«Airaos, mas no pequéis» Los vicios capitales (IV): La ira

D. Tomás Minguet Civera, pbro., Capítulo Nuestra Señora de los Desamparados.

La Divina Comedia, Infierno, Canto 7: Virgilio le muestra a Dante las almas de los iracundos en el Estigia Ilustración de Gustave Doré (1832-1883)

«E io, che riguardamente stava atteso,
vidi genti fangose in quel pantano,
ignude tutte, con sembiante offeso.
Queste si percotean non pur con mano,
ma con la testa e col petto e coi piedi,
troncandosi co’ denti a brano a brano.»

Divina Commedia, Inferno, Canto VII, 109-114

«Irascimini, et nolite peccare», airaos más no pequéis (Sal 4, 5; Ef 4, 26). ¡Qué extraña exhortación! Se autoriza la ira mientras no se peque. ¿Es esto posible? ¿Airarse y no pecar? ¿No es acaso la ira un pecado capital en sí mismo, directamente condenado por la Sagrada Escritura (Sant 1,19-20; Prov 16, 32 y 29,11; Eclo 27,30ss; Sal 37,8; Col 3, 8)? ¿No es la ira, a todas luces, una contradicción directa con la doctrina de quien nos mandó: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29) y que aseguró que «todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado» (Mt 5,22)?

Pero si fuera así de simple, ¿cómo es que nos encontramos a todo un San Juan Crisóstomo afirmar sin ruborizarse que «el que no se irrita teniendo motivo comete pecado»? O ¿cómo puede dejar escrito el apacible santo Tomás que «airarse conforme a la recta razón es laudable» (S. Th. II-II, 158, 1, resp.)? Más aún, ¿no leemos en el Evangelio que Jesús reaccionó ante la cerrazón inmisericorde de unos fariseos «echando en torno una mirada de ira» (¡de ira!) (Mc 3, 3-5), o que «se enfadó» cuando apartaban a los niños de su lado (Mc 10, 14), o que entró látigo en mano en la explanada del Templo (Jn 2, 15)? Al hacerlo así, por cierto, no se hacía extraño a su misma naturaleza divina, pues también Dios sabe inflamar su ira (Rom 1, 18; Sal 21,10; 55,8; Ex 22, 24; Deut 11, 19; Is 30, 27…).

Una vez más, el contenido real de nuestra fe y de la secular sabiduría cristiana se manifiesta con una riqueza de matices que no pueden percibir la superficialidad, la ideología o los “topicazos” maniqueos que abundan por doquier. Una vez más, estamos ante un tema, la ira, que no se agota en dos frases hechas y que requiere ejercitar una verdadera studiositas en la escuela de la gran tradición católica.

Empezamos, así, abordando este tema con Santo Tomás, fijándonos en cómo ha hecho Dios las cosas y en cómo nos ha creado. En el libro de la ley natural nos encontramos con que la ira, antes de nada, es una pasión humana y, como sabemos, las pasiones son respuestas emocionales puestas por el Creador en nuestra naturaleza para ayudarnos en la vida, es más «la vida del hombre consiste en el ejercicio y desarrollo de esas energías»1. Su existencia en nosotros es querida por Dios y, por tanto, su carencia (por la causa que sea) debe considerarse como algo negativo.

La pasión de la ira, en concreto, es una pasión compleja que reside en el apetito irascible, es decir, esa fuerza del alma que nos impulsa a superar obstáculos, tanto a arrostrar las dificultades que surgen en la consecución del bien arduo, como a resistir el mal que busca imponerse violentamente. En este movimiento, ¿qué caracteriza a la pasión de la ira?, ¿para qué nos ha sido dada? La pasión de la ira es el deseo de que se cumpla la venganza ante la percepción de una injuria o de un desprecio, es decir, de un derecho atropellado. Y como «el deseo de venganza es deseo de un bien, ya que la venganza pertenece a la justicia» (I­II, 46, 2, sc.), se entiende que cuando ese deseo se busca cumplir «conforme a razón», se califique de «laudable» y pueda llegar a ser virtud, porque «las pasiones del apetito sensitivo son buenas en cuanto están reguladas por la razón; si excluyen el orden de ésta, son malas» (II-II, 158, 2, resp.). Sí, la injuria y el desprecio deben indignar y deben suscitar el deseo de que esa injuria sea vengada, para que, a fin de cuentas, «se corrijan los vicios y se conserve el bien de la justicia» (II-II, 158, 1, ad 3). En este sentido, la ira bien encauzada, de la mano de la mansedumbre2, es una verdadera ayuda para la razón (¡aunque en su ejercicio se llegue a suspender momentáneamente la misma razón!)3. La razón, en efecto, «se hace más fuerte contra el vicio cuando la ira está al servicio de la razón» (II-II, 158, 1, ad 4). La ausencia de la ira, por el contrario, es un auténtico vicio e, incluso, una desemejanza con el mismo Dios (cf. II­II, 158, 8, resp. y ad 1).

