Una peregrinación inolvidable en España: subida hacia la cuna de la Reconquista
Dr. Peter Kwaniewski
Ver artículo original en Tradition & Sanity. Traducido por Gerhard Eger.

A finales del mes pasado, durante el curso de los tres días entre el 26 y 28 de julio, participé en la quinta peregrinación anual de Nuestra Señora de la Cristiandad, la cual comienza en la antigua ciudad y sede episcopal de Oviedo y concluye en el santuario de Covadonga, construido para conmemorar la victoria del rey don Pelayo sobre los musulmanes en el año 718, acontecimiento considerado el inicio de la Reconquista de la Península Ibérica. A lo largo de los ocho siglos siguientes, los musulmanes serían expulsados paulatinamente, hasta su derrota final en Granada.
Fue una peregrinación maravillosa. Me alegra muchísimo haber participado, y animaría a cualquiera que desee realizar una peregrinación al estilo de la de Chartres, pero sin los inconvenientes de veinte mil personas, a que pruebe esta.
En absoluto es fácil escribir sobre una experiencia que fue tan envolvente, tan total mientras duró, que uno se sentía como si se hubiera fundido con sus pies adoloridos y miembros cansados, como si se hubiera integrado en un ejército de resistencia, como si hubiera arrojado por la borda esa balanza con la que el hombre moderno sopesa cuidadosamente utilidad y valor. Además, está la presión de intentar escribir «grandes reflexiones», cuando tal vez sólo se poseen pequeñas viñetas envueltas en un propósito sagrado y silencioso. Vivir el momento, preguntarse cuándo sería la siguiente pausa, ir y venir entre conversaciones sin fin sobre asuntos importantes y triviales, entonar himnos y cánticos, rezar década tras década del rosario, y alentado siempre por esas intenciones por las cuales uno camina este pequeño Calvario —tan personales que jamás podrían compartirse.
Recorrimos casi cien kilómetros durante esos tres días. Como veréis, atravesamos algunos de los paisajes campestres más hermosos de Asturias.
Caminé con el capítulo estadounidense, liderado por mi amigo Jeff Inferrera. Aquí aparecemos los dos juntos. El cartel dice STOP, ¡pero nosotros nunca nos detuvimos!

Una nota sobre las imágenes: La mayoría de las fotos en este artículo fueron tomadas por mí, pero algunas son cortesía de los fotógrafos oficiales de la peregrinación, y otras provienen de Jeff.
El día previo
La peregrinación Oviedo–Covadonga siempre cae el sábado, domingo y lunes más cercanos a la fiesta del Apóstol Santiago, el gran santo patrón de España. Este año, el 25 de julio cayó en viernes, así que esa mañana conduje desde León, donde había pasado la noche, hasta Oviedo.
Jeff nos había explicado que teníamos que llevar embutidos y queso en las mochilas para el almuerzo, ya que los voluntarios de la peregrinación sólo repartirían pan y agua. Así que lo primero era comprar provisiones para la mochila. Me di un paseo por el casco antiguo y me topé con un mercado de productos frescos. Los puestos de pescado me recordaron lo distinto que es vivir cerca del mar:

Compré salchichón y queso y me dirigí a encontrarme con el padre José Miguel Marqués Campo, con quien llevaba tiempo manteniendo una correspondencia por Internet. El padre Marqués, delegado de la misa en latín en Oviedo, me recibió para llevarme a la capilla donde se celebraría la misa mayor por la festividad.
Llegamos y me enseñó con orgullo el bonito misal de 1922 que iba a usar:

Canté los cantos de la misa propia, que son realmente maravillosos (¡y tan sólo pueden usarse en España!). El pequeño coro cantó un himno de peregrinación al Apóstol Santiago durante la comunión; el texto es bastante interesante:
Algunas fotos de la misa:
Después de comer, el padre Marqués y yo hicimos una breve visita a la catedral de Oviedo (que veréis en un momento). Por la tarde, ofrecí una conferencia en un hotel del centro de la ciudad, a la que asistieron entre ciento cincuenta y doscientas personas. La sala estaba llena. Luego, cena y a la cama.
El primer día
Estábamos bajo órdenes estrictas de presentarnos en la plaza frente a la catedral a las seis y media de la mañana. Cuando descubrí más tarde que la ceremonia de apertura no comenzaría hasta las ocho, debo reconocer que me sentí un poco timado por haber perdido una hora de sueño, pero supongo que, cuando se trata de movilizar a 1.500 peregrinos (ese fue el número de este año), conviene fijar horarios bastante generosos.

