VIDA DE SAN BASILIO (I)
Anfiloquio de Iconio
Prólogo del autor
Carísimos, no es inconveniente, sino justo, que los hijos devotos se entristezcan de la muerte de su padre y le ofrezcan los obsequios de sus lágrimas, lo que hasta ahora hemos hecho llenos de compasión. Mas, una vez despojados del luto, según lo que está escrito, nos dispusimos a elevar al Señor de todas las cosas, Cristo nuestro Dios, una plegaria de acción de gracias. Así pues, considero ser obra de valor que se hayan puesto por escrito tanto la memorable vida como los milagros de nuestro pastor y maestro Basilio, a fin de que no caigan en profundo olvido por el largo transcurso del tiempo.
Presentando a tan brillante hombre los tres santísimos y egregios varones Gregorio, que fue esclarecido en teología, y el memorable Gregorio, obispo de la ciudad de Nisa, y el bienaventurado Efrén, y otros igualmente en sus discursos de epitafio, también la grandeza de su figura se hizo presente ante mí, como a un aborto, para usar las palabras del Apóstol, al tomar entre las manos las narraciones que elaboraron ambos varones admirables, procurando suplir lo que les parecía faltar, a la manera de un hijo que presenta a su padre lo que le debe, recibiendo de arriba algún conocimiento cierto, como puede pensarse. Pues llegó la nube a esconder el sol, y el lento discurrir de las buenas narraciones con frecuencia da paso al olvido.
Grande, en efecto, fue nuestro pastor Basilio, y célebre en todo el mundo, predicador junto a las virtudes celestiales, servidor junto a los órdenes de los ángeles, doctor de la Iglesia digno de alabanza, columna incorrupta de los dogmas ortodoxos, que explicó con profundidad la naturaleza de lo que existe, que depuso al pérfido Juliano, apóstata de la Trinidad, que tapó la blasfema boca de Valente, que echó por tierra el pérfido error de los arrianos, que afianzó con claridad la recta creencia de los cristianos. Pastor amado del pueblo de la Iglesia, partícipe del sacerdocio real, revestido de la verdad de Cristo, carnero de las ovejas, ínclito maestro de la fe divina, que en vida y tras su muerte brilló con grandes milagros; que, como se ha dicho, preparó con su oración la muerte de Juliano, odioso a Dios, el cual se levantaba como cuerno erguido y hablaba contra Dios la maldad. Mientras Valente tomaba, indigno, la púrpura imperial, y prestaba su apoyo a la inicua doctrina de los arrianos, vino a la ilustre ciudad del César, que se halla cerca de nosotros. Pero de qué modo o por qué causa no nos toca narrarlo al presente. Regresemos más bien a nuestro propósito, narrando las virtudes que tuvo desde su nacimiento hasta su muerte.
CAPÍTULO I
Basilio fue el único que sobre la faz la tierra mostró igualdad de ánimo, una vida adornada por las obras e ilustrada por las palabras de la divina sabiduría, dando a Cristo todo lo que tenía: alma, cuerpo y las palmas de sus palabras, con las cuales despedazó el error de los gentiles como se hace con telas de araña. A los siete años, sus padres lo dedicaron al estudio de las letras. Estudió Matemáticas durante cinco años y dio mucho fruto en el aprendizaje de la filosofía por la mansedumbre de su carácter. Después, abandonando su patria, pues era capadocio, se dirigió a la madre de los discursos, esto es, a Atenas. Adornado de decencia, continencia y castidad, se hizo discípulo de un sabio maestro griego llamado Eubulo, y se entregó de tal manera al estudio, que tanto los maestros como sus condiscípulos lo imitaban. Colaboraban con él el gran Gregorio, obispo de Nacianzo, que dirigió doce años el timón del trono apostólico; Juliano, que fue cristiano por poco tiempo; y Libanio. Este varón admirable propuso en su corazón no tomar pan ni vino hasta que, por dispensación de lo alto, penetrase los misterios de la sabiduría. Pasados quince años en estos estudios, y habiéndose adentrado en toda la filosofía de los paganos, se puso al final a estudiar astronomía, geometría, y otras cosas buenas; pero, como no era capaz de encontrar por ellas al Creador de todo, cierta noche, estando él en vela, se le infundió una luz divina para que estudiase, paso a paso, todas las Escrituras de nuestra religión.
Así pues, poniéndose en camino, se fue a Egipto, y acercándose a un cierto archimandrita llamado Porfirio, le pidió que le diese los libros sagrados para que pudiese conocer los dogmas divinos y, habiéndolo obtenido, se quedó allí, entregándose a la meditación de la palabra de Dios, alimentándose de agua y yerbas. Habiendo vivido un año allí y meditado con fe la palabra de la verdad, perseveró escrutando esta palabra, mas pidió que le dejasen ir a Jerusalén para poder contemplar los prodigios que custodia, lo cual le permitieron.
CAPÍTULO II
Volviendo él a donde se había instruido en la filosofía de los griegos, comenzó a persuadir a muchos filósofos y a mostrar a Cristo a multitud de gentiles, presentándoles el camino de la salvación. Buscaba a su maestro Eubulo (que era maestro de la palabra) entre el barullo de las aulas, en las que había sido instruido por él, para atraerlo e inclinarlo a la fe inmaculada, para que corriese, como él, rectamente hacia ella. Este enseñaba a todos los que aprendían filosofía, que lo seguían como maestro. Buscándolo, pues, por todas las escuelas, lo encontró afuera con los filósofos. No les importaba otra cosa que decir o escuchar algo nuevo. Mientras disputaba, lo reprendió Basilio, y uno de los que estaba con ellos le dijo:
一«¿Quién te reprende, oh filósofo?».
