Salve, Llena de gracia. Breve estudio sobre la salutación angélica.
D. Víctor Asensi Ortega, Capítulo de Nuestra Señora de los Desemparados.
«Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Juan 20, 30-31)1. El propio evangelista nos dice que su evangelio no lo contiene todo, sino solo «lo necesario». Esta actitud no se restringe a Juan, pues en los Hechos de los apóstoles, escritos por Lucas, tenemos constancia de una frase pronunciada por Cristo que no está ni en su evangelio ni en ningún otro. Si Lucas hubiera pensado que todo lo que dijo Jesús debía estar en el evangelio, no habría dejado ese «cabo suelto».
Y es que los evangelios son extraordinariamente cortos, sobre todo, atendiendo a la relevancia que han tenido. Los cuatro juntos ocupan unas sesenta y cinco mil palabras, lo mismo que la primera entrega de la serie de novelas de Harry Potter. El evangelio de Lucas, el más largo, es apenas tres mil palabras más largo que El Principito, y el de Juan es de extensión similar. Como contrapunto, el mismo Juan nos da una magnitud de lo largos que podrían haber sido los evangelios: «Jesús hizo también muchas otras cosas: si se quisiera ponerlas por escrito, una por una creo que el mundo no bastaría para contener los libros que se podrían escribir» (Juan 20, 30-31)2.
Por tanto, cuando analizamos pasajes del evangelio, el reto no es solo entender un idioma extranjero y difunto, sino contextualizarlo correctamente: las palabras están filtradas y elegidas con sumo cuidado de un texto potencialmente infinito. La problemática por tanto es doble: primero, hay que entender qué están diciendo los autores, y luego, qué querían decir. Por supuesto, en esta tarea no estamos solos, sino que contamos con la guía de la tradición plurisecular de la Iglesia. Todas las investigaciones lingüísticas deben atenerse siempre a ella, sin confundir objetivos, y ninguna matización lingüística puede ir contra legem.
En esta ocasión, estando en mayo, mes de la Virgen, nos adentraremos en una de las palabras más discutidas: el saludo angélico a María en la Anunciación. Para ello, enfrentaremos el problema en estas dos partes: por un lado, analizaremos las dos palabras que forman el saludo, intentando comprender la palabra griega en su contexto y con sus matices para poder tener una idea de traducción fiel. En segundo lugar, nos adentraremos en las interpretaciones que se le han dado.
1. «¡Ave, llena de gracia!»
En griego original el saludo es «χαῖρε κεχαριτωμένη» (chaire kecharitomene3). Sin duda la palabra más llamativa es la segunda, que es de hecho única en todas las Escrituras (hapax legómenon). Antes de estudiar las palabras en su conjunto, analizaremos cada uno de sus lexemas.
1.1. Base léxica
Ambas palabras comparten la misma base léxica: χάρις (charis). En latín esta palabra se tradujo como «gratia» (una palabra que ya existía en latín) y esta pasó al castellano «gracia». Antes de aparecer en el Nuevo Testamento, la palabra se usaba en griego arcaico con dos significados principalmente:
Primero, `encanto´. Así, se usaba para denotar que algo era armonioso o presentaba un placer estético objetivo. De ahí derivan su nombre las Cárites, más conocidas como las Tres Gracias, unas deidades menores de la mitología griega y romana relacionadas con la alegría y la belleza. Este significado sigue existiendo en castellano, por ejemplo, cuando se dice que «este cuadro tiene gracia» o «con qué gracia hace tal persona cual cosa».
El segundo es más complejo, pero se puede traducir por `favor´. Hacía referencia a un don dado con cierta direccionalidad; es decir, de aquel que puede concederlo al que lo recibe. Por ejemplo, en latín, diríamos que una deuda monetaria se cancelaba por «la gracia (charis) del acreedor» o, en una palabra: gratis.