El capítulo estadounidense, nombrado en honor a santa Kateri Tekakwitha:

Monseñor Marco Agostini, maestro de ceremonias papal de larga trayectoria y muy respetado, se unió a nosotros desde el Vaticano durante toda la peregrinación (caminó con una sotana negra desgastada, ¡no con sus galas!). Él celebró la misa mayor el domingo. Aquí estamos en la plaza justo antes de la ceremonia de apertura:

Dentro de la catedral, nos reunimos frente al impresionante retablo; en España, cada catedral parece competir con las demás por la grandeza de su altar mayor:

La procesión de entrada del clero:

El obispo presidió y dio una cordial bienvenida a todos. Después del canto del tradicional rezo del Itinerarium para un viaje seguro, el obispo descendió por la nave rociando a los peregrinos con agua bendita:

Los primeros en tener el privilegio de llevar la imágen de Nuestra Señora de Covadonga —que sería portada a lo largo de los cien kilómetros, con numerosos «cambios de guardia» durante el camino— fueron los seminaristas:

El capítulo Santa Kateri caminó siempre detrás del capítulo Nuestra Señora de Walsingham del Reino Unido, y delante del capítulo italiano, que no dejaba de cantar (¡y buena parte de lo que cantaban, por cierto, estaba lejos de ser «políticamente correcto»!).

Y comenzó la caminata:

y continuó, a veces con vecinos equinos:
hasta un bienvenido descanso:

Varias horas después, después de una segunda parada para comer, llegamos a nuestro campamento, un amplio terreno (de propiedad privada) junto a una encantadora iglesita católica. Y no sólo esta apartada iglesia de campo estaba abierta para la oración…

…sino que sus pórticos brindaron acogida a filas de sacerdotes celebrando sus misas privadas diarias, en un espectáculo que siempre me conmueve hasta lo más profundo.

Permitidme detenerme un momento para decir unas palabras sobre la costumbre de la misa privada diaria (cuando un sacerdote no tiene otra obligación pastoral) en lugar de la concelebración. Lo primero que debemos entender es que, lejos de ser una especie de «corrupción medieval», la misa privada surgió muy temprano en la Cristiandad occidental, como explica el canónigo Gilles Guitard en un estudio extraordinariamente bien documentado (parte 1, parte 2). Esta práctica permaneció ajena a Oriente, pero existen numerosas diferencias reales y profundas entre Oriente y Occidente que no pueden ni deben achacarse a que uno esté equivocado y el otro en lo correcto.
En un estudio igualmente esclarecedor, el obispo Athanasius Schneider examina cómo la concelebración era ajena a la tradición occidental (salvo la concelebración parcial en las ordenaciones sacerdotales o episcopales) hasta que fue impuesta de manera artificial a los sacerdotes durante la revolución litúrgica.
Para una explicación sencilla de por qué las misas privadas, como las que se ven en la fotografía anterior, son apropiadas, léase esto; y para entender por qué ningún obispo en el mundo puede prohibir a un sacerdote celebrar una misa privada (incluida una misa tradicional), léase esto.
En una peregrinación como esta, uno lleva a la espalda sólo unos pocos kilos de lo esencial. El resto del equipo se guarda en una bolsa de viaje por la mañana y se transporta en camión hasta el campamento. Las bolsas se colocan en el suelo agrupadas, y uno simplemente va, encuentra la suya y la lleva a la tienda.

