Viernes de papas sabor jamón (II): La abstinencia

D. Víctor Asensi Ortega, Capítulo Nuestra Señora de los Desamparados

El triunfo del sacramento de la Eucaristía, Francisco de Herrera «El Mozo», 1656. Extraído de la web de la catedral de Sevilla.

En el anterior artículo definimos el sacrificio como la «oblación de algo que pierde su uso profano original para dedicarse exclusivamente a Dios». En este sentido, se dice, por ejemplo, que sacrificamos un espacio y un tiempo concreto (el templo y el domingo) para dedicarlo al culto divino. Así entendido, el sacrificio es un acto presente en toda religión.

Esto es así porque el hombre reconoce una ley superior a él, e intenta congraciarse con ella por medio del sacrificio. Pero también vimos que nosotros, los cristianos, no necesitamos adivinar cómo deben ser los sacrificios válidos para Dios: el mismo Dios nos lo revela.

Y es que, en un acto de infinito amor, fue el mismo Dios el que se sacrificó de una vez y para siempre por el género humano. Ante tan venerable misterio, no puede añadirse en justicia ningún otro sacrificio de ninguna clase. Pero, como hemos dicho, la ley natural exige sacrificio, así que el renacer en Cristo, que es completitud sobreabundante de la naturaleza, no destruirá una parte del hombre, sino que la elevará.

Además, esta elevación consiste en la posibilidad de actualizar el sacrificio de Cristo en el altar de la Santa Misa; y, junto a él, presentar también nuestros sacrificios, que Cristo en su infinita bondad acoge y valora, para que sean verdaderamente efectivos (pues de suyo no lo son). El sacrificio de Cristo captura las dos realidades del sacrificio expiatorio: Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, toma posesión de toda la creación y se le entrega al Padre, y, además, se entrega a Él mismo en la cruz para expiar los pecados de los hombres.

Es decir, como el mismo Dios Hijo le entrega a Dios Padre toda la creación, ¿qué le podemos dar nosotros, criaturas, a Dios? Nada. Pero Cristo nos da una vida nueva en el espíritu, nos hace con Él hijos del Padre y nos da la posibilidad de sumarnos a esa entrega, en virtud de su propio sacrificio. Como ya prefiguran los salmos, y no en vano repite el sacerdote en la comunión: «¿Qué devolveré al Señor por todo lo que me ha dado? Beberé la bebida de la salvación e invocaré su Nombre»1.

Este es el marco del que debemos partir para entender el sacrificio cristiano. Aunque Cristo haya cumplido ya el sacrificio perfecto ante el Padre, nosotros seguimos necesitando tributar a Dios sacrificios por la virtud natural de la religión. Pero, por todo lo comentado, la materia del sacrificio es vaga y de difícil concreción, pues al mismo tiempo que todo nos es lícito, no todo nos conviene.

Visto así, tenemos delante una carga aparentemente muy pesada. ¿Cómo podría uno mismo decidir cuánta penitencia debe hacer? ¿Un día de ayuno testimonial al año, porque Cristo ya lo cumplió todo por mí? ¿O trescientos sesenta y cinco al año, porque peco cada día y soy indigno de Él? Por eso decimos que la fe cristiana exige la conciencia formada. No es un añadido optativo, no es algo que «viene bien tener por si acaso el resto falla»; al contrario: «La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo»2.

Efectivamente, esta es una realidad estremecedora. Pero el Señor no nos dejó solos, y una vez más nos presta la ayuda de su Iglesia, que verdaderamente actúa con amor de madre cuando concreta esta materia vaga con la fijación de los preceptos, haciendo esta carga ligera y cumpliendo así con las palabras de Cristo.

Lógicamente, como la Iglesia está marcando el sacrificio mínimo que se le debe a Dios por religión, está claro que hacer menos que eso llevaría a pecado. Por este motivo, no sería justo imponer cargas inconvenientes que llevaran a todos sus hijos al pecado. Pero, además, como los hijos de Dios gozamos de la libertad comprada por Cristo, tampoco sería propio que la Iglesia cargara un yugo rígido y pesado. Igualmente, claro está, esta legislación eclesial no exime de la necesidad (reitero, no optativa) de formar la propia conciencia.

