Un siglo tras la institución de la fiesta de Cristo Rey

D. Julen Erro, Jefe de Capítulos de NSC-E

Cristo Rey de reyes y Sumo Sacerdote. Anónimo, ca. 1600. Témpera sobre tabla. Extraído de WikiMedia Commons

El pasado año 2025 se cumplió el primer centenario de la publicación de la encíclica Quas Primas de Pío XI, que instituyó la fiesta litúrgica de Cristo Rey y la fijó para el último domingo de octubre. Habiéndose publicado aquella encíclica el 11 de diciembre de 1925, la primera ocasión en la que pudo celebrarse la fiesta en dicha fecha fue el domingo 31 de octubre de 1926, si bien el propio Pío XI ordenó hacer ya el 31 de diciembre de 1925 la renovación de la consagración del género humano al Sagrado Corazón, fijada para realizarse en adelante en la fiesta de Cristo Rey.

Dado que al final de este mes se cumplirá el centenario de la primera celebración de esta festividad (que caerá este año el domingo 25 de octubre), hemos creído oportuno traer brevemente a colación el contexto y los antecedentes de la encíclica que la instituyó.

Es cierto que la expresión «reinado social de Jesucristo», y otras semejantes, no parecen registrarse antes del siglo XIX, pero, como trataremos de mostrar, no es sino la forma en que viene a presentarse, en sentido polémico, frente al laicismo moderno, la doctrina inmemorial de la Iglesia acerca de la recta constitución de la comunidad política y de sus relaciones con la Iglesia.

Suele citarse como precursor del uso de dicho término al jesuita francés Henri Ramière (1821-1884), fundador de la publicación Le Messager du Cœur de Jésus (posteriormente, comenzaría a publicarse en España una revista de idéntico signo bajo el nombre de El Mensajero del Corazón de Jesús). En nuestra patria, puede citarse al sacerdote catalán, canónigo del Sacromonte de Granada, don José Gras y Granollers (1834-1918), fundador en 1866 de una asociación denominada «Academia y Corte de Cristo» y, en 1876, del instituto religioso de las Hijas de Cristo Rey.

En cualquier caso, con independencia del origen de la expresión, resulta manifiesto que la doctrina expresada por ella es muy anterior, así como que había venido explicitándose por el Magisterio durante el siglo precedente frente al auge de las tendencias secularizadoras triunfantes en las revoluciones liberales (continuadoras, en parte, preciso es decirlo, de tendencias semejantes de signo galicano o regalista ya manifestadas por las monarquías absolutas, si bien ahora con un carácter marcadamente anticatólico).

El propio Pío XI indica en Quas Primas: «Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad»1. En paralelo, también el Magisterio eclesiástico venía oponiéndose a tales errores desde mucho antes. La propia encíclica continúa afirmando que

¿Y quién no echa de ver que ya desde fines del siglo pasado se preparaba maravillosamente el camino a la institución de esta festividad? Nadie ignora cuán sabia y elocuentemente fue defendido este culto en numerosos libros publicados en gran variedad de lenguas y por todas partes del mundo; y asimismo que el imperio y soberanía de Cristo fue reconocido con la piadosa práctica de dedicar y consagrar casi innumerables familias al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y no solamente se consagraron las familias, sino también ciudades y naciones. Más aún: por iniciativa y deseo de León XIII fue consagrado al Divino Corazón todo el género humano durante el Año Santo de 19002.

Es común citar como más señeros entre los primeros documentos pontificios de condena del secularismo liberal la encíclica Mirari Vos (15 de agosto de 1832), de Gregorio XVI, así como la encíclica de Pío IX Quanta Cura (8 de diciembre de 1864), con el célebre Syllabus errorum como anexo. Lo cierto es que se podrían citar documentos anteriores, y remontarnos hasta las condenas de Pío VI al proceso revolucionario francés (breve Quod aliquantum, de 10 de marzo de 1791, etc.) e incluso más allá.

Pero será León XIII quien, además de condenar los errores contrarios, elaborará todo un corpus doctrinal destinado a exponer la enseñanza de la Iglesia en materias sociales y políticas. Ya en la primera encíclica de su pontificado, Inscrutabili Dei Consilio, afirmaba que los males que afligen al género humano «tienen su causa principal en el desprecio y olvido de aquélla santa y augustísima autoridad de la Iglesia, que preside al género humano en nombre de Dios, y que es la garantía y apoyo de toda autoridad legítima»3. En la posterior encíclica Diuturnum Illud, decía: «Por el contrario, las teorías sobre la autoridad política, inventadas por ciertos autores modernos, han acarreado ya a la humanidad serios disgustos, y es muy de temer que, andando el tiempo, nos traerán mayores males. Negar que Dios es la fuente y el origen de la autoridad política es arrancar a ésta toda su dignidad y todo su vigor»4.

En la encíclica Immortale Dei, sobre la constitución cristiana del Estado, enseña León XIII contra el mismo laicismo que combatiría posteriormente Pío XI que

es evidente que el Estado tiene el deber de cumplir por medio del culto público las numerosas e importantes obligaciones que lo unen con Dios. […] Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios cuando viven unidos en sociedad que cuando viven aislados. […] Por esta razón, así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los cuales es abrazar con el corazón y con las obras la religión, no la que cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas5.

