 2026