Adentrémonos, entonces, en la abstinencia de carne. Esta es una de las concreciones de la Iglesia sobre qué penitencia debemos hacer todos los cristianos, y está mandada hoy en día para todos los viernes del año, aunque conmutable por otro sacrificio (excepto los viernes de Cuaresma), así como para el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo3. Como hemos visto, esto no es una sugerencia, sino la concreción de una obligación de ley natural.

Sin embargo, ¿qué pasa con todas las posibles concreciones de esta norma? ¿Qué pasa con las papas sabor jamón? La Iglesia provee esta legislación deliberadamente vaga, de forma que siga dejando espacio a la conciencia. Sin duda, si los cristianos pensáramos que la carne tiene algo de malo en sí, entonces la carne sería treif y las papas sabor jamón tendrían su pegatina kosher. Sería más fácil, pero esto no es la realidad (la carne es solo carne) ni es la justicia a la que nos llama Cristo. Él nos quiere reyes y sacerdotes, quiere que todo lo poseamos y todo lo podamos ofrecer.

Aun así, la Iglesia da directrices útiles si los fieles necesitan guía, o corrige errores muy patentes, todo con tal de que se cumpla el sentido de la abstinencia: el sacrificio. Estas recomendaciones, cuando son públicas, pueden ser útiles para guiar la conciencia del fiel. En el caso de las papas, no me consta ningún pronunciamiento, pero sí en muchas ocasiones se ha hablado de saborizantes: en general, se considera que no rompen la abstinencia si no se consume la carne en sí4. Las papas, por cierto, por lo general, ni siquiera llevan saborizantes derivados de la carne, de hecho, no suelen llevar nada de carne, y a veces sí llevan pegatinas del estilo «vegetarianas».

No obstante, muchos buenos católicos sospechan de las papas, ¿por qué? Efectivamente, aun sabiendo que no llevan carne, hay algo que se siente como una traición, como si se estuviera «circunvalando la norma» para poder comer carne. En realidad, esto podría ser un instinto muy católico: pues da primacía a la intención del corazón sobre la materialidad de la carne. Para juzgar rectamente, parece que es necesario preguntarse qué es lo que pasa con la carne para que nos tengamos que abstener de ella.

La verdad es que recorrer la Historia y el sentido de la abstinencia no es una materia trivial. Pero, brevemente, podemos decir que uno de los motivos por los que la carne aparece tantas veces como principal objeto de las restricciones alimentarias, incluso en otras religiones, es probablemente porque es (o era) el principal pilar de la alimentación.

Durante siglos se consideraba que la carne era lo que más alimentaba. En cierto sentido, no es mala intuición: si el hombre cría y alimenta un mamífero de forma que crece sano, se entiende que ha incorporado todos los nutrientes necesarios para hacerlo, y dado que yo necesitaré una composición similar de nutrientes (por ser similar al mamífero) al consumir al mamífero consumiré esos nutrientes. Abstenerse de la carne significaba el mayor sacrificio alimenticio posible.

A esto se le han sumado muchas razones accidentales a lo largo de los siglos. Algunos Padres de la Iglesia lo han relacionado con la restauración de la justicia original del Edén, donde el hombre no habría consumido carne. Y no son pocas las veces que los santos han recomendado dar como limosna lo que se ahorra con el ayuno o la abstinencia. Y no, aunque se oiga mucho hoy en día, este nunca fue el motivo principal por el que la abstinencia es de carne. Quizá la carne era un lujo para las masas desposeídas de los dos últimos siglos, pero durante la mayor parte de la cristiandad fue un alimento cotidiano.

Durante la Edad Media, se entendía que consumir carne y sangre aumentaba dicho humor (la sangre) y el calor vital, cuyo excedente se redirigía a la creación de materia seminal que, en última instancia, despertaba la lujuria. Esta es la explicación que santo Tomás da en la Suma5. Bajo esta teoría, la carne sí tendría algo evitable por sí misma. Si de verdad la carne despertara la lujuria, esto sería un dato que la recta conciencia tendría que tener en cuenta siempre, y que haría el hecho de comer carne algo más sospechoso.