Es este segundo significado el que se desarrolla en las escrituras. En la Septuaginta, charis es la palabra que eligieron para la expresión «halló gracia ante los ojos de Dios», pero es en el corpus paulino donde alcanza su máxima expresión. Por ejemplo, el Apóstol usa el verbo χαρίζομαι (charizomai) varias veces en sus cartas para expresar cómo Dios cancela unilateralmente la deuda impagable que habíamos contraído con Él.
1.2. Morfología y semántica verbal
La primera palabra chaire era un saludo habitual en la antigüedad. Se usaba el verbo en imperativo como una forma de desear el bienestar al interlocutor, equivalente al latín Ave o Salve. En castellano, salvar, salud y saludo comparten todas esta misma raíz latina.
La segunda palabra kecharitomene está en una forma verbal muy característica: participio pasivo perfecto. Concretamente, en femenino singular, de ahí la desinencia -μένη. Por un lado, cabe pararse en el verbo: los verbos griegos acabados en -όω son causativos. Esto quiere decir que expresan la acción de transformar plenamente a una persona o cosa al estado indicado por la raíz. Por ejemplo, λευκόω (leukoō, de leukos, blanco) significa `hacer blanco´, `blanquear´; δουλόω (douloō, de doulos, esclavo) significa `esclavizar´. Por tanto, χαριτόω significa `poner en estado de gracia´ o `agraciar´.
Por otro lado, el prefijo κε- marca el tiempo perfecto, es decir, una acción que se ha dado en el pasado y que continúa dándose en el presente. Esto contrasta con nuestra forma habitual de entender el participio, que se parece más al aoristo, que expresa una acción finalizada de la cual perduran sus consecuencias. Por eso, suele confundirse el aoristo con el pasado, aunque en Hebreos 8, 11 se usa para expresar una acción finalizada en el futuro: «conocerán» (esto es, acometerán la acción de ver que, al finalizar, dejará en ellos sus consecuencias: conocer).
En definitiva, juntando ambos aspectos verbales, diríamos que una traducción gramatical extensa sería «plenamente agraciada antes y plenamente agraciada en este momento».
1.3. El sintagma en su conjunto
De este modo, tanto la construcción «chaire kechairtomene» como la segunda palabra por sí sola son únicas en las Escrituras. No obstante, el verbo en su forma causativa se usa dos veces más en las Escrituras: una en la Septuaginta y otra en la epístola a los Efesios. En la Septuaginta aparece en el Eclesiástico 18, 17, Sabiduría de Ben Sirakh:
15 Hijo, en los beneficios no pongas reproche,
ni palabras mortificantes en ninguna donación.
16 ¿No mitiga el rocío al bochorno?
De la misma manera es mejor una palabra que un don.
17 Mira, ¿no esta una palabra por encima de un buen don?,
y el hombre agraciado [κεχαριτωμένῳ] tiene lo uno y lo otro.
18 Un loco afrenta de forma ingrata,
y un don de un envidioso derrite los ojos.4
En este caso, aparece el mismo verbo pero en masculino, concordando con ἀνδρὶ (andri) «ser humano, hombre». Esta aparición es muy relevante porque confirma el carácter transformativo del verbo, donde la persona que lo recibe no padece un estado, sino que es.
Aún más relevante es la segunda aparición del verbo, en Efesios 1, 6, donde se presenta no en participio perfecto, sino en aoristo:
3 Bendito Dios y Padre del Señor nuestro Jesús Cristo, el que nos bendijo con toda bendición espiritual y con las cosas celestiales en Cristo, 4 porque nos eligió en él antes del principio del mundo para que fuéramos santos y sin tacha delante de él en el amor, 5 habiéndonos delimitado antes como adopción de hijo por Jesús el Cristo para él, según el buen parecer de su voluntad, 6 para elogio de gloria de su gracia con la que nos agració [ἐχαρίτωσεν] en el amado.
En esta ocasión, san Pablo hace referencia a la gracia con la que Dios nos salvó en Cristo y por la cual ahora somos salvos. Es decir, la acción está finalizada y ahora perduran las consecuencias.