Una vez que todos los peregrinos llegaron al campamento y tuvieron cerca de una hora para descansar sus fatigados cuerpos, se celebró la misa mayor en un amplio campo abierto, con una tienda cubriendo el improvisado presbiterio. Lo que suelo decir de las paradas durante la peregrinación de Chartres vale igual para la de Covadonga: la capilla improvisada resulta más evidentemente católica que miles de iglesias construidas tras el Concilio Vaticano II, ¡y ni hablar del impresionante rito sacrificial ofrecido bajo su sombra!
El cuidado con que se distribuía la Sagrada Comunión a tantos peregrinos era ejemplar. Los sacerdotes que salían a distribuir la comunión siempre iban acompañados por dos auxiliares: un laico que sostenía un paraguas blanco sobre el copón —no sólo como signo de reverencia, al modo del conopeo cuando se traslada el Santísimo dentro de una iglesia, sino también para localizar fácilmente al sacerdote entre la multitud dispersa por el campo— y un acólito con guantes que sujetaba una patena bajo la barbilla del comulgante:
Esto demuestra que «querer es poder». El trato casual y sacrílego que recibe el Santísimo Sacramento en las Jornadas Mundiales de la Juventud puede evitarse … si de veras les importara, si de veras creyeran.
Y huelga decir que las confesiones se oían casi a todas horas:

Después del Pan Sobresustancial de cada día, ¡los estómagos protestones reclamaban atención! Nos esperaba el ubicuo pan natural de cada día. El desayuno era una barra de pan con algo de mermelada y una taza de café. La cena era otra barra de pan con una taza de sopa. Y la comida … otra barra de pan con lo que cada cual hubiera metido en la mochila. He aquí una escena de lo más familiar:


El segundo día
Una mañana fresca y brumosa, bienvenida para todos. El tiempo acompañó durante todo el fin de semana: en general fresco, a menudo con una brisa de la sierra, y sólo un poco de lluvia el último día.

La belleza del campo nutría el alma contemplativa.
En esta foto, tomada caminando hacia atrás, se aprecia la larga hilera de peregrinos que se pierde en la lejanía.

Los lugareños eran siempre muy amables, y a menudo se quedaban en sus entradas o asomados a las ventanas, saludándonos con la mano:

Estoy seguro de que esto era más emoción de la que suele vivirse en algunos de los adormilados pueblos por los que pasamos.
Las banderas, los estandartes y las cruces levantaban el ánimo.
Dos cosas hacían que las muchas horas pasaran volando: (1) las continuas conversaciones con el vecino del momento —tuve la oportunidad de hablar no sólo con compatriotas estadounidenses, sino también, si no recuerdo mal, con personas de Países Bajos, Suecia, Inglaterra, Escocia, Polonia y Méjico; y (2) los frecuentes rosarios y cantos. Quien ideó el Ave María de la peregrinación de Chartres es un pequeño genio. Es la música perfecta para marchar:

Como es propio de una tradición oral que la mayoría conoce sin haber visto la partitura, parece que existen algunas variantes en la forma de cantar la melodía. En particular, en el benedicta tu, he oído una quinta (Re a Sol), una cuarta (Do a Sol) y una tercera menor (Si bemol a Sol). Por lo que a mí respecta, cantar una cuarta me parece lo más musical, al enlazar entre el te-cum.
Nuestra Señora de Covadonga nos acompañó durante todo el camino:

Nuestro camino nos llevó una vez más junto a una antigua iglesia de campo —es imposible recorrer Europa sin tropezar con un monumento a la devoción— y su fresco interior invitaba a detenerse un momento a descansar.
Avanzando hacia nuestro campamento de la noche:

Un río ancho pero de corriente lenta al lado del campamento ofrecía a hombres y mujeres la oportunidad de bañarse (en grupos separados a unos ochocientos metros de distancia; ¡todo en esta peregrinación estaba tan bien organizado!) Para mí, el efecto del agua fría en los pies fue casi milagroso:

Y, bajo los humildes tabernáculos en medio del desierto, el silencioso murmullo del sacrificio eterno en los labios de los iconos de Cristo se reanudaba, elevando el clamor de la humanidad y atrayendo la misericordia celestial:

La misa mayor fue ofrecida por Monseñor Agostini, el maestro de ceremonias del Vaticano. Aquí, él lee la Epístola a voz baja mientras el subdiácono la canta:

Durante la consagración, varones portando las banderas de las distintas regiones de España —se pueden ver Asturias, Castilla y León, Navarra, Aragón, Valencia, Cataluña, Galicia— entraron en procesión y se arrodillaron como guardia de honor.