En estas últimas palabras de León XIII, vemos ya sintetizada la doctrina que, más adelante, Pío XI presentará bajo la rúbrica de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo. El mismo León XIII, en la encíclica Tametsi Futura Prospicientibus, recordará que «debe, pues, en toda sociedad humana estar en vigor la ley de Cristo, de suerte que no tenga carácter privado solamente, sino público»6, para terminar en su último párrafo con una frase tan rotunda como la siguiente, que iluminaba ya el camino hacia la formulación doctrinal posteriormente elaborada por Pío XI: «De lo que se ha llamado derechos del hombre demasiadas cosas ha oído el pueblo; oiga alguna vez por fin, algo de los derechos de Dios»7.

El papa san Pío X es recordado, entre otros aspectos, por la condena del modernismo, y es especialmente reseñable en este sentido la encíclica Pascendi Dominici Gregis (8 de septiembre de 1907). En materia de doctrina política, resulta muy ilustrativo este párrafo de Notre charge apostolique, que da por plenamente asentado el corpus doctrinal expuesto por León XIII a lo largo de su pontificado:

No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la «ciudad» nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la «ciudad» católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo8.

El pontificado de Pío XI comenzó en febrero de 1922, cuando todavía se dejaban sentir las devastadoras consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Al igual que lo había hecho su inmediato predecesor, Benedicto XV, Pío XI insistió en que la verdadera paz sólo podría obtenerse como fruto del retorno de los individuos y de las sociedades al seno de la Iglesia. Este era el sentido del lema que tomó para su pontificado: Pax Christi in regno Christi. Así, en Ubi Arcano, la primera encíclica de su pontificado, afirmaba:

Síguese, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo: y una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, lo mismo sobre los individuos que sobre las sociedades. En esto consiste lo que con dos palabras llamamos Reino de Cristo. […] De todo lo cual resulta claro que no hay paz de Cristo sino en el reino de Cristo, y que no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el reino de Cristo9.

En la misma encíclica, tras reiterar la condena del modernismo dogmático ya realizada por San Pío X, precavía Pío XI contra lo que llamaba «una especie de modernismo moral, jurídico y social, que reprobamos con toda energía a una con aquel modernismo dogmático»10, con lo que se refería a aquellos que consideraban superadas las enseñanzas de sus predecesores en materias sociales y jurídico-políticas.

Con la intención, precisamente, de hacer frente a ese modernismo jurídico y social y, asimismo, de contribuir al establecimiento de la paz de Cristo en el reino de Cristo, publicó Pío XI la encíclica Quas Primas al terminar el Año Santo de 1925. En ella, tras afirmar que «Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo»11, explicaba que esta realeza se extiende tanto al plano espiritual como al temporal, abarcando tanto a los individuos como a las sociedades: «No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria»12.

Por todo ello, el Papa creía oportuno instituir la nueva fiesta litúrgica de Cristo Rey para reafirmar esta doctrina y ofrecer al mundo la única medicina que podía salvarlo: «Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos»13.

En definitiva, Pío XI presenta la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo en perfecta continuidad con la doctrina de los pontífices precedentes, que habían condenado las ideas que pretendían sustraer a los individuos y a las comunidades políticas del suave yugo de Cristo. Además, al igual que sus predecesores, presentaba esta doctrina como el único remedio para los diversos males que afligían al mundo moderno. Sabemos que su llamada no fue escuchada y que la guerra volvió a golpear a Europa menos de quince años después de la publicación de la encíclica.

El cambio que, con ocasión de la reforma litúrgica postconciliar, tuvo lugar tanto en la fecha como en algunos de los textos de esta festividad litúrgica, conllevó unos cambios de énfasis que parecen ir en la línea del cambio de acento operado en la enseñanza y predicación sobre estas cuestiones.

En cualquier caso, a través de aquellos de sus hijos que continúan usando los libros litúrgicos tradicionales del Rito Romano, la Iglesia volverá a pedir a Dios el último domingo de octubre que todos los pueblos se sometan al suavísimo imperio de Jesucristo: ut cunctæ famíliæ Géntium, peccáti vúlnere disgregáte, ejus suavíssimo subdántur império14.

1 Pío XI, Carta enc. Quas Primas (11 de diciembre de 1925).

2 Ibíd.

3 León XIII, Carta enc. Inscrutabili Dei Consilio (21 de abril de 1878).

4 León XIII, Carta enc. Diuturnum Illud (29 de junio de 1881).

5 León XIII, Carta enc. Immortale Dei (1 de noviembre de 1885).

6 León XIII, Carta enc. Tametsi Futura Prospicientibus (1 de noviembre de 1900).

7 Ibíd.

8 San Pío X, Notre charge apostolique (23 de agosto de 1910).

9 Pío XI, Ubi Arcano (23 de diciembre de 1922)

10 Ibíd.

11 Pío XI, Quas Primas (11 de diciembre de 1925)

12 Ibíd.

13 Ibíd.

14 Oración colecta de la misa de Cristo Rey.