I Meditación: 10 cuestiones fundamentales en torno a la Fe

D. Pablo Ormazabal Albistur, pbro., Libro del Peregrino 2026

La Virgen del Rosario, Bartolomé Esteban Murillo, 1650-1655, Óleo sobre lienzo. Extraída de la colección digital del Prado.

«La fe es fundamento de las cosas que se esperan, y un convencimiento de las cosas que no se ven» (Hb 11,1).

El catecismo de San Pío X afirma que la «fe es una virtud sobrenatural, infundida por Dios en nuestra alma, y por la cual, apoyados en la autoridad del mismo Dios, creemos ser verdad cuanto Él ha revelado y por medio de la Iglesia nos propone para creerlo» (n.864). El Catecismo de la Iglesia Católica (1997) se expresa en parecidos términos: «La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma. Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios» (n.1814).

Sabemos las verdades que Dios ha revelado «por medio de la santa Iglesia, que es infalible: esto es, por medio del Papa, sucesor de San Pedro, y por medio de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, los cuales fueron enseñados por el mimo Jesucristo» y por eso «estamos segurísimos de las cosas que la santa Iglesia nos enseña, porque Jesucristo ha empeñado su palabra de que la Iglesia no será engañada jamás» (Catecismo de San Pío X, 865 y 866).

Ante el don de la fe, «el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. “El justo […] vivirá por la fe” (Rm 1, 17). La fe viva “actúa por la caridad” (Ga 5, 6)» (Catecismo 1997, 1814). Por eso, para el crecimiento de nuestra vida cristiana la fe no es suficiente, sino que debe crecer por las obras: «El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (cf. Concilio de Trento: DS 1545). Pero, “la fe sin obras está muerta” (St 2, 26): privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo» (Catecismo 1997, 1815). El cristiano, por tanto, está llamado no sólo a guardar la fe y vivir de ella, sino que debe también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla, de tal manera que esta es requerida para la salvación: «a todo aquel que me reconociere y confesare delante de los hombres, yo también le reconoceré delante de mi Padre, que está en los cielos; mas a quien me negare delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 10,32-33) (cfr. Catecismo 1997, 1816).

Veamos todas estas cuestiones más detenidamente, formuladas en 10 cuestiones fundamentales (Para todo lo que sigue me apoyo en las obras citadas del P. Royo Marín y la enseñanza acerca de la Fe tal como es definida en el Concilio Vaticano I):

1. La fe como conocimiento se distingue en fe humana y fe divina.
Cuando hablamos de la Fe tenemos que distinguir en primer lugar la fe humana de la fe divina. El punto en común entre ambas es el asentimiento o la aceptación de un testimonio por la autoridad del que lo da. Así, en el orden humano, hemos aprendido quiénes son nuestros padres o la inmensa mayoría de los conocimientos que hemos ido adquiriendo desde la escuela y la fe humana es nuestro modo ordinario de conocer o funcionar. La diferencia es que por la fe divina el que da ese testimonio es Dios y lo creemos por su autoridad divina, que no puede ni engañarse ni engañarnos. Así lo dice Jesús de sí mismo: «Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es digno de fe: porque yo sé de dónde he venido y adónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde he venido ni adónde voy. Yo soy el que da testimonio de mí mismo; y además el Padre que me ha enviado da testimonio de mí» (Jn 8,14.18) y «Pero yo tengo a mi favor un testimonio superior al testimonio de Juan. Porque las obras que el Padre me puso en las manos para que las ejecutase, estas mismas obras maravillosas que yo hago dan testimonio en mi favor de que me ha enviado el Padre: y el Padre que me ha enviado, él mismo ha dado testimonio de mi» (Jn 5,36-37).

2. El Concilio Vaticano I enseña qué es la fe:
«La Iglesia Católica profesa que esta fe, que es «principio de la salvación humana», es una virtud sobrenatural, por medio de la cual, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos como verdadero aquello que Él ha revelado, no porque percibamos su verdad intrínseca por la luz natural de la razón, sino por la autoridad de Dios mismo que revela y no puede engañar ni ser engañado. Así pues, la fe, como lo declara el Apóstol, «es garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven».