El tercer día
A estas alturas, creo que es justo decir que había dos sentimientos dominantes entre aquellos que habían llegado hasta aquí: (1) gracias a Dios he llegado tan lejos, (2) ¿¿cuánto nos queda para llegar al final?? Al mismo tiempo, descubrí, como le ocurre a la mayoría, que en el tercer día ya se coge ritmo, y los pasos se dan sin tanta dificultad como el primer día.
Nunca había suficiente tiempo para dormir…
Nuestra jornada comenzaba mucho antes del amanecer, con la misa mayor, ya que el obispo —sí, el mismo que nos dio la bienvenida y nos roció con agua bendita— se niega a permitir que los peregrinos celebren la misa tradicional dentro de la basílica de Covadonga, citando Traditionis custodes. Por lo tanto, todas las misas se celebran fuera de las iglesias, de principio a fin, desde Oviedo hasta Covadonga.
Para mí, esto da a la peregrinación un aire de «rebeldes por el bien común», como los vandeanos frente a los revolucionarios parisinos. Nos guste o no, las peregrinaciones tradiciones, con Chartres como estandarte, son eventos contrarrevolucionarios: representan un testimonio firme de la vitalidad y fecundidad del catolicismo tradicional frente a todo el montaje posconciliar, el «nuevo Pentecostés», la «nueva primavera» y toda esa charlatanería. Preferimos ser marginados que viven de tesoros celestiales antes que ser empleados sumisos a los que se da una palmada en la espalda por ser «obedientes» mientras vemos iglesias vacías y diócesis moribundas a nuestro alrededor.
Creo sinceramente que llegará el día en que se agradecerá a los tradicionalistas por haber permanecido obstinadamente fieles; serán aclamados como quienes preservaron celosamente la tradición durante un doloroso episodio de amnesia espiritual por parte de la oficialidad.

Como para confirmar lo que acabo de decir, ya antes del alba decenas de sacerdotes, a pesar de sus músculos adoloridos y la falta de sueño, estaban cumplidamente en sus altares susurrando Te igitur, clementissime Pater… Como si nada ni nadie pudiera contenerlos de lanzarse hacia el Padre, suplicando por el Hijo, por sí mismos y por toda la estirpe de Adán.

Estos sacerdotes están de rojo porque la misa privada era la de los santos Nazario, Celso y Víctor I, mártires, e Inocencio I, confesor —uno de esos curiosos y entrañables conjuntos de santos poco conocidos que ofrece el calendario tridentino. En cambio, en la misa pública los ornamentos eran dorados, ya que se celebró una misa votiva privilegiada de Nuestra Señora de Covadonga, antes de que los peregrinos emprendieran la marcha hacia su santuario.

Me encanta esta foto, donde el cáliz elevado «coincide» con la estatua de la Virgen de Covadonga. Nuestra Señora es como un cáliz, un vaso inmaculado que contiene a Jesucristo y lo ofrece a los hombres. Ella es la Sede de la Sabiduría que nos lo presenta.

Ya era plena luz del día al llegar el Último Evangelio.

¡Y luego, otra vez en marcha, detrás de esos británicos tan patrióticos!

El camino sigue y sigue…

Más caballos.

Cruzando un puente en la villa de Cangas de Onís, que fue la capital de Asturias bajo el rey don Pelayo antes de trasladarse a Oviedo a finales del siglo VIII:
Debo decir que fue muy divertido pasar por una ciudad grande, porque recibimos muchas miradas y sonrisas. Fue un buen testimonio público: no estábamos imponiéndonos, discutiendo ni gritando; simplemente hacíamos nuestra peregrinación, con rosarios y banderas, rumbo a Covadonga. Tuve la sensación de que para muchos fue un espectáculo bienvenido.

Me habían advertido de antemano que la subida final a la basílica sería mortífera, pero, honestamente, no la encontré peor que el resto de la caminata. Si acaso, se activó el efecto de «ver la luz al final del túnel», lo que me dio un nuevo impulso de energía.
¡El primer vistazo de la basílica fue realmente emocionante!