¿Qué quiere decir encauzar la ira «conforme a razón»? Que tanto el objeto apetecible por la ira (la justa venganza) como el modo de encauzarla, deben ser justos. Por el contrario, inflamarse demasiado o desear el cumplimiento de la venganza por cualquier vía que se oponga a la razón, «como sería desear que sea castigado el que no lo merece, o más de lo que merece, o sin seguir el orden que se debe, o sin atenerse al recto orden, que es el cumplimiento de la justicia y la corrección de la culpa, será un apetito de ira pecaminoso» (II-II, 158, 2, resp.), como no hace falta explicar.

Dando un paso más, podríamos abundar en los magistrales análisis de santo Tomás en este tema, como son la especialísima relación de la ira con la razón4, su comparativa con el odio y con la envidia5, o la luminosa clasificación de los iracundos (agudos, amargos, graves)6. Pero debemos ir directamente al tema que nos ocupa: el vicio capital de la ira.

Como ya se ha podido ver, es clarísimo que la ira también puede ser vicio y pecado. Puede ser mortal o venial, según ciertos condicionantes, y es capital, porque «de la ira pueden nacer muchos vicios» (II­II, 158, 6, resp.). En concreto, la tradición ha enumerado seis: querella (rixa), hinchazón de espíritu (tumor mentis), injuria (contumelia), clamor (id.), indignación (indignatio) y blasfemia (blasphemia).

Algunas de estas “hijas” de la ira, nacen cuando la ira «está en el corazón»: la indignación y la hinchazón de espíritu. La primera ocurre cuando se considera indigno a quien ha hecho la injuria que se desea vengar; la segunda, cuando se multiplican los pensamientos sobre los modos de vengarse. En este punto, la ira es especialmente peligrosa porque va trabajando en lo oculto:

«¿Qué decir ahora… de aquellos que se muestran tan implacables con sus hermanos que no deponen su ira ni siquiera al ponerse el sol? Anida en su corazón y la alimentan día tras día, persistiendo en su rencor contra aquellos con quienes tuvieron algún roce desagradable. Es cierto que niegan de palabra que estén apesadumbrados con nadie, pero en verdad su conducta pone de manifiesto una enemistad rayana en la violencia. No abordan a sus hermanos guardando las formas procedentes, ni les hablan ya con la afabilidad que solían de ordinario. Sin embargo, creen que no pecan porque no abrigan el proceso concreto de un desquite. Pero lo que en realidad sucede es que no se atreven, o por lo menos no pueden manifestar ni llevar a cabo lo que les persuade su espíritu de revancha. Volviendo entonces contra sí mismos la ponzoña de la ira, la van madurando en su corazón sin proferir palabra. Mordiéndose los labios, se van consumiendo tácitamente en su interior. En lugar de desechar la amargura de la tristeza con rotunda decisión y con valor, dejan a los días que pasan el cuidado, por así decirlo, de digerirla, hasta que el correr del tiempo acaba por apaciguarla».7

Otras tres “hijas” brotan cuando la ira ya «está en la boca»: clamor (grito confuso), injuria (palabra ofensiva contra el prójimo) y blasfemia (palabra ofensiva contra Dios). La última “hija” nace cuando la ira «pasa a la práctica»: las querellas, es decir, todos los daños que se cometen contra el prójimo bajo el influjo de la ira (cf. II­II, 158, 7, resp.).

En todos estos casos, la ira sale de sus cauces naturales y racionales, y el hombre pierde tanto el control de sí mismo como la paz, vive en inquietud permanente, obra la injusticia, se aleja de Dios, se carcome a sí mismo «troncandosi co’ denti a brano a brano» (despedazándose con los dientes pedazo a pedazo), como canta Dante. La ira viciosa, además, impide la recta y santa ira. No son vanas, pues, las condenas fulminantes de la recta moral contra este vicio:

«Creéis que os vengáis de vuestro enemigo, pero más bien os atormentáis a vosotros mismos… vuestro resentimiento es un verdugo que lleváis dentro de vosotros a todas partes, es un buitre que desgarra vuestras entrañas»8.

No sean vanos, tampoco, nuestros esfuerzos por desarraigar la mala ira de nuestros corazones y plantar en ellos la verdadera mansedumbre de Cristo, porque, como dice Santiago: «Todo hombre ha de estar pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse, porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios» (1, 19­20).

1 J. Pieper, Las virtudes fundamentales.

2 «[…] mansedumbre no quiere decir debilitar la fuerza de la potencia irascible ni desarraigarla, como castidad no significa destruir la potencia sexual. Al contrario, la mansedumbre como virtud presupone la pasión de la ira, y significa moderar esa potencia, no el debilitarla. Que nadie tenga por virtud cristiana aquella ingenuidad de cara pálida que se hace pasar, y por desgracia muchas veces con éxito, por verdadera mansedumbre. Falta de sexualidad no es castidad; y la falta de capacidad para irritarse no tiene lo más mínimo que ver con la mansedumbre. Tal incapacidad no solamente no es una virtud, sino que es, como Santo Tomás se expresa, una falta: peccatum y vitium». (J. Pieper, Las virtudes fundamentales)

3 S. Th. II-II, 158, 1, ad 2.

4 Cf. S. Th. II-II, 158, 1, ad 2.

5 Cf. S. Th. II-II, 158, 4.

6 Cf. S. Th. II-II, 158, 5.

7 San Juan Casiano, Instituciones cenobíticas VIII, 11.

8 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas XX, 2.

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