3. La fe es una virtud sobrenatural infusa.
La fe es una virtud sobrenatural infundida directamente por Dios. Es de fe que la poseen todos los adultos justificados, es decir, aquellos que están en estado de gracia, tal como lo enseña el Concilio de Trento (D 800-801). Y es doctrina común que la reciben los niños con la gracia en el momento del bautismo (cfr. Concilio de Viene D 483). Además, el Concilio de Trento dice que la fe es el comienzo, fundamento y raíz de la justificación. «Comienzo: porque establece el primer contacto entre nosotros y Dios en cuanto autor del orden sobrenatural; «Fundamento»: todas las demás virtudes —incluida la caridad— presuponen la fe y en ella estriban como el edificio sobre sus cimientos: sin la fe es imposible esperar o amar a Dios. «Raíz»: de la fe, informada por la caridad, arrancan y viven todas las demás virtudes.

4. División de la fe.
La fe la podemos considerar bien desde el contenido de lo que se cree, u objeto de la fe (fe objetiva) o bien por parte de quien cree, o sujeto de la fe (fe subjetiva).

5. El sujeto de la fe.
A) Son sujetos de fe: poseen el hábito sobrenatural de la fe todos los justos en el mundo, es decir, aquellos que poseen la gracia santificante (con el bautismo o sin él). También poseen la fe todos los bautizados aunque estén en pecado mortal, con tal que no hayan pecado directamente contra la fe (por herejía formal o apostasía). En este caso la fe está muerta y es informe, pero verdadera y sobrenatural. Por último, las almas del purgatorio, que no poseen aún la visión beatífica y, por eso, necesitan todavía la fe.
B) No son sujetos de fe: los ángeles y los santos del cielo; Los demonios y los condenados en el infierno. Los primeros porque ven a Dios. Los segundos porque están privados enteramente de todo vestigio y rastro de vida sobrenatural.
Además, en cada sujeto debemos decir que la fe reside en el entendimiento especulativo, pero en el acto de fe también interviene la voluntad, pues la fe no se asienta sobre la evidencia de la misma sino sobre la autoridad del testigo que es Dios y la Iglesia y, por lo tanto, la voluntad debe ordenar al entendimiento que asienta.

6. El objeto de la fe.
El objeto material (qué es lo que debemos creer) lo define el Concilio Vaticano I en la Constitución Dei Filius: «Hay que creer con fe divina y católica todo lo que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida por la tradición, y que la Iglesia por definición solemne o por su magisterio ordinario y universal propone como divinamente revelado». El objeto formal se refiere a: 1) Dios en cuanto primera y suma Verdad, siendo Dios verdadero en cuanto distinto de los falsos dioses; 2) la autoridad de Dios que revela, la cual está fundada en su infinita Sabiduría (no puede engañarse) y en su infinita Veracidad (no puede engañarnos).
De este objeto de la fe se deriva algo fundamental. Si un católico negara un solo artículo de la fe, perdería ipso facto la fe en todas las demás verdades reveladas por Dios. La razón de esto es porque quien dice que cree en todo lo que enseña la Iglesia menos en un punto ya no se rige por la autoridad de Dios sino por el criterio propio, en virtud del cual se guía por lo que le parece bien y lo acepta o lo rechaza.

7. ¿Cómo y por qué llegamos a creer?
El acto de fe de los profetas y apóstoles con relación a las cosas que les reveló directamente el mismo Dios se apoyaba y resolvía directamente en la autoridad del mismo Dios, conocida infaliblemente por ellos mismos mediante la luz profética. Los demás católicos apoyamos nuestra fe en la autoridad de Dios que revela y que es conocida ciertamente por la proposición infalible de la Iglesia, cuya autoridad para proponer las verdades de la fe consta con toda certeza por los motivos de credibilidad, que se explicarán más adelante.
Como hemos dicho la autoridad del acto de fe se funda en Dios, no en la Iglesia. Pero la Iglesia es depositaria de la revelación de Dios. ¿Cómo conoce o sabe el católico infaliblemente que Dios ha revelado tal o cual cosa? Sin la proposición de la Iglesia no podríamos conocer infaliblemente las verdades que Dios ha revelado. Aunque leyéramos y supiéramos de memoria la Sagrada Escritura y conociéramos íntegramente todo el depósito de la tradición, nadie puede garantizarnos de manera infalible que interpretamos rectamente y en su verdadero sentido las verdades divinas contenidas en la Escritura y en la tradición. Sin la Iglesia, podríamos confundir lo verdadero con lo falso y nos guiaríamos por nuestro propio criterio de interpretación. Esto sería el libre examen protestante.
¿Cómo sabemos que Dios asiste a la Iglesia y que esta nos garantiza infaliblemente el verdadero sentido y alcance de la divina revelación? Por los motivos de credibilidad, que son principalmente los milagros, las profecías y la Iglesia por sí misma.