Con el desfase de la medicina galénica, la Iglesia abandonó estas explicaciones. Durante el barroco, las explicaciones se centraron mucho más en el tema jurídico y en la pesadez que provocaban los alimentos cárnicos. También es importante mencionar que debido a la bula de cruzada, que dispensaba de la abstinencia de carne y era muy popular, la práctica de abstinencia en España no tuvo tanta fuerza6.

El otro gran motivo para abstenerse de la carne era el carácter sacrificial, en su segunda acepción. Sacrificar un animal también significa matarlo para consumirlo. En realidad, no es casualidad que esta palabra también signifique esto, pues ambas acepciones están muy relacionadas. El hombre no es un sistema aislado que simplemente consume carne y se alimenta. Como es un ser religioso, cuando consume lo que él considera su primer alimento, da gracias a Dios. Por eso, no es raro que los sacrificios animales sean rituales y sean, también, ofrecidos a Dios.

Por ejemplo, para el pueblo de Israel la sangre era la vida del animal, y, como la vida le pertenecía a Dios, la sangre de un animal no se podía consumir7. Es por esto que para sacrificar animales había que degollarlos (que es, por cierto, el mismo ritual que convierte la carne de cordero en halal, pues los musulmanes siguen adhiriéndose a esta creencia veterotestamentaria). Además, el kashrut prohibía alimentarse de animales «anómalos», pues no se consideraban dignos, como los animales acuáticos sin escamas, aletas o que no nadaran (pulpo, langostas…), terrestres que tuvieran pezuña partida o no rumiaran (cerdo, camello…) o aves que comieran carne o sangre (águila, buitre…).

Los pueblos paganos, por su parte, no tenían grandes restricciones alimentarias. Ciertamente existían. Por ejemplo, en el culto a Isis (muy popular en Roma) se abstenían de la carne durante las vigilias, pero una norma fija como «el cerdo es impuro» era mirada con extrañeza por los paganos. Sin embargo, sí tenían también un sacrificio ritual de los animales. Por lo general, la grasa y los huesos se quemaban y se ofrecían a los dioses, mientras que la carne se consumía y se vendía en los mercados (que era el grueso de la carne que se comerciaba).

En los primeros años de la Iglesia, esto supuso cierto conflicto. Ya vimos en el artículo anterior que desde la visión de san Pedro, unos años después de la Ascensión, la Iglesia aceptó la consumición de todos los animales. Aun así, durante los siguientes años, surgió este debate que estamos tratando hoy: ¿Qué preceptos sacrificiales de la ley antigua deben seguir manteniéndose? Durante estas décadas, san Pablo ya había dejado muy claro que es Cristo, y no la ley antigua, la que salva. Pero, a pesar de ello, era necesario mantener una serie de normas respecto al sacrificio. El conflicto vino porque los judíos conversos querían mantener las normas de la antigua ley, y los paganos conversos no las cumplían.

La disputa se cerró en torno al año 50 en el concilio de Jerusalén. Ahí, san Pedro demostró ya que la Iglesia no debía imponer cargas pesadas a sus hijos, como era la ley mosaica: «¿Por qué tentáis a Dios poniendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido soportar?» (Hch 10, 15).

Santiago, de acuerdo con Pedro, propuso que se redujeran las normas a las mínimas necesarias para garantizar la convivencia, y así se escribió en los decretos del concilio a los paganos conversos: «Porque ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros otra carga fuera de estas necesarias: que os abstengáis de manjares ofrecidos a los ídolos, de la sangre, de lo ahogado y de la fornicación; guardándoos de lo cual os irá bien. Adiós» (Hch 10, 28-29).

Como vemos, la Iglesia decide mantener la prohibición sobre el consumo de sangre y los animales sofocados (en contraposición a los degollados), así como la carne sacrificada a los ídolos. Sin embargo, incluso estos decretos dados por los apóstoles directos de Nuestro Señor, no se aplicaron ciegamente sin atender a la realidad de las cosas, como entenderemos más adelante.

