No miremos a otro lado.
Una meditación sobre los novísimos

D. Tomás Minguet Civera, Pbro.

Juicio Final. Fra Angélico.

«No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el próximo».
(Palabras de la Virgen María a Santa Bernadette de Soubirous)

«Porque él sabía mejor que la mayoría de nosotros que en esta vida sólo existe un propósito, y es un propósito que está más allá de esta vida».
(G. K. Chesterton, Santo Tomás de Aquino)

En uno de los capítulos de El hombre eterno, Chesterton nos propone la tarea de leer el Evangelio como si nunca lo hubiéramos hecho y como si no supiéramos nada de Cristo. Es un ejercicio revelador. Si lo intentamos, si hacemos el esfuerzo de leer de verdad el Evangelio, sin imaginarlo ni forzarlo, veremos desplegarse ante nuestros ojos una historia más desconcertante y separada del imaginario colectivo (y de tantos sermones) de lo esperado. Veremos también dibujarse ante nosotros a un Cristo mucho más misterioso e impredecible (pero a la par más fascinante) de lo que tantos literatos o historiadores nos han querido vender. Escucharemos y veremos a Uno que ha hablado y actuado como nadie lo ha hecho ni antes ni después; a Alguien que ninguna mente humana habría podido inventar; a Aquél que nos dice lo que de verdad necesitamos escuchar. Un Cristo y una historia que, a fin de cuentas, no tiene otra explicación cabal que la predicación perenne de la Iglesia Católica: La segunda Persona de la Trinidad nos ha visitado, haciéndose carne en el seno inmaculado de la Santísima Virgen María. Y este Dios-y-hombre, Jesucristo, por nosotros y por nuestra salvación, con Amor inefable, padeció y murió en cruz y resucitó al tercer día, y está sentado a la derecha del Padre. Y volverá un día con gloria y majestad como Juez de vivos y muertos.

Y todo eso, ¿por qué?, ¿para qué? ¿Qué está en juego? Hay que mirar a los hechos de frente e «interpretar el tiempo presente» (cf. Lc 12, 56) sin mirar a otro lado. ¿Por qué ha venido Dios a la tierra a morir por nosotros? Grande debía ser la enfermedad que hizo necesario tal remedio. La enfermedad era que, desde Adán, teníamos cerradas las puertas del Cielo, por nuestra culpa, y no podíamos hacer nada para escapar de un destino eterno de condenación. El Verbo vino del Cielo para rescatarnos y llevarnos al Cielo, a ese Fin para el que hemos sido creados. No indiscriminadamente y sin nuestro consentimiento, sino si aceptamos sus palabras, si nos sometemos a su dulce imperio, si nuestra vida en la tierra se convierte en un ir tras sus pasos de Buen Pastor por el camino de la santidad.

Esto que puede sonar tan “fantástico”, tal vez tan poco meditado en nuestros días y tal vez tan poco predicado en las iglesias, es lo que de verdad dice el Evangelio. Y no lo dice críptica o esotéricamente, sino con toda claridad y a cada página. Lo raro es cómo ha podido extenderse una imagen de Cristo tan parcial y descafeinada… un evangelio tan inmanente y facilón, merced a los cuales la vida cristiana consiste, básicamente, en ser más o menos buenos y en pedir a Dios que nos ayude con “nuestros” negocios, para ser aquí lo más felices que podamos. Y es que según este “evangelio inventado”, la vida que ahora vivimos es la importante y “la otra”, la que viene después de la muerte, no debe preocuparnos en exceso, porque hagamos lo que hagamos, iremos al cielo donde, quién sabe, seguramente se estará bien (por la razón que sea).

En las páginas sagradas, bien al contrario, Cristo no deja de repetir que Él ha venido del Cielo para morir por nosotros porque, de no hacerlo, no hubiéramos tenido ninguna posibilidad de salvación tras la muerte. El Señor afirma, muchas veces, que, cuando cerremos los ojos a este mundo, nos van a pasar ciertas cosas dependiendo de cómo nos hemos situado ante Él en esta vida. Nos dice que vivamos pensando en lo que nos espera tras esta vida, atesorando allí nuestras riquezas, porque aquello es lo eterno y sustancial, mientras que aquí estamos de paso. Nos asegura, constantemente, que tras la muerte nos espera un juicio respecto de cómo hemos vivido los años que se nos han concedido. Ante los ojos limpios de nuestro Dios y Señor, nuestra alma se verá tal cual es y sabremos, si somos para el cielo (donde veremos a Dios –directamente o previa purificación–), o para el infierno (donde será el llanto y el rechinar de dientes).

El Cristo real, no nos ha dejado desamparados en el camino, pues ha inaugurado en la tierra su Reino, la Iglesia, como nueva Arca de Noé que nos lleva a la Salvación. Con vistas a este fin, ha depositado en ella, para nosotros, sus tesoros: la perpetuación de su sacrificio redentor y el resto de sacramentos, la seguridad de su doctrina y los méritos de los santos y de la Santísima Virgen María. Y a esta Madre, la suya, con amorosísima condescendencia, le ha pedido que también sea nuestra madre.

Habiendo hecho y dicho todo esto, el Señor nos ha mandado vivir constantemente en vela, fieles a la tarea recibida, guardando sus palabras, alimentándonos de su Carne, a la espera, siempre a la espera, tanto de nuestra muerte como de su Regreso en gloria y majestad, como Juez de toda la historia.

Esto que grita el Evangelio, es lo que la Iglesia y la infinidad de creyentes de todas las épocas, culturas y edades ha entendido como real y guía clara para orientar la propia vida. Con lógica meridiana. Porque si las cosas son así, toda la vida adquiere su verdadero significado, y cada cosa puede ser valorada en su justa medida. Si las cosas son así, tenemos un camino seguro para escapar de la cárcel de este mundo y de la condenación eterna, y llegar a las verdes praderas de la Eternidad. Allí será la dicha que aquí sólo podemos intuir, pero nunca alcanzar.

Lo desconcertante de nuestro tiempo es que no enfrentamos estos hechos con realismo. Lo terrorífico es que hemos desarrollado una sordera selectiva que nos impide escuchar lo que dijo el Señor o reinterpretarlo sistemáticamente; una suerte de acuerdo tácito para vivir la vida presente sin referirnos a su desenlace eterno. ¿No es una locura? ¿Cómo se puede atenuar con cualquier tipo de razonamiento la rotundidad de las palabras de Cristo? ¿Qué prudencia hay en desviar la mirada de los hechos que el Señor nos ha contado? ¿Cómo puede lograrse la plenitud de nuestra vida si no se orienta hacia y desde su verdadero fin? Realmente no actuamos así con ninguno de nuestros otros negocios.

Despertemos. No miremos a otro lado. Porque nos vamos a morir en cualquier momento, y luego vendrá el Juicio. Porque nos espera una eternidad de Cielo o de Infierno. Porque la vida eterna depende de cómo vivamos esta vida presente… y es fácil perderse en el camino.

¿Cómo nos lo tiene que decir el Señor? ¿Qué más tiene que hacer? El rico de la parábola, cuando ya era tarde, pensó que, si el pobre Lázaro volvía de entre los muertos para avisar a sus parientes, éstos creerían en la palabra de Dios. Ya Abrahán le hizo ver que la cosa no era tan sencilla… como si no bastara que algo pasara fuera de nosotros… como si debiera abrirse alguna puerta que sólo se abre desde dentro.

PUBLICADO EN EL BOLETÍN «LAUDATE» Nº26 – NOVIEMBRE 2023