Sólo unas breves palabras sobre la historia de este santuario. El lugar es famoso porque el mencionado rey don Pelayo, ampliamente superado en número por los musulmanetes, se refugió en una cueva, orando sobre qué decisión tomar; entonces se le apareció la Virgen María, diciéndole que debía ir valientemente a la batalla, pues Dios lucharía con él y por él. Don Pelayo se enfrentó a las superiores fuerzas musulmanas y las derrotó rotundamente, marcando (como he dicho) el comienzo de la Reconquista de España. La cueva en cuestión no está muy lejos de la basílica:

Para rendir digno homenaje a la Virgen de Covadonga y conmemorar la victoria del rey don Pelayo, se construyó una impresionante basílica entre 1877 y 1901, de estilo neorrománico:

Su ubicación es realmente espectacular:
Los peregrinos se apiñaron en la explanada, rebosantes de alegría y alivio:

No todos podían caber en la basílica, pero yo logré colarme y encontrar un asiento. La ceremonia de clausura, ya que no podía ser una misa (por desgracia), fue más bien una grandiosa bendición eucarística: primero un sermón sobre Nuestra Señora y una consagración mariana; luego la exposición con el Pange lingua alternando entre canto llano y polifonía; a continuación, la Letanía de Loreto cantada; un Te Deum en acción de gracias, también alternando entre canto llano y polifonía; el Tantum ergo con la bendición (tanto dentro como afuera, para los peregrinos en la explanada); y, para cerrar, un arrebatador himno en español.
Después, todos se dirigieron a la explanada para una última foto de grupo. ¡Fue todo un desafío meter a todos en la imagen! Aquí tenéis una buena muestra. Podéis verme al extremo izquierdo:

Y una foto más de la bonita fachada de la basílica:

¡Gracias, Señor, por esta peregrinación! ¡Gracias, María, Madre nuestra, por velar por vuestros hijos cansados y sedientos! ¡Gracias, don Pelayo, por escuchar a Nuestra Señora e iniciar la Reconquista! Hace falta otro rey como vos … un verdadero «retorno del rey».

¿Están escuchando los mayores?
¿Por qué vamos de peregrinación? ¿Y por qué casi todas las peregrinaciones populares de hoy son tradicionalistas?
No se me ocurre mejor respuesta a estas interrogantes que la que ofrece Rod Dreher, quien escribió hace poco en The Free Press sobre la importancia de la peregrinación de Chartres (y otras parecidas, como la de Covadonga). Esto es lo que dice:
Las razones del discreto resurgimiento del catolicismo entre los jóvenes varían, pero todas se reducen a la búsqueda de sentido, propósito, estabilidad e identidad. Estos nuevos conversos —o «reversos», en el caso de los bautizados que han redescubierto su fe— se sienten atraídos por las formas más antiguas del cristianismo porque estas tradiciones están más arraigadas y son más exigentes que el modelo más laxo y terapéutico del cristianismo contemporáneo. Además, ellos se apoyan mucho más en la liturgia y la belleza para encarnar los principios teológicos … Elementos que han resistido la prueba del tiempo.
La peregrinación a Chartres, por lo tanto, puede interpretarse como una protesta masiva de jóvenes contra la girovaguería, un acto físico y espiritual para rescatar la visión del peregrino frente al modo de vida turístico … Los jóvenes, que por naturaleza son progresistas, no deberían querer recuperar lo que sus mayores han arrojado a la basura; se supone que deberían querer liberarse del lastre del pasado católico. «Creo que son simplemente jóvenes fervorosos que no se ven reflejados en lo que los obispos suelen ofrecerles», dice John Pepino …
El tradicionalismo católico les da a los jóvenes una oportunidad de recuperar aquello que la vida moderna les ha arrebatado. «Muchos dicen que las homilías en parroquias tradicionalistas son más profundas, menos anecdóticas o teatrales que las que han encontrado en otros lugares», explica María-Katrina Cortez. «Para muchos adultos jóvenes que están agotados mentalmente por el mundo moderno, estos lugares representan un espacio de descanso, arraigo, orden y misericordia».
En un artículo que publiqué en noviembre de 2024 en mi Substack, cité la Regla de San Benito, donde él insiste dos veces en que se debe escuchar con atención a los jóvenes en el monasterio, porque Dios a menudo les revela lo que es mejor.
Participar en esta peregrinación me llenó de mucha esperanza y alegría. Pasé unos ocho días en España antes de la peregrinación, y en algún momento durante esos días, le escribí a un amigo:
España es un país precioso, pero siento con más fuerza de lo habitual la melancolía de caminar entre restos de una civilización que en otro tiempo fue grande, cuyos herederos actuales están completamente desconectados de ella (y, en ese sentido, son indignos de ella, e incluso, muchas veces, abiertamente hostiles hacia ella). Me ha hecho reflexionar de nuevo sobre la extraña situación de los Estados Unidos: es un país tan joven que tiene relativamente poca historia de la que hablar, y está bastante «vacío» de contenido, lo que hace que sea mucho más fácil ver a la tradición católica como una poderosa revelación de sentido, como si se escuchara su mensaje por primera vez.
Él respondió:
No lo dudo. Quien se ha iniciado, con mayor o menor éxito, en su propia herencia espiritual y civilizatoria posee una fuente de gozo inmensa; pero al mismo tiempo, debe vivir con el dolor de sentirse extranjero en este mundo moderno, viendo todas sus dolencias entre quienes permanecen ciegos a cada una de ellas. Y no es un sufrimiento menor.
Sin embargo, al unirme a 1.500 peregrinos devotos y fervorosos, la mayoría españoles, me di cuenta de que las brasas de la fe todavía arden en esta parte de Europa. La Cristiandad no está muerta, sólo duerme.