Por último, es relevante analizar ambas palabras del saludo juntas. En un contexto semítico, el saludo habitual habría sido shalom (desear la paz) o el saludo protocolario angélico «no temas» (μὴ φοβοῦ, me phobo). Sin embargo, el uso de chaire calca la profecía de Sofonías 3, 14-17 que empieza de esa misma manera: «Alégrate, hija de Sion».
La segunda palabra, que ya hemos analizado morfológicamente con profundidad, cumple gramaticalmente la función de vocativo. Es decir, el ángel no dice Salve, María, la que ha sido agraciada sino que directamente dirá Salve, la que ha sido y está siendo agraciada. El uso del vocativo en sustitución del nombre de María apunta al típico patrón bíblico en el que el nombre cambia no solo para significar una misión específica, sino como un cambio real de identidad (Abrahám, Pedro…).
Juntos nos presentan un evento inaudito en todas las Escrituras. En palabras de santo Tomás: «En la antigüedad era sumamente honroso para los hombres que se les apareciesen los ángeles y consideraban timbre de gloria haber tenido ocasión de tributarles reverencia. […] Pero que un ángel tributase reverencia a un ser humano jamás se había oído, hasta el momento en que saludó a la Santísima Virgen diciéndole respetuosamente: “Dios te salve”»5.
Con razón la Virgen se pregunta «qué clase de saludo era ese». Y recordamos lo filtrados que están los evangelios –si san Lucas decidió plasmar ese pensamiento de la Virgen, lo hizo con plena conciencia de estar siendo fiel a la inspiración del Espíritu Santo, eligiendo esa frase sobre las infinitas otras cosas que podría haber citado.
2. Traducción e interpretación
Hasta el momento nos hemos centrado en lo escrito. El objetivo de la anterior sección es introducirse en una forma mentis antigua y helena, con la que un cristiano coetáneo a los evangelios podría interpretar esas dos palabras. Desde luego, al ser una tarea tan complicada, caben opiniones y discrepancias, pero eso no quita que esta discusión debería estar marcada por el rigor y la honestidad intelectual.
Aun así, es cierto que la objetividad fría y científica que desearían algunos es simplemente inalcanzable en estos campos. El autor siempre va a tener una cosmovisión que, puesto que afectará a los estratos más profundos de cómo ve la realidad, condicionará de origen todo lo que piense, así que es más fácil explicitar el punto de partida que intentar hacer malabares para construir una verdad «objetiva» (o más bien «aséptica») en temas donde tal cosa no puede existir.
Dicho esto, para escribir la anterior sección, me he basado mayoritariamente en el artículo Κεχαριτωμένη en Lc 1, 28 Étude philologique, de Ignace de la Potterie6. Este artículo de 1987 es el que ha dado forma a toda la discusión posterior, y es aceptado por protestantes y católicos como un consenso riguroso del significado de la expresión.
A continuación, por ser un tema tan sonado, exploraremos la interpretación protestante de esta expresión, y la contrapondremos a la traducción e interpretación católicas.
2.1. Contraposición
La traducción tradicional de esta expresión en las biblias protestantes es «muy favorecida» (Reina Valera; «highly favored», KJV). La premisa protestante, en línea con su soteriología, es que el ángel le da una misión específica y Dios le concede la gracia (charis) actual para esa misión específica: ser la Madre del Mesías.
En contraposición, la traducción tradicional de la Iglesia es «gratia plena» que, en línea con la soteriología, indica que la Virgen posee desde el principio y de forma ininterrumpida una gracia habitual que transforma plenamente su naturaleza.
Los protestantes argumentan que la expresión «llena de gracia» es errónea porque ya existe en los evangelios esa misma expresión (πλήρης χάριτος, pleres charitos) que el mismo san Lucas usa para san Esteban en Hechos 6, 8. Sin embargo, esto más bien parece un argumento en contra, porque resalta lo especial de ese vocativo y refuerza el carácter transformador al usar un verbo causativo acabado en -όω. Respecto a esto último, el paralelo de la Septuaginta –donde claramente se entiende que la persona agraciada es poseedora habitual del don y la palabra, es decir, está plenamente transformada– no les sirve, porque convenientemente no aceptan el Eclesiástico en su canon bíblico.
