La Obra de F. Yáñez De Almedina «Cristo Presenta A La Virgen Los Redimidos Del Limbo»
D. Francisco José Alegría Ruiz, Pbro. Canónigo de la Catedral de Murcia
Fernando Yáñez de Almedina se cuenta entre los principales pintores del Renacimiento de la primera mitad del siglo XVI en España y, junto con Hernando de Llanos, trabajó fundamentalmente en ciudades como Valencia y Cuenca. Conocedor del estilo de Leonardo Davinci, a quien posiblemente conociera en una estancia en Italia, trabajó interesantes composiciones en las que la figura humana adquiere la centralidad propia del humanismo artístico, con escenas de relajada y equilibrada composición.
El asunto de la tabla del Prado, Cristo presentando a la Virgen los redimidos del limbo, no se recoge en los evangelios, teniendo su fuente de inspiración, no obstante, en la piedad cristiana que daba por descontado que la primera aparición del Resucitado fue a su Madre. Algunos autores, como San Ambrosio de Milán, habían tratado el tema, siendo en el ámbito español sor Isabel de Villena, religiosa clarisa valenciana, quien a finales del siglo XV lo relatara pormenorizadamente en su Vita Christi, texto que sin duda conoció el pintor y le sirvió de inspiración para su obra. Semejante tradición, fuertemente asentada, contaba incluso con la veneración del emplazamiento donde sucedió el hecho, transformado en Capilla de la Aparición de la misma Basílica jerosolimitana del Santo Sepulcro.
Composiciones como la de Fernando Yáñez muestran el esfuerzo de artistas y comitentes por dar sentido teológico a la escena representada. Es interesante advertir cómo la postura de la Santísima Virgen y su relación con la de Cristo, remite a la consolidada iconografía de la Anunciación. María de rodillas aparece meditando, no ya en el libro con la que se la representa en el hogar de Nazaret, sino ahora en los dolores de la pasión, cifrados en la corona de espinas. Y al igual que fue sorprendida por el Arcángel San Gabriel para ser la primera en recibir la buena noticia de la Encarnación del Verbo, recibe ahora la visita de su mismo Hijo también para recibir, la primera, la alegría de la Resurrección.
Cristo porta el lábaro con la cruz y deja ver no sólo las heridas de manos, pies y costado, sino las marcas de las espinas de la corona sobre su frente. Pero lo más interesante de la iconografía es el numeroso grupo de santos, que rescatados del limbo son presentados a María antes de ser llevados al cielo tras Cristo. Adán y Eva se arrodillan ante la Madre de Dios, quien como nueva Eva viste los mismos colores que la madre de los vivientes. Se establece así una evidente comparación, también insinuada entre Cristo, nuevo Adán y el primer Adán, quienes cubren de semejante modo su desnudez y posicionan de igual manera el brazo. Otros padres del Antiguo Testamento rodean la figura de San Dimas, quien abraza la cruz como atributo que lo distingue como quien compartió el mismo desenlace de Cristo pero supo arrepentirse a tiempo.
PUBLICADO EN EL BOLETÍN «LAUDATE» Nº55 – ABRIL 2026