Despertad y oled el incienso
Siguiendo el ejemplo de su hermana mayor, Notre-Dame de Chrétienté, esta peregrinación española está dedicada a «Nuestra Señora de la Cristiandad». ¿Por qué esta advocación?
La Cristiandad no es más que el cristianismo vivido en plenitud y por lo tanto radiante en todos los aspectos de la vida, incluyendo los culturales y políticos. No existe cristianismo serio que no florezca y dé fruto (o que no lo haría se le brindara la oportunidad) en forma de cristiandad.
No desear la restauración de la Cristiandad sería no desear la plena manifestación de Cristo en su creación. Obviamente, la búsqueda de la santidad por parte de cada cristiano es su deber principal, pero al hacerlo beneficia inevitablemente a los demás, y cuando muchos la persiguen juntos, los efectos no son sólo personales sino sociales.
Ahora bien, la restauración de la Cristiandad se realizará principalmente en dos maneras: a través del altar mayor y a través del lecho matrimonial. Si quieres ver renacer la civilización católica, haz uno o varias de las siguientes cosas (algunas son incompatibles entre sí, pero todas son indispensables):
- Cásate y forma una familia numerosa. Educa a tus hijos en casa, con poca tecnología. Ten un huerto o una granja y algunos animales, y/o dedica tiempo al cultivo de las artes, por ejemplo, la poesía, el canto o la danza.
- Hazte sacerdote y ofrece un rito litúrgico tradicional; sé un combatiente activo y celoso en la reconquista de la Iglesia en nombre de la tradición.
- Hazte religioso y que tu vida gire en torno a la ofrenda de alabanzas y súplicas en el Santo Sacrificio de la Misa y el Oficio Divino.
Si suficientes católicos realizaran estas cosas, la Cristiandad empezaría resurgir, aquí y allá, primero en pequeños brotes, como las flores tempranas de la primavera que se abren entre la nieve, y más tarde en extensas zonas de asimilación, como la Reconquista de España.

Reflexiones finales
La peregrinación de Covadonga fue, sin duda, una prueba de resistencia y fortaleza. Tras un par de horas, cada paso se hacía difícil, y hubo momentos en que en los que daban ganas de rendirse, sobre todo con tantas subidas empinadas.
Pero estar con todos los otros peregrinos, cantando, rezando el rosario y charlando largo rato ayudaba a que pasara el tiempo. Uno sencillamente seguía al grupo, como bestias de carga arando los campos. Tenía siempre presente mis tres intenciones particulares para la peregrinación.
Puedo recomendar esta peregrinación sin reservas. Si buscas un paseo agradable, estar cómodo, dormir bien, buena comida y bebida, y todas las comodidades que la gente da por sentadas, mejor busca otra cosa. Pero si lo que deseas es una caminata dura y dolorosa que ofrecer, vivir la camaradería en medio del esfuerzo, un encuentro más profundo con la universalidad de la Iglesia, un testimonio estimulante del celo juvenil por la tradición, entonces ven sin dudarlo a peregrinar por la tierra del Apóstol Santiago y del rey don Pelayo.
¡Gracias por leer y que Dios os bendiga!
ORIGINALMENTE PUBLICADO EN TRADITION & SANITY