Respecto a la cita de Efesios, argumentan que la Virgen no ocupa un lugar especial, sino que es salvada (recibe la charis) de igual manera que todos los creyentes, por eso san Pablo usa el mismo verbo ahí para referirse a todos los creyentes. El contraargumento habitual católico es que el tiempo verbal es diferente justamente para denotar que la forma en la que Dios salva a Nuestra Señora es especial: no solo fue desde el inicio, sino que también lo es ininterrumpidamente en el presente (participio perfecto).
Además, la traducción del versículo de Efesios suele ser más bien «litúrgica» en Biblias protestantes: «Para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado» (Reina Valera; «To the praise of the glory of his grace, wherein he hath made us accepted in the beloved», KJV). Y, aunque la traducción de la Vulgata sí logra respetar el verbo y mantener el tono litúrgico («In laudem gloriae gratiae suae in qua gratificavit nos in dilecto») en las traducciones católicas a vernácula también se se sacrifica el verbo de forma similar: «Para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado» (Conferencia Episcopal).
En conclusión, «muy favorecida» es un buen ejemplo del sesgo que comentábamos al comenzar la sección. En un texto cualquiera, sin más contexto, traducir kecharitomene por «muy favorecida» podría ser correcto. Incluso, sin más contexto, le sobra el «muy». Sin embargo, simplemente tomando la Biblia en su conjunto como obra literaria, traducir una palabra que sale una sola vez con un claro paralelismo profético, rompiendo el esquema y la dirección de honor de la típica salutación angélica, subrayando el autor que ese saludo es peculiar… supone una traducción por «muy favorecida» es débil y sesgada. Más si se tienen en cuenta los criterios lingüísticos del verbo causativo, el tiempo verbal y el vocativo que apoyan el sentido del texto.
Ciertamente, en la mayoría de círculos protestantes se acepta que el uso de un verbo causativo sí implica transformación plena y algunos también aceptan que «muy favorecida» es una fórmula minimizadora. Sin embargo, siguen rechazando que la gracia de la Virgen fuera diferente al resto de creyentes.
Conclusión
La Anunciación es el momento en el que Dios Hijo se encarna. Es el momento más sublime de toda la Creación. Las Escrituras no le dedican un simple apunte a pie de página, sino toda la extensión y gloria que merece. Y es por eso que la salutación angélica no es una simple salutación, sino que va revestida de la unicidad y gloria propias de este evento. Tal es su importanciaque es la base del Avemaría, oración que los cristianos repetimos devotamente todos los días.
Citando de nuevo el comentario del Avemaría de santo Tomás, los hombres visitados por los ángeles les habían rendido culto porque reconocían que los ángeles eran más puros, más íntimos con Dios y mayores en la participación de su gracia. No obstante, el arcángel Gabriel, desde lo más alto en la jerarquía celestial, reconoce a la kecharitomene como superior a él en los tres aspectos, por eso la saluda así. Y también por eso se ha dicho del Avemaría que saludar así a la Virgen es saludarla como Dios la saluda: regocijarnos con Dios y con Ella de su designio divino para su Hijo y su Madre. Dios quiera que todas estas reflexiones nos sirvan para amarla cada día más.
1Traducción de la Conferencia Episcopal.
2Traducción de Monseñor Straubinger.
3La letra griega χ (chi o ji) se ha transliterado con ch, pero la pronunciación más adecuada en castellano es el sonido de la «j».
4Traducción académica de Natalio Fernández Marcos y María Victoria Spottorno Díaz-Caro.
5Thomas de Aquino, Expositio Salutationis angelicae, ed. E. Alarcón, in Corpus Thomisticum, Pamplona 2000 [www.corpusthomisticum.org/cst.html].
6De la Potterie, I. (1987). Κεχαριτωμένη en Lc 1,28 Étude philologique. Biblica, 68(3), 357–382. http://www.jstor.org/stable/42707340
PUBLICADO EN EL BOLETÍN «LAUDATE» Nº56 – MAYO 2026