Unos cuatro o cinco años después, san Pablo escribe la primera carta a los Corintios, en la que dedica dos capítulos (el 8 y el 10) a explicar el tema de la carne sacrificada a los ídolos. En Corinto, una bulliciosa metrópoli griega, toda o casi toda la carne había sido sacrificada a los ídolos, y el concilio había prohibido comer esa carne. Pero san Pablo no se limita a recordarles que no pueden comerla.Al contrario, les recuerda que todo lo que hay en la tierra les pertenece, que los ídolos son falsos, y que pueden (ex ante) comer esa carne. Eso sí, les impone que no deben aprovecharse de esa libertad para ser imprudentes. Él nota que hay conversos que se escandalizan por comer la carne de los ídolos, o por ver a sus hermanos comerla. Los que escandalizan, «contra Cristo pecáis» y «si el manjar escandaliza a mi hermano, no comeré yo carne nunca jamás» (1 Cor 8, 12-13).

No obstante, también les dice: «Si os convida alguno de los infieles y aceptáis, comed de cuanto os pongan delante, sin inquirir nada por motivos de conciencia. Mas si alguno os dijere: “Esto fue inmolado”, no comáis, en atención a aquel que lo señaló, y por la conciencia» (1 Cor 10, 27-28). Por último, san Pablo termina todo este discurso con una idea esencial: todo este discernimiento se hace «no buscando mi propio provecho, sino el de todos para que se salven» (1 Cor 10, 33).

Con los años, especialmente tras la destrucción del templo en el 70, esta discordia se disipó, y con ella los decretos específicos del concilio. No obstante, algunas iglesias ortodoxas siguen manteniendo la prohibición de comer sangre, pues ellos consideran que fue una medida «inflexible». Un episodio similar se dio con la conversión de Bulgaria, donde Roma se mostró mucho más flexible que Constantinopla respecto a la conservación de las costumbres búlgaras.

Aplicado a nuestras papas y a nuestra Cuaresma, san Pablo nos enseña que no es católico ir leyendo las tablas de equivalencias de los asépticos códigos de los ingredientes de las papas para saber si alguno contiene una molécula de carne, ni es católico querer una lista de alimentos «permitidos» y «prohibidos». Ahora bien, tampoco nos enseña que la abstinencia sea una sugerencia, o peor, que esté sujeta a la simple conveniencia.

El sentido de la abstinencia es hacer un sacrificio. Y si no comer papas sabor jamón en una fiesta es un sacrificio, entonces, lo mejor que puedes hacer es no comerlas y ofrecerlo al Señor, aunque no lleven carne. Pero si vas a visitar a tu tía abuela un viernes de Cuaresma y te saca unas papas sabor jamón, en ese contexto, lo mejor que puedes hacer es comértelas con una sonrisa y agradecérselo. La penitencia se hace para Dios, y para Él se hacen los sacrificios. Y la Iglesia debe ayudar a esto, no ponérnoslo más difícil.

1Salmo 115. Presente en las rúbricas romanas tradicionales. La traducción es adaptada de la «La Biblia Griega Septuaginta», traducción académica coordinada por Natalio Fernández Marcos y María Victoria Spottorno Díaz-Caro.

2John Henry Newman, citado en el 1778 del CIC.

3La disciplina actual está regulada en los números 1249-1253 del código de derecho canónico, que declara todos los viernes del año y da potestad a las conferencias episcopales para «determinar la norma más precisamente». La Conferencia Episcopal Española reguló por decreto del 21 de noviembre de 1986 la posibilidad de conumtar la abstinencia los viernes que no son de Cuaresma.

4Por ejemplo, la Conferencia Episcopal Estadounidense: https://www.usccb.org/prayer-worship/liturgical-year/lent

5ST, II-IIae, q. 147, a. 8

6La Iglesia, los fieles y la Corona, La bula de la Santa Cruzada en Nueva España, 1574-1660; María del Pilar Martínez López-Cano.

7Levítico 17, 10-16

Ayúdanos económicamente

Conoce nuestra tienda

Nuestra Señora de la Cristiandad se sustenta gracias a las donaciones de los peregrinos. ¡Gracias por tu colaboración!