Vida de san Basilio (IV)
Anfiloquio de Iconio
CAPÍTULO VIII
Heladio, de feliz recuerdo, que asistió y presenció los milagros que realizó, y que mereció recibir su sede tras la muerte de Basilio, de apostólica memoria, fue hombre ilustre en milagros y adornado de toda virtud. En cierta ocasión, el mencionado Heladio me contó que, queriendo un cierto senador fiel, llamado Proterio, partir a los lugares santos y venerables, y tonsurar ahí a su hija y ponerla en uno de los venerables monasterios, y que deseaba ofrecer a Dios sacrificio, el diablo, que desde el principio es homicida, concibiendo envidia de su religioso propósito, movió a uno de sus siervos y lo encendió en amor de la joven. Este, pues, siendo indigno de tal deseo, como no se atrevía a ponerlo por obra, se dirigió a uno de los detestables hechiceros, prometiéndole que si con sus artes la hacía cambiar de propósito, le daría una gran cantidad de oro. El brujo le respondió:
一Yo, hombre, soy incapaz de hacer esto, pero, si quieres, te puedo mandar junto a mi proveedor, el diablo, y él hará tu voluntad si tú haces la suya.
El siervo contestó:
一Haré todo lo que me diga.
Y el hechicero le preguntó:
一¿Renuncias a Cristo por escrito?
El siervo respondió:
一Sí.
Y el obrador de maldad le dijo:
一Si estás dispuesto a ello, colaboraré contigo.
El siervo respondió:
一Estoy dispuesto, con tal de que alcance mi deseo.
Y, escrita la carta, el ministro de la peor de las acciones escribió una nota al diablo como destinatario de la carta, que decía:
«Puesto que es necesario que, en favor de mi señor y proveedor, me esfuerce en apartar a los cristianos de su religión y en procurar que se unan a tu sociedad para que tu porción resulte colmada, te envío a este hombre, herido por el deseo de una joven, como portador de mi carta, rogándote que pueda alcanzar su deseo, a fin de que pueda gloriarme de ello y de que, con mayor denuedo, pueda conseguirte personas que te amen».
El hechicero, al darle la carta, le dijo:
一Sal a tal hora de la noche, ponte encima de la tumba de algún pagano, y levanta la carta en el aire, y se presentarán los que deben llevarte hasta el diablo.
El siervo, habiendo hecho todo esto con suma diligencia, pronunció una desdichadísima serie de palabras invocando al diablo y, de inmediato, se presentaron delante de él los príncipes del poder de las tinieblas, los espíritus de iniquidad1, los cuales, cogiendo al que había sido engañado, lo llevaron con gran gozo a donde estaba el diablo, que apareció sentado sobre excelso solio, y rodeado de espíritus de iniquidad. El diablo, recibiendo la carta del hechicero, le preguntó a aquel infeliz:
一¿Crees en mí?
Él contestó:
一Creo.
El diablo le dijo:
一Vosotros, los cristianos, sois unos traidores, pues, cuando me necesitáis, venís a mí y, cuando conseguís lo que buscabais, renegáis de mí y os volvéis a vuestro Cristo, que, como es bueno y misericordioso, os acoge. Pero hazme por escrito voluntaria renuncia de tu Cristo y del santo bautismo, que será una promesa voluntaria, valedera por todos los siglos, de que estarás conmigo en el día del juicio para gozar en mi compañía de los eternos suplicios que me están preparados.
Y él le mostró lo que había escrito con propia mano, como se le había pedido. Al punto, aquel dragón corruptor de las almas mandó a los demonios encargados de incitar a la fornicación para que hiciesen arder a la chica en amor del chico. En efecto, la joven se echó al suelo y comenzó a gritar a su padre:
一Ten misericordia de mí, ten misericordia, porque me hallo atrozmente atormentada a causa del tal siervo nuestro. Compadécete de tus entrañas y muéstrame a mí, tu hija única, tu paternal afecto, y cásame con el joven que he elegido. Por el contrario, si no quieres hacerlo, me verás dentro de poco muerta de amarga muerte, y darás cuenta a Dios por mí en el día del juicio.
