Vida de san Basilio (VI)

Anfiloquio de Iconio

Invierno, taller de Bassano, segunda mitad del siglo XVI. Extraído de la colección digital del Museo del Prado.

CAPÍTULO XI

Hermanos, me gustaría referir una historia que les aconteció al noble Basilio y a Efrén sirio. Unas cosas las oí de la boca sin mentira de nuestro Padre y, las otras, de la del santo y admirable Efrén. Los hechos sucedieron así:

Estando el noble Efrén en el desierto, viendo algunas cosas por ilustración del Espíritu Santo, aprendiendo otras admirables por su deseo y las preguntas que nos hacía acerca de nuestro Padre Basilio, oraba sin interrupción para que se le revelase cuán grande era Basilio. Puesto en éxtasis, vio una columna de fuego cuya cabeza llegaba al cielo, y una voz que decía desde arriba: “Efrén, Efrén, tan grande es Basilio como la columna de fuego que has visto”. Al momento, llevándose un intérprete, pues no sabía hablar griego, partió hacia la gran iglesia que recibe el ilustre nombre de Cesarea. Llegó en la festividad de la santa Teofanía y, entrando sin ser visto, vio a Basilio Magno avanzando por la iglesia, y dijo a los que lo seguían: “Hemos trabajado en vano, pues creo que este hermano, estando en tal disposición, no es como aquel que vi”. Pues estaba vestido de túnica blanca, y, junto a él, estaba el venerable clero, vestido de blanco y siguiéndolo. Y, mientras estaba en un lugar apartado de la iglesia viendo esta procesión, se dijo para sí: “Nosotros, que soportamos el peso del día y el calor, nada hemos aprovechado, y éste, en tal regalo y honor humano, es columna de fuego: estoy asombrado”. Mientras decía esto, Basilio le hizo un encargo a su archidiácono, diciéndole: “Ve hacia la puerta occidental y, en la esquina de la iglesia, encontrarás a un abad con otro hombre, vestido de cogulla, de larga barba, de baja estatura, y con tales o cuales facciones, y le dirás: “Entra en el santuario, pues te invita tu padre, el arzobispo””. Efrén pudo entender gracias al intérprete lo que el archidiácono le decía, y le respondió: “Te equivocas, hermano: nosotros somos forasteros”. El archidiácono regresó junto a Basilio Magno, que estaba recitando las palabras de los libros santos, y le comunicó la respuesta. Entretanto, san Efrén vio como en su boca hablaba una lengua de fuego. Basilio, por su parte, dijo al diácono: “Ve y dile al señor Efrén que lo mando entrar al santo estrado, que lo llama el arzobispo para que entre al santo estrado”. Estupefacto por todo esto san Efrén, glorificando a Dios y haciendo una postración, le respondió: “En verdad es grande Basilio, en verdad es columna de fuego Basilio, en verdad el Espíritu Santo habla por su boca”. Y le rogó al archidiácono que le comunicase que lo saludaría en la sacristía después de la Misa. Cuando Basilio, después de la Misa, entró en la sacristía, llamó a san Efrén y le dio el ósculo en el Señor, y le dijo: “Qué bien que hayas venido, pues has multiplicado los discípulos de Cristo en la Iglesia y has expulsado a los demonios por Cristo, en el cual está centrado todo tu obrar. Padre, has venido a ver a un hombre pecador, que Dios te dé recompensa según lo que has trabajado”. El venerable Efrén le contestó descubriéndole todo lo que se había pasado en su corazón. Después, junto con el padre que venía con él, recibió de sus santas manos de Basilio la comunión y, pues les había hecho tal caridad, le dijo: “Padre venerable, una sola gracia te pido: dígnate concedérmela”. Él le respondió: “Vamos, pide lo que mejor te parezca, ya que te debo mucho, especialmente por tu trabajo y por haber venido”. Efrén le dijo: “Sé, Padre santo, que cuanto pides a Dios te lo concede. Quiero que le pidas a Dios que hable griego”. Basilio respondió: “Has pedido sobre mis fuerzas, pero, como has pedido con fe, ven, padre y maestro del desierto, roguemos al Señor, que es poderoso para hacer lo que deseas, pues está escrito: “Hará lo que quieren los que lo temen, y escuchará sus oraciones y los salvará”. Y, habiendo rezado oraciones por varias horas, Basilio Magno se puso de pie y preguntó: “¿Por qué, señor Efrén, no recibes la consagración del presbiterado, pues resulta apropiado para ti?”. Él le respondió por medio del intérprete: “Porque soy un pecador”. Basilio contestó: “¡Ojalá yo tuviera tus pecados!”. Y añadió: “Pongámonos de rodillas”. Mientras yacían sobre el suelo, el gran sacerdote puso su mano sobre san Efrén y pronunció la plegaria del diaconado. Por fin, dijo: “Vamos pongámonos de pie”. Quedó, pues, colmada la lengua de san Efrén, quien pronunció en griego las siguientes palabras: “Sálvanos, apiádate de nosotros, acógenos y guárdanos, oh Dios, en tu gracia”. Así se cumplió lo que está escrito: “Entonces saltará como un ciervo el cojo, y se abrirá la lengua de los balbucientes”. Y, puesto que había recibido la gracia de hablar griego, en ese mismo instante dieron gloria a Dios, que lo puede todo y escucha las
oraciones de los que lo temen. Se alegraron con gozo espiritual durante tres días, y tras consagrar diácono al intérprete y presbítero a Efrén, los dejo ir en paz, glorificando todos a Dios por todo lo que habían escuchado, en cumplimiento de lo que se les había dicho a ellos.

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