Y él respondió:
一«O Dios o Basilio».
Reconociéndolo, pues, dejó a todos los que estaban con él y se fue con Basilio y, permaneciendo ayunos tres días, se proponían cuestiones uno al otro. Le preguntó, pues, Eubulo a Basilio:
一«¿Cuál es la definición de filosofía, Basilio?».
Y respondió:
一«La primera definición de filosofía es meditación de la muerte».
Admirándose él, le dijo:
一«¿Quién es puro?».
Y le respondió:
一«Quien está por encima del mundo, pues dulces son las palabras del mundo, pero el mundo es muy amargo si alguno lo posee viciosamente. Uno es el placer del cuerpo y otro, el de la natura incorpórea, y consta ser imposible que ambos se den en la misma persona, pues nadie puede servir a dos señores[1]. Pero, en cuanto podemos, partimos a los hambrientos el pan de la ciencia y, a los que por la malicia de algunos viven sin techo, por virtud los cobijamos bajo techo. Si vemos a algún desnudo, lo vestimos, y no despreciamos a los criados de la familia».
Y tras decir esto, presentando a su imaginación a modo de comparación la misericordia de nuestro Salvador, que obra en nosotros por la penitencia le presenta sensiblemente tres tablas en las ventanas de la mente: una que trae virtudes en la parte de arriba, a saber, la prudencia, la fortaleza, la templanza y la justicia. En la parte izquierda, la seducción. Y, aquí y allá, la intemperancia, la profanación, la verbosidad, el engatusamiento, y un enjambre de males de este estilo. La penitencia, por su parte, se mostraba decentemente intrépida, alegre, suave, totalmente contraria a sus adversarios, pero pidiendo para el pueblo todo bien. Igualmente, junto a esta estaban la abstinencia, la sagacidad, la clemencia, la pudicicia, el pudor, la humanidad y una multitud de muchos bienes. Basilio intervino:
一«El sentido de esta composición amonesta a los que la ven y ofrece ocasión de mayor celo a los que la oyen. Viéndola también, oh Eubulo, me he deleitado, y a ella fui conducido, pues dentro de nosotros no son las imágenes ni los enigmas, sino la misma verdad la que nos conduce claramente a la salvación. Resucitaremos, en verdad, todos, unos para la vida eterna, otros para oprobio y confusión perpetua, y asistiremos ante el tribunal de Cristo[2], como nos enseñan las sentencias de los profetas Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, el rey David y el egregio Pablo, y, tras estos, el mismo Señor, dador y remunerador del arrepentimiento, que buscó la oveja perdida[3], que abrazó de corazón al hijo que se había alejado con muchas riquezas del regazo de su padre y que había regresado, tras gastarlas viviendo disolutamente, torturado por el hambre. A este lo revistió con una túnica brillante, con un anillo y ropas preciosas, y, así, nos persuade a no encarnizarnos de ninguna manera con su hijo pecador, sino a perdonarle como a hermano[4]. Así, el Señor, que sobresale en bondad, da, sin desagrado, igual recompensa a los que llegaron sobre las cinco de la tarde[5] que a los otros. Él mismo también nos dará a nosotros, una vez que hayamos vuelto sobre nosotros mismos y nos hayamos arrepentido, la regeneración del agua y del Espíritu Santo, pues ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni sube al corazón del hombre lo que preparó Dios para los que lo aman[6]».
Entendiendo el sentido de esto, dijo Eubulo:
一«Oh Basilio, predicador de la Trinidad celeste, por ti creo en un solo Dios Padre omnipotente, y todo lo demás, esperando la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro, amén. Con una obra te mostraré la fe que hay en mí, pues, entregando a tus manos todo lo que tengo, estaré contigo el resto que me queda de vida, si es agradable a los ojos de Dios, tras recibir la santa regeneración del agua y del Espíritu».
Le dijo Basilio:
一«Bendito sea el Señor, Dios nuestro, desde ahora y por todos los siglos, oh Eubulo, que iluminó tu mente con la luz verdadera, y te llevó del error de muchos dioses al reconocimiento de su misericordia. Y si, como has dicho, quieres permanecer conmigo, te mostraré cómo proveeremos a nuestra salvación liberándonos de las ataduras de este mundo. Vendamos todo lo que tenemos y démoslo a los necesitados y, en fin, dirijámonos a la ciudad santa, observando por nosotros mismos allí los milagros que se realizaron, adquiriendo confianza ante Dios».
Así pues, tras repartir ambos misericordiosamente sus bienes entre los pobres, habiendo comprado únicamente los vestidos que se suelen preparar para el santo bautismo, se dirigieron a Jerusalén, convirtiendo al Señor abundante multitud de gentiles.
[1] Mt 6.
[2] 2 Cor 5.
[3] Mt 18.
[4] Lc 14.
[5] Mt 20.
[6] 1 Cor 2.
PUBLICADO EN EL BOLETÍN «LAUDATE» Nº52 – ENERO 2026