Y el padre decía con lágrimas:
一¡Ay de mí, pecador! ¿Qué es lo que le ha pasado a mi hija? ¿Quién me ha robado mi tesoro? ¿Quién ha hecho daño a mi hija? ¿Quién ha extinguido la dulce luz de mis ojos? Yo siempre quise desposarte con el celestial esposo, Cristo, y hacerte partícipe de la multitud de los ángeles, y me afanaba en cantar a Dios salmos e himnos y cánticos espirituales, mas tú enloqueciste en la lascivia del desenfreno. Déjame, como quiero, hacer contrato con Dios, y no lleves mi ancianidad con tristeza al infierno, ni cubras de confusión la nobleza de tus padres.
Ella, por su parte, sin tener en cuenta en nada lo que su padre le decía, seguía gritando:
一Padre mío, cumple mi deseo o dentro de poco me verás muerta.
El padre, pues, quedó muy fuera de sí y, absorbido por tan gran tristeza, siguió los consejos de sus amigos, que le aconsejaron que era mejor cumplir la voluntad de la joven que ver cómo se mataba con sus propias manos, y así, consintió, ordenando que se pusiese por obra el deseo de la joven, pues no quería verla entregada a una muerte tan criminal. Poco después, citó al chico de que se trataba y a su propia hija y, dándoles todos sus bienes, dijo:
一Salve, hija verdaderamente miserable. Mucho te lamentarás arrepintiéndote en tus postrimerías, cuando nada te aprovechará.
Así pues, de esta manera se pudo realizar la unión del nefando matrimonio, ya que el crimen había logrado su efecto por obra del mismo diablo. Poco después, algunos empezaron a darse cuenta de que el chico no iba a la iglesia ni recibía los sacramentos inmortales y vivificantes, y dijeron a su miserable esposa:
一Has de saber que el marido que te has elegido no es cristiano, sino extraño y completamente ajeno a la fe.
Ella, invadida de tinieblas, y herida de tan profunda llaga, se echó al suelo y empezó a rasgarse con sus uñas, a golpearse el pecho y a gritar:
一Jamás nadie desobediente a sus padres se ha salvado. ¿Quién anunciará a mi padre mi confusión? ¡Ay de mí, infeliz! ¡A qué profundidad de perdición he descendido! ¿Por qué nací? ¿Por qué no fui arrebatada en cuanto nací?
Y, descubriéndola su marido así llorando, se acercó a ella, asegurándole que no era verdad, y ella se consoló con sus persuasivas palabras, y le dijo:
一Si quieres que quede en paz y dar certeza a mi infeliz alma, mañana yo y tú iremos juntos a la iglesia, y ante mí recibirás los inmaculados misterios, y así podrás hacer que quede en paz.
Entonces, entre la espada y la pared, le descubrió las condiciones del pacto que había hecho. Al instante, la joven, dejando atrás la fragilidad femenina, tomó una buena decisión, y corrió junto al pastor y discípulo de Cristo Basilio, clamando contra una impiedad tan grande:
一Muéstrame misericordia, santo de Dios, que soy una miserable; apiádate de mí, discípulo del Señor, que he hecho un pacto con los demonios. Apiádate de mí, que me hice desobediente a mi propio padre.
Y le dio a conocer el asunto de lo que había pasado. Por su parte, el santo de Dios, llamando al chico, le preguntó si esto era así, el cual dijo al santo con lágrimas:
一Así es, santo de Dios, pues, si yo callase, gritarían mis obras.
Y le relató la maligna operación del diablo, y cómo la había seguido desde el principio hasta el fin. Entonces le dijo:
一¿Quieres convertirte al Señor nuestro Dios?
Él respondió:
一Quiero, pero no puedo.
Basilio le preguntó:
一¿Por qué?
Él contestó:
一Renuncié a Cristo por escrito e hice un pacto con el diablo.
Y le dice el santo:
一No te preocupes, nuestro Dios es benigno, y te acogerá si haces penitencia, pues es más benigno que malas son nuestras maldades.
Y, echándose la chica a sus pies, le rogaba al modo evangélico, diciendo:
一Discípulo de Cristo nuestro Dios, si puedes, ayúdanos.
Y le dice el santo al chico:
一¿Crees que puedes salvarte?
Y él respondió:
一Creo, Señor; ayuda mi incredulidad2.
Y, tomando al instante su mano, y haciendo sobre él la señal de Cristo y una plegaria, lo metió en el lugar en que se guardan los ornamentos sagrados, y, dándole una regla, siguió orando por él durante tres días, transcurridos los cuales, lo visitó y le preguntó:
一¿Cómo te encuentras, hijo?