8. Las propiedades de la Fe.
Las principales propiedades de la Fe son tres:
Sobrenaturalidad:* por su origen (es gracia e inspiración de Dios); por su objeto material (las verdades sobrenaturales que Dios nos ha revelado); por su objeto formal (la autoridad de Dios mismo); por su fin (la visión beatífica de la vida eterna).
Libertad:* No en cuanto libertad moral (el hombre no es libre de creer o no creer, pues está obligado a la verdad). Sí en cuanto libertad física o psicológica. Las verdades de la fe son las más ciertas objetivamente, pero no son evidentes a la razón, aunque no son contrarias a ella. Por lo tanto, la libertad tiene que adherirse voluntariamente a ellas, apoyada en las pruebas de credibilidad, que es lo más razonable. Así se salva la oscuridad de la fe, su firmeza inquebrantable, su libertad y su mérito sobrenatural.
Infalibilidad:* No cabe en ella el más mínimo error, pues se apoya en la autoridad de Dios que no puede ni engañarse ni engañarnos: «mucho más cierto puede estar el hombre de las cosas que le dice Dios, que no puede equivocarse, que de las que vea con su propia razón, que puede caer en el error» (Santo Tomás de Aquino, Suma T. II-II, q.4, a.8, ad 2).

9. Los efectos de la Fe son dos:
El temor:* la fe nos habla de los castigos que impone al pecado, y esto engendra el temor servil, que es propio de la fe informe o muerta por el pecado; pero la fe también nos habla de Dios como el mayor Bien y de su infinito Amor, y cuya pérdida es el mayor de los males. Esto engendra en nosotros el temor filial, lleno de reverencia, respeto y amor, y esto es propio de la fe viva y formada, inseparablemente unida a la gracia y la caridad.
La purificación del corazón:* Esto está afirmado explícitamente en la Sagrada Escritura en la intervención de San Pedro en el llamado Concilio de Jerusalén. Al narrar la conversión de los gentiles a la fe, dice: «Y Después de un maduro examen, Pedro se levantó y les dijo: Hermanos míos, bien sabéis que mucho tiempo hace fui yo escogido por Dios entre nosotros para que los gentiles oyesen de mi boca la palabra evangélica, y creyesen. Y Dios, que penetra los corazones, dio testimonio de esto, dándoles el Espíritu Santo del mismo modo que a nosotros. Ni ha hecho diferencia entre ellos y nosotros, habiendo purificado con la fe sus corazones» (Hch 9,7-9). Santo Tomás de Aquino explica que el hombre se hace impuro cuando se somete por amor a las cosas temporales, y se purifica por el movimiento contrario. Y como el primer principio del movimiento hacia Dios es la fe, esta es el primer principio de la purificación del corazón. Y si es la fe informada por la caridad, produce la perfecta purificación del corazón. Este es el principio que guio la obra de San Juan de la Cruz, especialmente la Subida al Monte Carmelo y la Noche Oscura.

10. La excelencia de la Fe.
Por todo lo expuesto hasta ahora se evidencia la excelencia de la fe. Dios nos hace ver toda la realidad, por así decirlo, desde su punto de vista. Esto engrandece la razón hasta el punto de llegar al objeto propio de ella que es la verdad, que jamás podría haber sido percibido naturalmente por ninguna inteligencia humana o angélica. La fe es la primera virtud cristiana en cuanto fundamento de todas las demás. Es, además, comienzo, fundamento y raíz de nuestra justificación. Por eso hay que pedir todos los días el don de la fe y su aumento, así como la perseverancia final en ella hasta llegar a poseer una fe viva y ardiente como la de los santos.