El joven le respondió:
一Me hallo, señor, en gran desfallecimiento. Santo de Dios, no soporto los gritos, los terrores, sus dardos y piedras. Sosteniendo con sus manos el escrito de mi puño y letra, me arguyen, diciendo: «Tú viniste a nosotros, no nosotros a ti».
El santo le dijo:
一No temas, hijo mío, tan solo cree.
Y, dándole un poco de comida, y haciendo sobre él de nuevo la señal de Cristo y una oración, lo encerró, y después de pocos días, lo visitó y le dijo:
一¿Cómo te encuentras, hijo?
Y él respondió:
一Padre santo, oigo de lejos sus gritos y amenazas, pero no los veo.
Y dándole comida de nuevo y, pronunciada la oración, cerró la puerta y se marchó. Por fin, a los cuarenta días volvió a él y le preguntó:
一¿Cómo te encuentras, hermano?
Y le respondió:
一Bien, santo de Dios, te vi hoy en sueños luchando por mí y venciendo al diablo.
Otra vez, haciendo oración según su costumbre, lo sacó de allí y lo llevó a su casa. Por la mañana, convocando al venerable clero, a los monjes, y a todo el pueblo amado de Cristo, les dijo:
一Hijos míos queridos, demos todos gracias al Señor, pues va a suceder que el pastor bueno ponga sobre sus hombros a la oveja perdida3 y la reconduzca a la Iglesia, y es necesario que pasemos la noche en vela y que roguemos a su voluntad para que no venza el corruptor de las almas.
Lo cual realizado, y reunido con prontitud el pueblo, rogaron toda la noche con su buen pastor a Dios, clamando por él con lágrimas: «Kyrie, eleison». Ya de mañana, en presencia de toda la multitud del pueblo, tomó el santo al chico y, teniendo su mano derecha, lo condujo a la santa iglesia de Dios con salmos e himnos. Pero el diablo, siempre envidioso de nuestra vida, como no podía verlo sin tristeza, se presentó con todo su pernicioso poderío y, tomándolo invisiblemente, quiso arrebatar al chico de mano del santo, y el chico empezó a gritar: «Santo de Dios, ayúdame». Su insistencia era tan desvergonzada que llegaba a empujar y a tirar al suelo al mismo egregio Basilio junto con el joven. Por su parte, el santo, volviéndose al diablo, lo increpó:
一Sinvergüenza, violador de las almas, padre de las tinieblas y de la perdición, ¿no te basta con tu perdición, que has adquirido para ti y para los que están bajo tu mando, sino que ni así puedes parar, poniéndote a tentar a quien mi Dios modeló del barro?
Mas el diablo le respondió:
一Me haces daño, Basilio.
Al punto que muchos oyeron sus gritos. Pero el santo de Dios le dijo:
一Te increpa el Señor4, diablo.
Y él decía:
一Basilio, me haces daño. No fui yo a él, sino que él vino a mí renunciando a Cristo, y ha pactado conmigo bajo promesa, y lo tengo por escrito, y el día del juicio lo traeré ante el juez común.
Y dijo el santo del Señor:
一Bendito el Señor mi Dios, que no bajará este pueblo sus manos, que tiene elevadas hacia lo alto del cielo, hasta que devuelves el escrito. 一Y volviéndose, dijo al pueblo一 Levantad vuestras manos al cielo, gritando todos con lágrimas: Kyrie, eleison.
Y, como estuviese el pueblo por mucho tiempo con las manos levantadas hacia el cielo, apareció el escrito del chico por el aire, y todos lo vieron cuando llegó, y se posó en las manos de nuestro egregio padre y pastor Basilio. Una vez recibido, dio gracias a Dios y se alegró muchísimo junto con todo el pueblo, y dijo al chico:
一¿Reconoces esta letra, hermano?
Y él respondió:
一Sí, santo de Dios, es escritura de mi propia mano.
Y, rompiendo el papel, lo introdujo en la iglesia, y fue hallado digno de asistir a la Santa Misa y participar de los sagrados misterios y dones de Cristo y, al recibirlos, alegró a todo el pueblo. El joven recibió guía e instrucción, y Basilio, tras darle una regla de acuerdo con sus circunstancias, lo entregó a su esposa mientras glorificaba y alababa a Dios sin cesar. Amén.
1 Ef 6.
2 Mc 9.
3 Lc 15.
4 Jud.
PUBLICADO EN EL BOLETÍN «LAUDATE» Nº40 – ENERO 2025